domingo, 22 de mayo de 2011

C.3


-Bueno -le dije dándome golpecitos en el brazo-, el deber me llama. Como dijo un juez a otro: "Sé justo, y si no puedes ser justo, sé arbitrario."

El Almuerzo Desnudo

Buitres

Dentro de un cuadro lleno de colores amarillos y verdosos destacan dos figuras de color café, prácticamente del mismo tono. Una, la de atrás, o que está en segundo plano, algo fuera de foco, es un buitre de largo pico y cabeza blanca, da la impresión que salvo por las plumas el resto es sólo hueso, una calavera y las dos patas. Está casi al medio de la imagen, en la punta de, si uno la partiera en cuatro, del cuadro superior izquierdo. La otra, en primer plano, ocupando el cuadrante inferior derecho del recuadro, es una niña que está encuclillada y con la frente apoyada en el suelo. Parece que el peso de su cabeza fuera tal que simplemente no puede cargarla con sus débiles hombritos. Parece un gran sapo de tierra, con las piernas traseras flectadas al máximo, los codos y antebrazos en el suelo. Se alcanzan a ver las costillas marcadas de la pequeña, como esos perros o caballos famélicos, un collar blanco en su cuello y otra cosa blanca alrededor de su muñeca. Al fondo, desenfocados, se divisa lo que pueden ser chozas de una aldea y unos árboles verdes y espinoso. El resto es arena, paja, pastizales secos, arena, piedras y más arena.

La imagen parece a primera vista bastante macabra. Un buitre a punto de almorzarse un niño. Imaginar que después de la foto, en vez de ser una cebra o un ñu como han mostrado infinidad de veces los programas sobre la naturaleza salvaje, las costillas al aire, con algunos restos de carne adosados, iban a ser de una niña de unos cuatro años no deja indiferente a nadie, o al menos a nadie relativamente normal.

La polémica se genero, además de todo lo que tenga que ver con la hambruna y abandono de África, el capitalismo, el egoísmo (no es muy difícil interpretar la metáfora de la fotografía y decir que tal o cual parte simboliza esto o lo otro), en torno al tipo que tuvo la fortuna (o que fue llevado por La Fortuna), de estar en ese lugar en ese momento, aunque quizás se repetía, y sigue repitiendo, en montones de caseríos africanos. El ojo acusador se fijó exclusivamente en el fotógrafo, en la parte de la fotografía que no se ve, en como había dejado abandonado a su suerte a esa pequeña criatura. Digamos, el mundo puso la carga y sus culpas por todo lo que pasaba en ese continente en ese sujeto. Los problemas con eso eran varios. Primero, uno que tiene que ver con la forma de ejercer el oficio (esto creo excede la profesión). El fotógrafo no puede intervenir la realidad que lo rodea. Puede ser una opción al momento de dedicarse a expandir lo que es visible a las personas, divulgando o compartiendo situaciones maravillosas o extraordinarias o realmente terribles, no importa si hay algo inanimado, un vegetal, un animal o un ser humano. El ojo privilegiado, detecta, interpreta, captura, revela, selecciona, exhibe o publica. Punto. Apuntar a quien detectó esa imagen resulta del todo injusto si sólo estaba cumpliendo con su función o un principio al ejercer de esa forma el oficio, que probablemente sea compartida por los miembros del gremio y tal vez sea hasta enseñada en las escuelas de fotografía. Un instante en el mundo debe atraparse, no intervenir en él. Segundo, nadie sabía realmente si el buitre se comió a la niña. Si bien, pensando en las distancias y proporciones, el buitre probablemente era más grande y más feo que el niño, y además parece que lo está mirando, acechándolo, concluir a partir de eso que fue abandonado para finalizar en los picotazos de un ave carroñera y su bandada parece una gran exageración, sería como meter presa a una persona por comprar una pistola. No se conocían realmente las circunstancias que no se ven en la foto, por ejemplo si habían más personas cerca (se ven unas chozas al fondo de la foto), cuestión que parcialmente se dilucidaría años después. Y tercero, dejando de lado todo tipo de discusión ética o valórica sobre el deber de ayudar a los necesitados, no se conocían tampoco las circunstancias que rodeaban al fotógrafo, quizás se estaba subiendo a un avioneta o helicóptero, quizás se subía a un jeep para arrancar de una tribu de caníbales o de guerrilleros, quizás la sacó con un gran teleobjetivo. A pesar de todo esto, a pesar incluso de la evidencia contenida en la propia fotografía, la “crítica” fue devastadora con el reportero, quien en síntesis dejó abandonado a un pobre niño africano desnutrido, para que muriera bajo las alas pardas de un ave carroñera.

En 1994 Kevin Carter ganó uno de los más importantes premios (o el más importante) entregados en Estados Unidos a medios de prensa por su fotografía. Ese mismo año se suicidó. En el período inmediatamente anterior había sido públicamente señalado y enjuiciado por un acierto en el cumplimiento de su trabajo. ¿Fue eso lo que lo llevó a tomar esa última decisión? ¿Su vida previa ya estaba llena de sufrimientos y eso nada más gatilló una cuestión inevitable? ¿O fue el morbo de la audiencia y los críticos, de una masa informe y diabólica que toma decisiones sin control y sin criterio, una masa sin consciencia, sin remordimiento, que devora todo a su paso y cuyos efectos son excluyentemente destructivos? Una sola foto, dos efectos totalmente opuestos: el reconocimiento y la condena (por eso algunas representaciones de La Fortuna muestran una rueda). Por una parte la academia, un grupo de personas que toma decisiones en forma responsable, informada, meditada, justificada, y por la otra un ente inclasificable y devastador (quizás en el mundo oriental existe alguna forma de describir esto, aunque incluso en ese caso asumen un rol destructor que es parte de un conjunto superior de movimientos cíclicos). Entonces, la interrogante en torno a la fotografía. ¿Quién es el verdadero buitre? O, ¿cuál es el buitre? Parecen haber, al menos, cinco posibilidades.


domingo, 10 de abril de 2011

Juan Pablo observa quieto.

Juan Pablo observa quieto, con al cabeza encorvada, el lugar nuevo en que se encuentra. Mira a su alrededor como inspeccionando cada centímetro. Es una oficina pulcra, ordenada, limpia, fresca, donde se respira el buen aire de quien la habita. El espacio no es demasiado amplio, pero si silencioso y tranquilo. Sonríe Juan Pablo con la plantita que hay de adorno, verde como su polera, mostrando las encías casi sin dientes como en cámara lenta, levantando levemente la cabeza. ¿Te gusta? Le pregunta su mamá, mientras le agarra la mano y él da un si agrandando la sonrisa. Un rato después Juan Pablo está con el ceño fruncido mirando al frente, a la señora desconocida y elegante, aunque no sabe que es eso, su mamá le pregunta si se aburrió o si tiene hambre, y más tarde, con los ojos cerrados y el mentón en el pecho, prácticamente dormido. En el intertanto, la madre ha respondido las interrogaciones de la señora. A la primera, responde por él que no, si no habla. Cuando le preguntan desde cuando, dice que desde siempre, él siempre ha sido así, que venía con el cordón umbilical enrollado al cuello y como nació por parto normal eso le generó daño neurológico. Años después le contaron que era culpa del hospital, que debían haberle hecho una cesárea. Juan Pablo no habla, ni se ubica en el tiempo ni el espacio, que puede ser una de sus bendiciones, flotar un poco nada más encima de la superficie, sonriendo por las plantas, por el sol, por los niños que juegan a la pelota en el pasaje al que da su casa; no habla pero si puede expresar sus emociones, irradiando ternura de su sonrisa sin dientes o anegándolo todo con las escasas lágrimas que salen de sus ojos. Se comunica por obra de la naturaleza, espontáneamente, como cuando reclama sus comidas a las horas precisas agitando los cazos, una de las pocas veces en que se inquieta porque generalmente es tranquilo, y se entretiene con poco escuchando música o cuando lo van a ver sus hermanas. No le gusta mirar tele (para que si es mejor y, como él, más simple ver lo real), ni los gatos, los ha tirado las veces que le han llevado uno de mascota. Le encanta cuando lo duchan, ahí podría quedarse horas dice su mamá, bajo el chorro tibio de la ducha teléfono, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados mirando el cielo. Juan Pablo no se da cuenta, pero estampa su huella en un papel que registra los dicho de su madre. La madre estampa su firma, se agrega una segunda firma del testigo, y la señora pone fin a la diligencia estampando su cargo. Pone fin a la diligencia con un gesto de caridad que es más su sello que el timbre antiguo, sello que se nota desde que saluda al último de los empleados, y se nota también en las respuestas que recibe, llenas de respeto, del que se gana con actos sencillos, cotidianos y concretos.

Afuera, tomándose un café, espera a María su marido. Es un hombre alto, delgado, muy delgado, con la piel llena de gruesos pliegues casi pegada a los huesos. Está abrigado a pesar del calor agobiante de un verano que, como se está haciendo habitual, se prolonga más de lo esperado. No tiene color esa piel grisácea, el cáncer respira por sus poros. ¿Qué ha hecho esa mujer para merecer, casi a los sesenta años, hacerse cargo de dos guaguas, como ella misma dice? Un inocente de treinta y ocho años, al que hay que mudar, lavar, dar de comer, llevar a controles médicos periódicos, subir y bajar de la silla de rueda, limpiar las babas, dar un banquete de medicamentos para úlceras estomacales, epilepsia, y vitaminas, ¿es una bendición? Un esposo de sesenta y ocho sentenciado, al que las quimioterapias sirven para estirar nada más que una agonía, al que también tiene que atender en su infinita fragilidad, ¿es una carga? María afirma como el Atlante toneladas de dolor en sus espaldas, ¿le ayuda alguien con unos gramos al menos? Se alejan, ella gordita empujando la silla de ruedas, con su marido alto al lado, caminando lento. María tiene que seguir esperando con su paciencia infinita y su dulce temple de acero, mientras tanto seguirá vendiendo cachureos en la feria, aguantando cansada el sufrimiento sobre sus hombros, mucho más fuerte que Atlas, sin quejas, ganándose su lugar en un memorial imaginario.

Cita 2


"El olor a fritura parecía llenar su conciencia. Pensó, pero sólo por un instante, que las frituras eran la nueva aberración, como el tramo de carretera con sus tiendas de saldos y sus autocines para mirones. Rápidamente corrigió ese pensamiento casual, pero recordó que las frituras fueron una de las primeras cosas que se han olido en el planeta. Tras el descubrimiento del amor, de la importancia de la caza y de la constancia del sistema solar, vino el olor de la comida frita. Incluso ahora, al final de la cosecha, en los rincones más inaccesibles de los Cárpatos, los pastores bajan de los montes con sus rebaños, en otoño, para oír los violines y los tambores sin encordar de los zíngaros, y oler las salchichas girando sobre brasa de carbón. Las frituras son bárbaras (reniegan de la autoridad) y su magia es la malnutrición, el acné y la vulgaridad. Son indigestas y sumamente olorosas, y pueden ser, si te falla la suerte, lo último que huelas de camino al patíbulo. También son portátiles. Hay que poder comerlas sentado en una montura, o a bordo de una noria de feria, o recorriendo las avenidas y senderos de algún parque de atracciones de pueblos. Hay que poder comerlas de las manos, sacándolas de un cucurucho fabricado con hojas, corteza o piel humana, mientras remas en tu canoa de guerra o marchas hacia el frente. Estaban comiendo frituras cuando hicieron el primer sacrificio humano. Estaban friendo berenjenas en el Coliseo cuando desmembraron al filósofo en la rueda y entregaron el santo a los leones. Estaban comiendo frituras cuando ahorcaron a las brujas, descuartizaron al pretendiente y crucificaron a los ladrones. Las ejecuciones públicas fueron nuestras primeras celebraciones y las frituras son comida de fiesta. También son la comida de los amantes, los jugadores, los viajeros y los nómadas. Al celebrar y enaltecer las frituras, todas las grandes carreteras del mundo mantienen vivos nuestros recuerdos primitivos de cazadores y pescadores errantes, cuando no poseíamos historia y teíamos muy poca visión de futuro. Son la comida de los vagabundos espirituales."

Esto parece el paraíso.

miércoles, 19 de enero de 2011

Bob Dylan


Carlos pensaba en las implicancias de escuchar a Bob Dylan. No escuchar hablar a Bob Dylan, sino escuchar la música de Bob Dylan, aunque a veces su música y como habla son una sola cosa. Andaba en estas cavilaciones porque estaba justamente escuchándolo. Andaba, como un cada vez más gente, aislado por un par de audífonos marcianos y costosos. Se desvió de lo principal también con esa reflexión, cómo las personas se prohíben encuentros casuales o cotidianos por trasladarse ensimismados escuchando su música, sea cual sea, totalmente ajenos al resto de las personas; y en como habrá sido hace años, cuando las personas se hablaban en las micros o en el metro o en las calles sin asustarse unas a otras, porque no había otra cosa que hacer que ser parte, permanentemente, de un mundo poblado por humanos. "El hombre es un animal social"; se lo habían enseñado alguna vez en el colegio. Por ahora, a Carlos no le interesa la filosofía. Entonces volvió a escuchar a Bob Dylan, iba la mitad de una de las canciones que le gustaban (porque no le gustaban todas, en general no era un fanático radical de nada), The Times They Are Changing se llamaba, o algo así, y volvió a los pensamientos sobre este músico. Hizo memoria de los distintos lugares en que había escuchado a Bob Dylan, o Robert Zimmerman que es su verdadero nombre, también se desvió elucubrando que esa persona, Robert, desaparecía detrás del músico, poeta, artista, estrella de rock, cantante folk, guionista actor, defensor de los derechos civiles, y en como desaparecía y terminaba depositada en una gran fosa imaginaria con el resto de las personas que proporcionan un envase, con corazón, pulmones, huesos, y cinco sentidos a personajes, o una gran fosa con nombres de personas muertas, cuerpos y personas que se pierden en el mundo de la fama cuando son suplantadas por sus alter egos que se convierten en personas reales. La mente de Carlos es bastante dispersa. A pesar de eso nunca le dieron Ritalín en el colegio, ni fue a la psicopedagoga. Volviendo entonces a Bob Dylan, empezó a hacer una pequeña lista de lugares o situaciones, contextos en que había escuchado las canciones de Bob Dylan y como en cada uno tenía efectos o un contenido diferentes. Primero, a altas horas de la noche, o de la madrugada, mientras terminaba alguna fiesta o intento de fiesta en que abundaban los hombres y escaseaban las mujeres. Se acordó como las pocas mujeres que llegaban a esos eventos terminaban de arrancar gracias a Bob Dylan. Segundo, se acordó de una película que tenía por canción principal una de Bob Dylan, Hurricane. Esa servía para motivarse en momentos desafiantes o para darse aliento ante la dificultad. Entremedio empezó a pensar en que haría en esta época Rubin "el Huracán" Carter, boxeador retirado y quien inspiraba esa canción, en si la escuchaba o no con frecuencia, y si escuchaba en general a Dylan. Tercero, se acordó de algún aviso publicitario que usaba como música de fondo un tema de él. Difusamente, se acordó de algo nostálgico, de un padre y su hijo una tarde invernal y sureña, con mucha lana alrededor, unas praderas verdes esponjosas y una casa de madera. Era un comercial de café. Seguramente Bob Dylan abusaba del café, entre otras cosas, pero de ahí a relacionarlo con un invierno sureño había un abismo. Pensó en el publicista que había inventado esa imagen y en la relación entre la música y la imagen. Pensó que ese tipo quizás era fanático de Bob Dylan y quizás quería hacer que a la masa, al ver el aviso, le dieran ganas de escucharlo de nuevo, o saber de quien era esa canción. Si era así, pensó, ese tipo era un genio. O una nueva versión de terrorista. Se acordó, de pasada, de los perros de Pavlov, Igor, Fedor, León, Antón y los demás, siempre con nombres de literatos rusos, pues para Pavlov la literatura era un pérdida de tiempo, lo que no deja de ser, desde su científico punto de vista, comprensible, e imaginó que la compañía de café pagaba especialmente a los supermercados por que pusieran esa misma canción de Bob Dylan en algún momento, y en como aumentaban las ventas de café cuando eso pasaba. Esos eran los terroristas, no el publicista. Se acordó, en cuarto lugar, de cuando lo ponían en la radio, pero no en cualquier radio. En la noche, cuando iba solo manejando, en auto volviendo a su casa, pensando en como la noche no había aportado mucho, quizás un encuentro con una mujer, sin sentido y sin futuro. Se acordó que siempre pensaba, en esos momentos, en si había una persona poniendo esa música en ese mismo instante en la radio o si había una computadora diseñada para la nostalgia y la soledad de los regresos a casa. En si, en el primer caso, esa persona estaba igual de abandonada que él en ese momento, si fumaba, en como aguantaba la noche en una radio vacía, apenas iluminado su escritorio. Quizás no estaba solo, y había una mujer al lado. O un hombre, quien sabe. Y, mientras pensaba en el quinto contexto bobdylaniano, que era el que vivía en ese momento pues la lista se le iba a acabando, es decir caminar sólo de noche, no volviendo esta vez sino yendo, que era mucho mejor, por la ciudad, mirando las farolas y los autos, a la gente moviéndose a hacer cosas entretenidas y olvidarse de las presiones laborales o a trabajar de noche, a las personas que recogen la basura y no son vistas por casi nadie (pensó que muchas canciones de Bob Dylan podían ambientar ese trabajo de overoles azules, mañanero, consistente en limpiar la ciudad para el día del resto de la gente, o ser invisible limpiando la ciudad de día), en las luces de los avisos (entremedio pensó en como la luz de la ciudad invadía la noche y le robaba oscuridad a las estrellas y como éstas eran ocultadas por el hombre a sus propios ojos), Carlos fue interrumpido de sus reflexiones. Apenas había llegado a un paradero de micro. Un sujeto con olor a vino lo distrajo, golpeándose dos veces con los dedos índice y anular de la mano derecha sobre la muñeca izquierda para preguntarle la hora. Era flaco, bajo, con una gran masa de pelo ruliento en la cabeza, y se le marcaban unas arrugas en la cara. Carlos se sacó los audífonos, estaba terminando It Ain't Me Babe, sacó su teléfono del bolsillo y le dijo que eran las diez diecisiete. Le contestó, en vez de gracias, que le pasara el celular. El celular y la cosa de la música. Se quedó paralogizado, no sabía que hacer, se preguntó si eso era un asalto, no estaba muy seguro porque nunca antes lo habían asaltado. El sujeto le insistió que le pasara las cosas, pero sin demasiada violencia, sólo subió un poco la voz. Había gente al lado, quizás no quería espantarlos y por eso no gritaba o tenía un tono más amenazante. Como en cámara lenta Carlos, temblando porque le habían mostrado un cuchillo oculto bajo la chaqueta de mezclilla, después de eso sí que estaba seguro que era un asalto, le pasó primero los audífonos. Esto no te lo pedí, pero igual me lo llevo, le dijo el tipo. A ver que estai escuchando. Sonaba All Along The Watchtower. Se puso los audífonos y se los sacó rápido. Bob Dylan, me gusta esta canción, All Along The Watchover, ¿sabí que así se llama o no? Ponla más fuerte, así escuchamos los dos. Eeh, esa sí, sé como se llama, pero no todas, nunca me sé bien los nombres de todas las canciones. A mi me dicen Bob Dylan. ¿Qué? Carlos no entendía nada. Que a mi me dicen Bob Dylan. ¿Y de dónde eso? Me pusieron así en mi villa, en Valparaíso. Ah, ¿y por qué? Porque toco guitarra, y por el pelo. Estaba tocando un día en la calle, en uno de los pasajes de la villa, en Playa Ancha. Ya estaban todos guardándose, pero yo seguía. Hasta que de una ventana me gritaron que porqué no me dejaba de hueviar, si acaso te creí Bob Dylan conchetumare. ¿Y era Bob Dylan lo que estaba tocando? No. ¿Y paró de tocar? Tampoco. Le grité de vuelta al choro a ver si me venía a hacer callar, que viniera él y todos los demás a callarme si querían. Y saqué la armónica también y ahí si que me puse a cantar Bob Dylan. Estaba tapado de pilsen eso sí. ¿Y? Nada po socio, no se paró nadie, la pobla se quedó entera callada. De ahí quedé como Bob Dylan. ¿Y qué canción cantó ese día? No se, no me acuerdo, Mister Tambourine Man, algo así. ¿Y porque no canta también en las micros, en vez de robar digo? Lo único que se le ocurría a Carlos era seguir la conversación, ya había asumido el robo y se le había pasado el terror por el cuchillo. Si igual lo hago a veces, pero esto da más plata. Ah, entiendo. Ya ándate mejor será, le dijo Bob a Carlos y le pasó los audífonos. ¿Y cómo no me va a robar? No, ya no, dale las gracias Bob Dylan. ¿Y de dónde le gusta Bob Dylan? Le gustaba a mi viejo. Eeh, bueno, gracias, que le vaya bien.

Se fue, no estaba consciente de hacia donde, sólo iba, pensando en la extraña felicidad de lo imprevisto, cuando lo imprevisto resulta y es bueno, en como se iba acordar de Bob Dylan, el verdadero, en que le gustaría verlo en una micro, cantando, y darle unas monedas. O unos billetes. Y, más tarde, atravesado por otros montones de ideas, cuando despertara de esa ensoñación y se acordara de lo que venía pensando antes de su primer no robo, Carlos iba a notar que había descubierto tres significados más de escuchar Bob Dylan, o como puede variar su contenido según el contexto, y los agregaría a la lista. En el séptimo, Bob Dylan mismo se aparecía, en vuelto en una toga blanca, como una especie de redentor, etéreo y brillante, espiritual, con una armónica que disparaba haces luminosos, que llenaban de dicha el espacio que iluminaban. Empezó a sonar Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again, una de las canciones que más le gustaban a Carlos. La encontraba alegre.

lunes, 17 de enero de 2011

A la deriva

Puedes ver el azul del mar. Puedes contemplarlo eternamente sin aburrirte de su oscilación azarosa, de su constante movimiento agitado por los vientos en la superficie, manchado de blanco, y desde lo profundo, en vibraciones enormes que sólo ocultos monstruos marinos, residentes en recónditas cavernas, alejadas incluso de la luz solar, comprenden y dominan con el batir de sus aletas y tentáculos. Tú sólo podrás yacer contemplando la inmensidad del rabioso Pacífico, tumbado en tierrafirme o tumbado en la primera superficie, capilar aún, flotando -que hermosa palabra, flotar- en las aguas saladas con respiración pausada, llenando tus pulmones de oxígeno, creciendo desde el ombligo al cuello, inflando y desinflando tu fuelle para mantenerte a flote. Eres un náufrago en tu barco de huesos y carne, a la deriva guiado por las corrientes submarinas, derritiéndote con el equinoccio sobre el frío mar meridional, disolviéndote como la arena revuelta por las olas furiosas en la orilla hasta depositarte en el fondo marino. Eres navegado por las olas, inhalando profundo para permanecer sobresaliente, mientras la luna palidece, ciego mientras te cubren las plantas que nadan junto a ti, te acercan poco a poco al borde del mar, mientras crecen tus cabellos y se estiran tus brazos y piernas, tus dedos se estiran también y mutan su color hasta que eres una gran alga rojiza y yodosa. Y te aferras, igual que la familia de las algas pardas, si, la del humilde cochayuyo, a los filos de las rocas, entre equinodermos espinosos y soles marinos, penetrando las finas grietas que la marea ha abierto, martillando desde tiempo inmemorial esos apéndices de la tierra, mientras bailan tus brazos gelatinosos y mojados, serpentinos con el oleaje. Sientes como el cuchillo helado de un artesano corta tus raíces, y te escabulles sumergiéndote entre las rocas, juntos con pequeños peces y tímidos crustáceos. Quizás por última vez te gobiernan las mareas, hasta la orilla esta vez, arrastrándote por la arena mojada, para emerger entre la espuma efervescente. Mientras caminas quemándote con la arena, apenas apoyado en unos dedos ínfimos, en unas plantas diminutas, crees que estás seguro porque puedes moverte libre. Y desde tu alto y limítrofe promontorio de roca, por un momento, eres suficientemente lúcido, y te das cuentas de cómo la corteza y el mar han estado luchando infinitamente, como la tierra se derrumba de pronto, abrupta, se intenta apropiar con brazos lerdos de lugares que no le pertenecen adentrándose en las aguas, para ser rechazada, una y otra vez, por la violencia de las olas enormes, en una batalla en que jamás será vencedora, porque seguirá siendo rechazada por mareas furibundas. Y la tierra, ínfima con sus flores y cactus, con sus arañas y lagartijas, microscópica con el hombre posado en ella creyendo que la domina, se sigue derrumbando de forma imperceptible. Y te das también cuenta de que el hombre es menos que nada, que jamás va a conquistar a la naturaleza, jamás a va a conquistar la tierra, jamás va a conquistar ni la selva ni el desierto ni la montaña, jamás va a poder explicarla y jamás podrá terminar de destruirla. Y menos aún podrá conquistar al mar, inmenso y profundo, menos aún podrá sumergirse y conocerlo, sino por fatales aventuras de calaveras hundidas, no se lo permitirán jamás esas iracundas olas y esas corrientes submarinas, ni sus residentes salvajes. Al fin, agradeces que no sea tal el Pacífico, te das cuenta de que sólo podrás seguir llenándote los pulmones con su viento fresco y su olor salado; en una flotación imaginaria, sólo podrás contemplarlo y admirarlo.

Cita 1



"-¡Pégate a la lancha, Pip, o por Dios que no te voy a recoger si saltas; acuérdate de eso! No podemos permitirnos perder ballenas por gente como tú; una ballena se vendería por treinta veces más que tú, Pip, en Alabama. Acuérdate de eso y no vuelvas a saltar.
Quizás con ello Stubb sugería indirectamente que, aunque el hombre ame a su semejante, el hombre, sin embargo, es un animal que hace dinero, propensión que ha menudo interfiere con su benevolencia"

Moby Dick.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Acción

Tenía ganas de hacer algo espontáneamente, un acto sin premeditación, sin, como siempre, un análisis previo de las potenciales consecuencias. Quería demostrarme que soy capaz de provocar efectos que escapen a la normalidad, sin ninguna clase de respeto por orden, lógica o cualquier valor moderno, sin juicios ni remordimientos. Tal vez se trataba de convertirme en una acción, algo concreto, limpio, nítido, un acontecimiento, nada más, el cual no mereciera siquiera una búsqueda de sentido o justificación.

Venía de una aburridísima fiesta, al menos para mí, al nivel de que la terminé antes de tiempo y mi estado anímico era peor que al empezar la noche. Me fui solo de la disco, caminando por el barrio Bellavista sin miedo alguno por los abundantes borrachos, vagabundos, drogadictos, hippies vagabundos borrachos y drogadictos, microtraficantes y otros delincuentes. La seguridad provenía no de una sana valentía, sino de un peligroso desinterés que alcanzaba mi propia existencia, efecto entre otras cosas de una mala noche, al menos de carácter temporal. Caminé pensando en ser un antihéroe moderno, estaba listo para defender a alguna mujer de cualquier peligro o detener un asalto, enfrentando armas sólo con las manos o una botella, usándolas hasta desfigurar al agresor y terminar con algo peliculesco como un escupo en su cara informe. Por supuesto, no pasó nada extraordinario más que caminar solo, con frío y de noche, llegué ala Alameda, tomé el fantástico transporte público, a esa hora fragante a cerveza y vómito, para volver a caminar, esta vez a casa. Anduve unas cuadras hacia el sur, luego al oriente de nuevo al sur, al poniente, sin rumbo, sólo quería atrasar un poco la llegada. Mientras vagaba me convertí, en vez de en un héroe sin principios, en un verdadero antidelincuente moderno. A las tres de la mañana los apacibles barrios residenciales del sector oriente están tan callados y abandonados que parecen una ciudad en emergencia sanitaria o bajo invasión de zombies (por cierto, una forma de emergencia sanitaria). La desolación de la noche se presta para la ejecución del crimen perfecto, como el que estaba presto a cometer. Tenía ganas de robar un auto, esa era la acción, un robo innecesario, inexplicable. Tenía ganas y lo iba a hacer, más que robarlo, era tomarlo y usarlo. Tenía casi todo el perímetro de una plaza con autos a mi disposición, del año, automáticos, deportivos, de lujo, familiares, vanes, jeeps, una gama tan amplia como la que ofrecería una compraventa, y tenía para comprar el que quisiera. A pesar de mi habitual indecisión elegí sin dudar un Subaru Justy grisáceo, como del año 92, un auto viejo, para algunos casi un trasto, pero del cual siempre me había llamado la atención la contradicción entre su pequeño tamaño y tener tracción en las cuatro ruedas, era el todo terreno más absurdo imaginable, siempre me pregunté quien se le habría ocurrido usarlo en barro profundo o lejos del suave pavimento de la ciudad. Me gustaban también las líneas rectas del diseño, las piezas y ángulos de la carrocería. Y, además, uno de mis autos de juguete favorito en la época en que todavía me entretenía con autos de juguete era un Justy color naranjo brillante, el cual, sobre la alfombra o sobre el maicillo de la plaza, convertía en un verdadero todo terreno. Me imaginaba, igual que ahora, un auto de espía, lleno de detalles prácticos de poco, pero no imposible, uso, una brújula, un kit de primeros auxilios, una linterna, blindado contra balas y fuego, o tal vez, como el modelito a mínima escala, con un juego de palos de golf en la maleta. Sin cavilar le pegué un codazo al vidrio pequeño de la puerta trasera. Me hice pedazos el codo y el vidrio seguía intacto. El segundo intento trajo sólo más dolor, así es que para la tercera intentona busqué una piedra mientras me sobaba la articulación. La envolví en mi bufanda para no hacer mucho ruido y la mandé contra el cristal, tan fuerte que casi quiebro la ventana del otro lado. Cuidadoso metí el brazo para subir el pestillo de la puerta, la abrí para subir el de la del chofer. Me senté en mi auto soñado, haciendo como que manejaba con las manos al volante, pese al motor apagado. ¿Y ahora, qué? Mis vastos y cinéfilos conocimientos en el oficio del robo automotriz indicaban desarmar la parte que está abajo del manubrio para unir los cables de contacto y generar la milagrosa chispa que despierta a los motores combustibles de su letargo. Cerca de diez minutos estuve intentando sacar la tapa plástica, pero no tenía idea como, ni siquiera encontré un borde que guiara el ensamblaje de las piezas de cubierta interiores. Pensé en lo brillantes que eran los japoneses, que hasta ese detalle debían haber planificado. Se me ocurrió intentar con las llaves de mi casa. Menos mal los conserjes del barrio no tenían los horarios cambiados y dormían de noche como todo el mundo (salvo noctámbulos, bohemios, insomnes, bomberos, trabajadoras del comercio sexual y travestidos, enfermeros y enfermeras, doctores de urgencia pilotos de ambulancia, todos los trabajadores de turnos nocturnos en empresas de procesos productivos continuos e ininterrumpibles y, como olvidarlos, nocheros que no duermen), pues llevaba al menos quince minutos en maniobras a lo menos sospechosas. Era como diez veces más tiempo del que tardaba un experto en el rubro; al menos tenía la excusa de ser un principiante. Ni las llaves de la mampara de acceso al edificio, ni las de la puerta del departamento funcionaron. La siguiente no podía fallar, había abierto candados en el colegio, la puerta del despacho de un olvidadizo empleado fiscal en una oficina de la administración pública (tal vez ese día arruiné su estrategia para empezar a trabajar más tarde), incluso en una oportunidad había encendido un viejo Charmant, utilizable pero hasta cierto punto abandonado. Era la llave del cajón de mi escritorio, donde guardaba mis más privados adminículos, la cual había demostrado capacidad para responder como una verdadera llave maestra cuando había sido requerida. Entró suavemente en la cerradura. Nada pasó tras el primer giro hacia delante; con el segundo, posicionando la llave levemente afuera y presionando un poco hacia abajo, el auto se prendió. En realidad, ronroneó sería la palabra correcta, describe mejor la emoción del momento. Imaginé entusiasmado todo el proceso eléctrico y de combustión que terminaba con ese sonido mecánico, ese temblor de carrocería que finaliza en un leve corcoveo, despidiendo humo por el tubo de escape, hasta estabilizarse.

Prendí las luces, la radio, me puse el cinturón de seguridad (no iba a ser un conductor irresponsable) y partí dejando un lugar vacante más en las calles que circundaban la plaza. No tenía la menor idea sobre hacia donde dirigirme, así es que di un montón de vueltas sin sentido por el barrio, sintiendo por primera vez que iba en mi auto, a donde quisiera, sin pedirle permiso ni deberle explicaciones a nadie. Un extraño sentimiento de libertad, a sabiendas de su finitud. Seguí al volante deambulando, sin dirección, sin sentido, sin destino.

lunes, 28 de junio de 2010

Niños.

Cargábamos nuestros martillos y serruchos como si fuéramos a construir una gran mansión. Llevábamos guantes para no martillarnos los dedos con nuestras pulsadas inexpertas, más de uno terminaba envuelto en confort o en gasa. El tren hacia el sur esta vez era corto, llegaba hasta San Bernardo, no alcanzaba siquiera a dejarnos fuera de Santiago, aunque al bajarse iba a ser como estar en un lugar muy lejano, dónde nos sentiríamos vulnerables. Por unos días no veríamos televisión, nuestras camas, una bebida, la colación armada desde la casa (uno que otro llevaba algo de contrabando, una verdadera ración de supervivencia), las caras monótonas de los profesores, la rica comida preparada por la nana, no habrían recreos ni paseos, hasta el siguiente domingo cuando llegáramos llenos de tierra y hediondos, aunque de eso todavía no íbamos a darnos cuenta. El paisaje de Santiago se va abriendo mientras nos alejamos del techo metálico de la Estación Central al pesado sonido de las ruedas contra los rieles. Al ritmo que va sonando van pasando vagones viejos, casas, un partido de fútbol, postes y árboles, autos que a veces nos ganan una absurda competencia imaginaria, la misma que hago cuando voy en el auto y mirando el tren. Nos bajamos y apenas cruzando la línea caminamos junto a un largo paredón azul, separando lo que fuera el jardín antiguo de una mansión que hoy está abandonada a alguna función del municipio. Entramos a la casa contigua, llena de ancianos malolientes. Por una semana vamos a llenar de juventud esa cruel sala de espera.
En la mañana nos pasan a buscar. Vamos hacinados en un bus antimotines de Carabineros. Lo más entretenido es sacar unas redondelas de fierro de las paredes por donde metemos los mangos de nuestros martillos, en vez de revólveres o escopetas para bombas de gas. Será lo primero que la mayoría contará al volver a la casa. Nos bajamos en la entrada de un campamento. En una plaza de barro, o sea, un rectángulo de tierra, rodeada de casas de madera, nos dan las instrucciones de rigor, indicando la casa en que a cada cuadrilla nos toca trabajar. Cada una tiene a un “grande” a cargo, un niño de cuarto medio que ha ido antes a campamentos y ha usado más veces que nosotros el martillo, el metro y el serrucho, al menos fuera de las clases de artes manuales. Ya han dejado los materiales en cada casa, así es que podemos partir a conocer a la familia que vive en las casa donde trabajaremos. O las familias.
Una mujer joven y su hija de seis años nos reciben en su hogar de seis metros cuadrados. En la tarde llegará la abuela, quien trabaja en una feria en ese momento. En la entrada hay un charco de agua y unos cajones vacíos. Adentro alumbra una ampolleta con cables pelados. A la hora de almuerzo, mientras comemos los tallarines con salsa que preparó y tomamos un jugo zuko abierto para la ocasión, nos pregunta por Ignacio, uno de nuestros compañeros del colegio, que en este momento debe estar almorzando tallarines en otra vivienda, en otro campamento, en otro lugar de la capital. En la casa de Ignacio hemos organizado algunas fiestas, la última hace unos meses, con luces de colores, altoparlantes, con papas fritas, bebidas y algunos tragos, los suficientes para que unos cuantos sufran sus primeras borracheras. Trabaja tres días a la semana en su casa, en el sector oriente de Santiago. Para llegar a las ocho de la mañana debe salir a las seis, máximo seis y media. Es probable que haya tenido que lavar el vómito de algún otro compañero de aulas, unos restos secos en un sillón o un cubrecamas, lo que no alcanzó a limpiar la mamá de Ignacio, o lo que no quiso o no supo que tenía que limpiar, uno que ahora también debe estar comiendo tallarines y que más tarde estará aserruchando o martillando pedazos de cholguán contra las maderas que nos rodean.

sábado, 22 de mayo de 2010

Viveza.

1
No tiene mucha importancia. Es breve, indoloro. El anciano al frente, una figura femenina que no aparece, pero se sabe, en esa realidad, su presencia. Al otro lado, una nebulosa masculina. Algo de nervios, la respiración intranquila. Un fondo negro, iluminado desde arriba por cuatro focos teatralmente dirigidos. Un largo mesón, unas botellas y vasos borrosos. No hay palabras. Todo ocurre rápido. Despertar anticipado. Está bien. Es la primera vez. Volverá a pasar. Siete veinticuatro.

2
Señor, dígame en que consiste… Bruscamente despierta del sopor. La oración que balbucee en este momento es crucial. Silencio como en los cementerios. Articula una respuesta en el sentido exactamente requerido, efectuando las distinciones exactas, señalando los conceptos exactos, con las palabras exactas, la entonación exacta, las comas exactas, los acentos exactos. Cómo no lo hacía desde hace, se imagina, unos treinta minutos, demuestra el máximo nivel de conocimiento. El ideal. Está bien. El mismo anciano con ojos achicados por los lentes, suficiente señor, una figura femenina corpóreamente ausente, pero presente, una boca pronunciando esas palabras que todavía repercuten en su cavidad craneal, igual que las maquinalmente emitidas, las luces, el mesón, las botellas. El ser inerte desciende, aún confuso, absolutamente ido. ¿Que te pasó? Estabas como dormido, parecías un muerto. ¿Cuánto tiempo estuve ahí? Una hora. Estaba muerto. Desperté al menos, a tiempo. Las palabras entraban en mis oídos, pero no sonaban. Era como tener dos grandes conchas tapándomelos, que me llevaban a ese profundo mundo submarino. No me acuerdo de nada, absolutamente nada. Una hora. Una hora y no existen más que uno o dos minutos. Lo único que sé es que salí del agua de golpe, justo antes de que se me llenaran de agua los pulmones, una milésima de segundo antes de ahogarme. Y hablé. ¿Terminó? Cuatro veintiocho.

3
Los brazos, amarrados, como en los hospitales para retener a los locos, a los que desvarían con violencia, que quieren huir de esas camillas, de esa cárcel de blancas cortinas, de blancas carceleras y sábanas. Pero no está desnudo, ni con esa media toga que deja semicubierto todo el dorso, desde la espalda hacia abajo. Tampoco está acostado. Sentado, como en la silla eléctrica, aunque no viste el traje a rayas. Un traje si, arrugado entre esas correas. Los brazos atados a los brazos de esa silla, tomándose con las manos por la punta de ellos, fuerte, como si se le fuera a arrancar. Cuantos antes se habrán posado en ese trono, sobre ese cadalso. Por los pies, torcido, enredándose a las patas de la silla, para no caerse. Rígido, inmóvil. Ahogado por su corbata. Seis doce.

4
La voz vacilante, los vocablos proyectados, maquinalmente, el cerebro adormecido y fundiéndose, cayendo en un sopor y despertando. Los pies pesados, los brazos amarrados, la boca cosida, el anciano, la mujer, la otra boca, las palabras proferidas y su eco mudo, el eterno mesón, la botella, los vasos, las palabras repican en mi cabeza, como campanas, rebotan en las paredes, en el techo, me aíslan, no existe nada más que esas palabras, nada más que esas presencias borrosas, severas auscultándome. Me hundo, profundo, con mis zapatos de concreto. Mis brazos no son suficientemente fuertes. Es como estar sentenciado a pena de muerte, está a punto de cumplirse, la soga de seda está en el cuello, apretada, no tensa, todavía. Detienen la apertura de esa pequeña compuerta bajo mis pies. Al fondo, está oscuro. Tome, hace bien. Bebo un diminuto vaso de agua, al cual me aferro con ambas manos. Cristalino, el líquido refulge. Otro. Un dedal inagotable, con las dos manos. A mis espaldas todo es cálido, mi cerebro se entibia, hierve, mis manos liberadas, cavo mi trinchera, levanto mi atalaya, espero, blandiendo palabras me defiendo.

lunes, 19 de abril de 2010

Licantén.

A mí me gustan los feos.
¿Y pa que querí un feo si podí andar con uno más encachado?
Es que así no me lo andan mirando po.
Ah pero igual no más, si te lo quieren correr te lo van a buscar hasta que les resulte, si así son algunas.
Bueno, pero es que si es feo lo van a buscar menos, además son siempre más tranquilitos.
No, no, da lo mismo, te lo van a mirar las feas pero te lo van a mirar igual. Lo que tenís que buscarte es un hombre bueno, y así todo capaz que te gorree igual. Pensar que yo, así como me veí nomás, anduve con uno alto, de ojitos claros... al final no resultó, si la pinta sirve pal comienzo pero al final una se fija en otras cosas.
¿Y eso cuándo fue, que no se lo conocí nunca?
Tiempo después que me separara la segunda vez de mi marido, unos diez meses duramos.
¿Y ese oiga, que anda haciendo a esta hora, sacando partes?
Mostrándose nomás anda, no veí que se creen los pacos, les gusta lucirse. A mí no me gustan na, ninguno que ande de uniforme, no se porqué, pero no me gustan por ningún lado, ¿tú anduviste con uno o no?
Si, pero no aguanté, son medios raros.
¿Y cómo así?
Es que es verdad lo que dicen, aparte del trabajo que hacen, son así siempre, les cambian la cabeza me da la idea. Cuadrados pa todo. Así mismo, todo tiene que ser ordenadito, como un mando.
Viste, si por eso no me metería ni cagando con uno. Aunque igual tiran pinta así enteritos de un color, pelito corto, ordenaditos. Y buen físico que tienen.
¡Hola pue! ¿Cómo ha estado mi compadre? Bien pue ahí, fumigando ando ahora, después de comer eso sí que no anda la cosa, ¿y usted comadre?
Aquí estamos, en la de siempre, esperando un hombre, ahora acompañando a mi amiga acá, pa que no se aburra sola, si total no hay mucho que hacer en esta época, si no es en la planta, hay que ingeniárselas pa que aguanten los ahorros.
Estoy aburrida ya de tanto esperar, casi dos horas llevamos. Antes se podía pedir a la gente que la llevara a una, pero ahora está peligroso, no se puede confiar. Y conocido no pasa ninguno.
Claro, hay que tener más cuidado ahora, no es llegar y pedirle a cualquiera.
¿Y ese chico que mira quien es oye?
Un compañero, ¿no lo conoce, el Lucho?
Ahh, uno chico simpático, que anda con un aparato en la oreja.
El mismo, en una de esas por esos lados anda su hombre comadre, es buen chato ese.
Quizás pue oiga, uno nunca sabe.
¿Y los hijos como andan?
Ya se cuidan solos esos dos.
Ya, más ratito nos vemos oiga, tengo que ir a buscar la máquina.
Y tú chica, ¿no pensai tener hijos?
Es que mis papás no me dejan po. O sea, lo que más me han dicho es que no vaya a ser madre soltera, que por ningún motivo vaya a tener un hijo y todo eso. Le ponen mucho, además son injustos porque lo más bien que mis hermanas tienen hijos, al final se los terminan cuidando ellos, y yo, aunque pucha que los quiero a los cabros chicos.
¿Y qué es de ese par?
Cinco años tiene uno ya, entra al colegio el año que viene y once meses la chica.
Perdona que te pregunte, pero ¿cuántos años teni tú oye?
Más de los que usted cree, treinta y cuatro van.
¿Y cómo tus viejos hasta esta edad te ponen trabas, ya estai grande pa hacer lo que querai? Es verdad, pero no me importa mucho en realidad, con mi enfermedad no me dan muchas ganas de ser mamá, aparte tu sabi que yo soy bien mañosa, así que estoy bien cuidando a mis sobrinos. Es como si fueran mis hijos ellos.
Y la enfermedad, se me había olvidado, donde se te ve tan bien, ¿cómo ha estado?
Mucho mejor, ahora que me puse a hacer cosas, ya ni me acuerdo, tengo tanto que hacer que no ando pensando en nada más, y cuando tengo tiempo estoy tan cansada cuando llego a la casa que ya no me importa.
¿Estai vendiendo plásticos pue o no?
Claro, viajo a comprar a Santiago o a Curicó a veces, y después ando vendiendo por acá. Son tan rebuenas esas fuentes, duran tanto y sirven pa todo además, ¿teni de esas con tapa, iguales pero de distintos portes?
Si traigo de esas, cuando tenga le voy a ir a ofrecer. Estoy vendiendo pescado congelado también.
Más difícil eso, vai a vender a Curicó supongo.
Si po, al comienzo, con esta enfermedad de la depresión, me costaba harto, empezar pidiéndole a los pescadores que me llevaran, me enseñaran. Eso pa empezar nomás, porque después ir tocando timbres y preguntando, pucha que se sufría a veces, aparte como la gente anda tan desconfiada ahora, una quería un vaso de agua que fuera pero no dejaban ni entrar a las casas. Ahora al menos ya tengo mis clientes fijos, sale más rápido, así que se aliviana la pega.
¿Y usted, cómo le va con las tortillas?
En esta época nada, gastando los ahorros, que ya se van acabando, pero preparándome para el verano. Ando buscando chiquillas que me amasen, aunque está difícil, cuesta cada vez más, adonde es todo el verano, son flojas ahora y no les gusta el sacrificio, quieren todo fácil. Y eso que nosotras lo pasábamos bien en nuestra época amasando, después salíamos, tranquilas si, pero igual, mal no lo pasábamos y terminábamos con plata. Aparte que no amasan mucho, no tienen fuerza, son más lentas. Prefiero a las que tienen poco más experiencia, las conocidas, ahí no hay ni que dar instrucciones y salen las tortillas solas. A veces si, hago unas cuantas y las salgo a vender al camino, las menos voy hasta Curicó o al peaje, se aguanta con eso.
¿Me afirma la bici comadre?
Claro pue, yo se la afirmo.¡Que parece con esa cuestión atrás oiga! ¡Un astronauta me imagino!
Ya está, gracias comadre, nos vemos más tardecito, ¿va a estar en su casa pa pasarla a ver? Si claro, pase nomás.
Está corriendo el fresco ya, y eso que no es ni tan tarde.
Y la abuelita, ¿tendrá frío? ¡Tiene frío abuelita!
Si casi no oye.
¡Tiene frío abuelita!
No creo, se vino bien abrigada, siempre sale con su charlón. Estoy aburrida ya de tanto esperar, casi dos horas llevamos. Antes se podía pedir a la gente que la llevara a una, pero ahora está peligroso, no se puede confiar. Y conocido no pasa ninguno.
¡Pero si a ese que está echando bencina lo conozco! ¡El Hugo, seguro va al Duao! ¡Entre tanta conversa quizás ha pasado algún otro!
¡Hay vaya a preguntarle por favor si nos lleva con la abuelita!
Anda tomando las cosas que seguro te lleva que este es buena persona, yo le voy a preguntar.
Y usted joven, ¿a dónde va?
A Iloca.
¡Véngase con nosotras pues, apúrese! Vamos a La Pesca, pero Iloca está antes del Duao, así es que súbase nomás.
Ya, gracias, la ayudo con las bolsas.
¡Vénganse que aquí las llevan! ¡Cuidado con la abuelita nomás!
¡Vamos abuelita, con cuidado!

domingo, 21 de febrero de 2010

Analepsis sonora


Recuerda la luz pálida de invierno afuera, la lluvia gris y las nubes oscuras, escapando por una ventana diminuta. Dentro, la luz cálida aflorando de una lámpara de velador, encendida con el clic de una cadena, está atrapada entre cristales. Las paredes son frías y apenas alumbradas. Los cuerpos tibios, dejan ver algún destello. Nunca olvidará esa música. Nunca. Cada vez que asoma, el recuerdo aparece en menos que un instante, es un reflejo dentro de su mente. Es sencilla, un acordeón cadencioso, algo melancólico, romántico, con un dejo triste, pero permitiendo algo de esperanza, a veces alegre. Lo acompaña algún instrumento metálico y pequeño. A veces es un piano, solo. Es difícil que no tenga ese resabio cuando es una especie de viaje en el tiempo, a algún lugar del pasado, un pasado no lejano. Ineludible vestigio de nostalgia, feliz o triste, no por eso menos hermoso.
Siguió sonando en el presente, a un ritmo parejo, calmo, apasionado. La cadencia del acordeón se funde y pierde con los cuerpos, se desliza resbalando por la piel, uniéndose a la luz por un momento. Los abandona por la punta de los pies y se devuelve, se repite, los guía en su frecuencia, se guían por esa pasión lejana y ajena, incorporándola. Llega a perderse entre los cuerpos, uno a otro completos se acarician, acallan esa música preciosa en la belleza de su conjunto. Los envuelve y se convierten en uno solo. El cuerpo la envuelve y la silencia, alejándola, olvidándola, haciéndola parte de ese organismo y de ese momento, de ese espectro. Sofoca también la luz, la absorbe, ahora es él el que ilumina la sala, con rayos cortos que apenas invaden el velador, el cristal de la ampolleta, apenas se depositan en las paredes y en la lluvia, escapando. Son todo y a la vez están en todo, nada más importa. Jadea el acordeón, bufando entre sus fuelles se comprime y descomprime, se aprieta, relaja, las manos se buscan y atan con fuerza, se están escapando por las yemas de los dedos y se contienen, una a la otra. Percuten firmes las cuerdas del piano, acaricia en blanco y negro el instrumento, lo toma firme en toda su tersa blancura, sigue al cuerpo el piano, o el piano al cuerpo, ambos intensos, desvaneciéndose, el pulso se acelera arrebatado, intenso y se devuelve, desciende otra vez apaciguándose.
La lluvia, luminosa fuera por un momento, descansa nuevamente retomando su murmullo, la luz, por un momento liberada, regresa también a su empañado aposento cristalino. Los cuerpos protegidos se mantienen reunidos, entrelazados. Un fulgor tenue, apenas perceptible, se escapa todavía. El disco sigue, inagotable, dando vueltas.

Extranjero

Me gusta caminar. Tal vez, podría ser un montaraz, en una acepción bastante específica. Me gusta caminar, me gusta observar. La vista es el sentido que mejor he desarrollado. O el que mejor se concibió naturalmente. Narices siempre algo tapadas, oído no musicalmente privilegiado, disfruto comidas sencillas, Las manos torpes y duras. Me gusta caminar y analizar. A veces, sólo deambular. Me gustan las ciudades, algo tienen todas en común. Me gusta mi ciudad y ser un peatón, obligado a tener que estar un poco más atento a lo que está tras las fronteras de las calles, de las autopistas, a lo que se eleva encima de las cabezas. Circular. Transeúnte. Siempre hay algo interesante más allá de lo evidente. Basta tener una mirada atenta, estar abierto a lo que la ciudad ofrece en sus pasajes, en sus murallas elevadas, en los cruces de sus calles, entre el gentío. Estoy atento a las caras, intento, a pesar de lo imposible, no perder detalle. Nunca va a ser suficiente, siempre escapará algo a mi mirada. Me gusta. Cada viaje puede convertirse en algo nuevo, en algo diferente, basta querer descubrir lo que no pudimos encontrar antes. Es como un juego. Observar, pensar, encontrar, reformular, retener, recrear. Cada lugar puede convertirse en otro. Puede ser más tarde o más temprano, puede ser invierno o primavera, al día siguiente o años lejanos. El paisaje es mutable y los detalles infinitos. En la rígida ciudad, cruzada de rectas y diagonales, llena de solidez y geometría, masas y estructuras, rígida y vibrante, aun así, manifestación por excelencia de humanidad, gregaria, ambigua. Efervescente. Si alguien cree que es aburrida y plana es porque no tiene los ojos bien abiertos. Nunca se detiene. Soy un turista en mi propia ciudad, cada caminata pude ser un viaje interesante, una fuente, un instante de aprendizaje. A veces miro solo para abajo. Esos viajes son perdidos, rutas falsas hasta llegar a destino, ajeno, absorbido por las baldosas y el concreto. Mejor es mirar al frente o hacia arriba, mejor aún, desde arriba, en perspectiva. Pausado y seguro, atento. Así, me gusta caminar.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Carrera Corta

Una de diez cuadras podría considerarse una carrera corta. Es, unos pesos más, unos pesos menos, una luca. Pueden ser novecientos veinte u ochocientos treinta pesos. Hasta mil cien o mil doscientos, según la suerte del cliente con los semáforos o la pericia del chofer para llegar al mayor número de luces rojas, y la congestión vehicular, como dirían en los noticiarios. "Carrera", para quienes no estén enterados, es el término que los taxistas utilizan para denominar el recorrido efectuado acarreando uno o más pasajeros; se lo puede definir también desde el punto de vista de los honorarios percibidos, como el equivalente a un viaje pago. En los alrededores del apacible barrio residencial conocido como Las Lilas, en alusión al parque del mismo nombre, abundan los taxistas expertos en carreras cortas debido a la cercanía de estaciones de metro, de la casa al metro, del metro a la casa. Convengamos que el rango de estas carreras va desde los quinientos a los dos mil pesos, de las siete a las veinte cuadras, desde carreras de las que llamamos cortas a carreras un poco mayores, pero nada mucho más considerable. Asimismo, y debido a que los dedicados a ellas cumplen sus funciones generalmente en las horas previas y posteriores al horario de oficina, a mediodía abundan miembros del gremio reposando, en las calles más tranquilas, alrededor de las plazas o la fresca sombra de frondosos árboles durante los meses de aire más caluroso o días generosos en invierno. En ese horario se reúnen también a conversar, a discutir aspectos atingentes al gremio en general, un alza en el valor de la bajada de bandera por ejemplo, los deshonestos comentan alguna nueva forma de adulterar los taxímetros, el precio de la bencina. Otros se dan tiempo para galantear con asesoras del hogar que a esa hora salen a comprar pan o a buscar niños a los jardines infantiles y colegios de la zona, ver pequeños televisores portátiles o escuchar, solazados, algún programa radial, de preferencia dedicado a asuntos amorosos y sexuales. Estos grupos se encuentran en lugares determinados por entes municipales, cuyo uso se reserva para taxistas, incluso para taxistas determinados. Sin embargo, no todos son dados a las juntas gremiales, prefieren retirarse a descansar en soledad en alguna calle más quieta, sin interactuar con otros seres humanos sobre sus asientos reclinados.

Tomó a una mujer en exactamente a una cuadra de una de las salidas de la estación de metro Tobalaba, de gran afluencia, pequeña concentración de oficinistas, restaurantes, empleados de todo tipo, una estación de combinación. Contra todo pronóstico, estaba trasladando pasajeros a la hora habitualmente destinada a reposar. Ella, de estatura media y un tanto gruesa, vestía completamente de negro, pantalones y una blusa ligera, alhajada con algún collar, pendientes y anillos de fantasía, maquillada levemente, un tono azulado en los párpados superiores, delineada y de labios rosa metálico. Las manos endurecidas, de uñas largas, gruesas y duras, pintadas en un tono rosado en combinación con los labios, igual que las asomadas tras la franja de cuero sintético que afirmaba a los pies sus zapatos. El pelo lo llevaba suelto, un poco desordenado, hasta la altura del cuello y teñido rubio, dejando ver cerca de las raíces su oscuro color original. Él iba en mangas de camisa, arremangadas hasta el antebrazo, camisa a rayas celeste y pantalón azul, gastado. No era una mujer cualquiera: se ubicó en el asiento delantero, junto al chofer como copiloto, a diferencia de lo que habría hecho un pasajero ordinario, sentarse atrás. Al entrar al taxi se lleno los pulmones con el familiar olor a vainilla, proveniente de un pino amarillo -¿hay alguna relación entre el amarillo y la vainilla?- colgante de la guantera. El espejo retrovisor estaba reservado para un rosario y un escapulario, protectores en días de lluvia, noches de duro trabajo por barrios peligrosos y de conductores imprudentes. Sobre la guantera había un paño burdeo, igual que el que protegía los asientos traseros, con flequillos dorados, y sobre éste unos anteojos de sol y monedas de quinientos pesos.
El taxi paró en una calle con nombre de flor, junto a un sitio baldío, sobre el cual otrora estaban edificadas cuatro casas, todas de dos pisos y con piscina. Con la destrucción de las casas y su reemplazo por torres de departamentos parte de la vida de barrio había sido también demolida. El chofer se acomodó en su asiento, era la última carrera hasta que comenzara a caer la tarde y abundaran otra vez los oficinistas emergiendo de las profundidades. Encendió la radio, se puso los anteojos, cruzó los brazos detrás de la cabeza. Con el asiento deslizado lo más lejos posible del manubrio, las piernas estiradas en su máxima extensión y el respaldo en ángulo de ciento cuarenta grados, disfrutó los tres minutos con catorce segundos de relajo que demoró el inicio de la hora de descanso, los cuales le parecieron aun más breves. Se limpió con una servilleta arrugada y botó el papel hacia el pasto inerte que rodeaba el sitio de demolición. La mujer escupió hacia la calle a través de la ventana. No importaba quien los hubiera visto, nadie los conocía en el sector y estaban ocultos, él bajo la película que polarizaba los anteojos y ella bajo el volante. El chofer le pidió a la mujer que sacara unos sánguches que había en la guantera y se lo pasara. Le comentó que todos los días se los dejaba preparados su mujer antes de salir a trabajar, desde hace veintitrés años. Mortadela y queso, durante veintitrés años, a veces jurel y lechuga. Siempre con mayonesa, también preparada por su mujer. Pocas veces se veían en la mañana. Le ofreció el otro, uno le bastaba. Compartieron el almuerzo y siguieron conversando un rato más. Ella tenía que seguir trabajando. Tomó seis de las monedas que estaban sobre el paño rojizo y se despidió. Ya se volverían a encontrar, empezaba recién la primavera, que para ella significaba más trabajo y más ingresos. Afuera un zorzal intentaba detectar, ladeando su cabecilla hacia la tierra, algún gusano. Corrió y voló con el portazo. El taxista se incorporó para cambiar el dial mientras sonaba Roxanne, ajeno al mundo exterior, recluido en ese automóvil que era un pequeño hogar paralelo. Sobre la vereda se perdía el taconeo de la mujer.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Todo lo demás

X e Y han mantenido una relación por un tiempo prolongado, pero algo incontrolable y superior impide que esta se mantenga, prosiguiendo su evolución de manera favorable. A propósito de esta imposibilidad uno de ellos, el responsable, hace entrega de algo valioso a su complemento en esto, Z. El contenido de Z revela cosas que sólo quien lo entrega conoce, aspectos de su más profunda intimidad y que no compartiría con nadie más que con su recipiente. Ante esto, que puede tanto ser tomado por un acto valioso como por uno miserable, la respuesta recibida consiste en “gracias por Z y por todo lo demás”, agregando una despedida.
En un primer momento el Emisor, también denominado responsable y a quien en adelante llamaremos tan sólo E, interpreta esta respuesta como una reacción positiva, cuyo significado se acerca a mantener una relación de cordial amistad, una interacción en que no abunda la tensión ni el desagrado, motivada por el respeto y profundo cariño que siente por el receptor, de ahora en adelante tan solo R. Sin embargo, se intriga por aquello de “todo lo demás”. ¿A qué se refiere R cuando agradece por todo lo demás? E imagina diversas opciones de interpretación, pues esa indeterminada y abierta idea no puede no admitir interpretaciones variadas, al llegar de vuelta a casa, en un momento de mayor lucidez a la habitual, momentos que en él se dan con frecuencia de manera un tanto tardía.
“Todo lo demás” es aquello que se entregó en forma conjunta a Z, un detalle que llamaremos D.
“Todo lo demás” se refiere a aquello que, si bien es secundario dentro de todo el contenido de Z, revela aspectos de gran importancia, esclarecedores tanto de la personalidad de E como de eso que resultaba incontrolable, que terminan por dar sentido a lo que Z significa. Son piezas secundarias, pero imposibles de obviar para comprender el conjunto.
“Todo lo demás” se refiere a todo lo que se relaciona y estuvo relacionado a la historia compartida por E y R. Momentos en común, difíciles y felices, palabras, caricias, todo aquello que se puede imaginar, y también lo inimaginable, en cierto tipo de relación entre las posibles para seres humanos. Esta posibilidad tiene, como una moneda, dos caras, la primera es trágica y explica lo anterior como un montón de cosas insignificantes y que pierden todo valor y sentido una vez que la historia concluye, lo cual ocurre justamente con la cordial, fría y formal frase de despedida que precede a la frase bajo escrutinio; cuando E piensa en ella su pecho se oprime y respira con inhalaciones y exhalaciones breves y contenidas. La segunda opción para este “todo lo demás” tiene un sentido más suave, denota las vivencias como algo positivo, experiencias que se atesorarán, algunas, como sucesos importantes, tal vez hasta trascendentes, con ternura y algo de nostalgia por lo que existió en común.

Es relevante también estudiar brevemente la despedida, esbozada a propósito de la interpretación trágica de la tercera opción. Puede ser como ahí se indicó, una despedida fría y formal, o bien puede ser cariñosa, afectuosa, comprensiva. Podría también ser irónica, alusiva al tono que a su vez E utilizó al momento de su despedida al entregar Z, o bien asemejársele, pero sin mordacidad alguna.

¿Cuál es la utilidad de este ejercicio, este análisis interpretativo? Obsérvese la variedad de significados que puede llegar a tener una palabra, o una frase, ¿cómo alcanzar su verdadero sentido? ¿Cómo llegar a la interpretación correcta, qué pasos se deben seguir, cómo analizar el contexto, el significado evidente, el subyacente? ¿Es siquiera posible?

A propósito de esto son relevantes las consecuencias que implica cada uno de los sentidos posibles, ya señalados algunos, los cuales sin duda no agotan las alternativas.
Para comenzar, debe eliminarse, dada su irrelevancia y nimiedad, el primero, que requiere mucho análisis. El segundo y el tercero son entonces los que presentan mayor importancia. En cuanto a la segunda interpretación de “todo lo demás”, si fuera la real, E estima que sería el reflejo de la valoración que R da al contenido de Z, reconociendo el esfuerzo que implicó tal actividad para E, incluyendo el hecho de haberlo puesto en su conocimiento. Se puede observar que no hay aquí implicancias negativas.
Luego vienen los efectos de la mala versión del tercer sentido de “todo lo demás”. Contrariamente a la anterior, esta implica un cierto grado de desprecio por E, rebajando cualquier apreciación que por éste se tuvo hasta lo más mínimo. En vez de amor o cariño el sentimiento de R hacia E es de rotundo desinterés, interpretando Z como una especie artificio. En cuanto a la segunda versión de la tercera lectura, la reacción de R sería más moderada tras recibir Z, actuando R como una persona más comprensiva y paciente, aceptando aquello que revela su contenido como parte natural y cierta de E. En este sentido se asemeja un tanto a las consecuencias que se asignaron a la segunda interpretación.

Se señaló más arriba que las posibilidades no se agotan en los tres sentidos señalados. Sí, pueden agregarse un cuarto y un quinto, sin que por ello se extingan. El cuarto, que más bien es un no sentido, importa que la respuesta sean sólo esas palabras, sin más vueltas, un agradecimiento y una despedida. “Todo lo demás” se convierte aquí en un misterio intrascendente, no admitiendo lecturas que busquen develar algo oculto tras la superficie de palabras. Sin embargo, tal como sucedió a propósito de la primera interpretación, y a partir del conocimiento que E tiene de R, esta posibilidad debe ser abandonada, ya que normalmente sus actos tienen una intencionalidad cognoscible, sea cual sea su origen y motivación, incluso si fuera un acto arrebatado. El quinto alcance para la expresión relaciona su significado con el mensaje completo como dos elementos separables. En este, “todo lo demás” es una frase camaleónica, que tendrá uno u otro de los significados indicados (preferentemente los de mayores consecuencias), de acuerdo al estado de ánimo o las circunstancias que rodeen la lectura de la misma, al estado de la relación entre E y R, y muchos otros factores que no hay porque mencionar; gracias a su indeterminación o vaguedad permite diversas lecturas sin que ninguna de ellas prefiera a las restantes.

Más arriba se indicaron varias preguntas. No serán respondidas. Pero, sería fácil si pudieran responderse. Sería fácil tener respuesta ciertas para todo, vivir rodeado de certezas. Sería fácil y cómodo, no sería prudente incluir aburrido, pues podría alguien llegar a deducir de esto que sin certezas la vida sería como un entretenido parque de diversiones. Tal vez sea, en vez de eso, emocionante y riesgosa. Así como en este ejercicio se confunden X con Y con E con R con Z, hasta con D, y los términos empleados no indican demasiado algo concreto, abundando los algo cosa aquello eso lo enumeraciones sentido opción o este o lo otro tiempos condicionales pensamientos condicionales, en general conceptos imposiblemente más inciertos, vagos e indeterminados, a los cuales cada lector podrá otorgar el contenido que prefiera o surja espontáneamente, es frecuente que las acciones, susceptibles de diversas apreciaciones, sean capaces de asumir distintos sentidos, o ser dotadas de sentidos distintos según quien lo haga (incluso en los parques de diversiones no son pocas las personas que sufren, sintiendo miedo, padeciendo vómitos y otras sensaciones que se reservan, a veces incluso con vergüenza). Sólo quien la ejecuta puede tener algún grado de conocimiento sobre ella, y certeza tal vez no encuentre sino hasta un momento de claridad, para el resto, el crédito es de lo desconocido. ¿Es esta incertidumbre emocionante? ¿Esa tensión, es placentera o lacerante? Y, cuando se revela verdaderamente el sentido, petrificándose por algún otro hecho o acto, pasando de la indeterminación a ser uno solo y absoluto, ¿qué sigue? ¿Más placer, más dolor, más desconsuelo, más satisfacción?