viernes, 5 de junio de 2009

Justo vencedor

Robin Soderling se merece estar en la final. Hace justicia a lo que ha demostrado a lo largo de todo Roland Garros, jugando un tenis impresionante, combinando potencia y regularidad como se puede ver en pocos jugadores. Si asombró el nivel que demostró González para llegar a esta instancia, lo de Soderling da incluso para más, no sólo por haber dado la sorpresa al ganarle a Nadal, sino por el poder y la soltura de sus golpes, algo no común cuando se trata de un gigante de 1,93 metros, de quien normalmente se espera un servicio cómodo, que hace la mitad de la tarea a partir de innumerables aces. Lo demostró jugando sobre arcilla, la pista más lenta, para ello baste recordar que, además de a Nadal, González y Ferrer (dueños de los mejores records sobre la superficie en lo que va del año), aplastó a Davydenko en cuartos de final.
El Feña fue bajando su nivel a lo largo de la semana, a medida que se complicaban los rivales y sumaba cansacio. La concentración y juego perfectos de la primera semana mostraron una baja ligera durante algunos pasajes ante Murray. Y hoy, ante el juego plano del sueco, mostró superioridad tenística sólo cuando mentalmente fue más que éste. Si el partido terminó en cinco sets fue en gran parte por eso, los nervios que se apoderaron de Soderling haciéndolo perder precisión y puntos sencillos, como varios tiros altos con slice de Fernando que terminó sacando de la cancha. A diferencia de otras ocasiones -con Verdasco en cuartos de final de Barcelona, por ejemplo-, la "estrategia" de enredar el partido reclamando en demasía pelotas dudosas, haciendo escándalos a los jueces de línea, poniéndose binoculares, limpiándoles parabrisas imaginarios y otras pataletas, faltándole hoy el respeto incluso al polvo de ladrillo parisino limpiando una marca con el culo nada menos que en la Philippe Chatrier, no resultó, pues el escandinavo se sobrepuso a todo ello, a los nervios, a la presión de estar cerca de su primera final de Grand Slam y recuperó su juego a tiempo para remontar en el quinto set, donde tras el 4-2 con el servicio de González volvió a ese juego profundo y sobre las líneas que bordea la perfección.

La manga final se cerró en un 6-4 tras un González impotente, un tanto frustrado por haber dejado escapar la ventaja que tenía al perder con el saque. Tal vez se confió por un momento, algo vedado en un deporte que no deja terminar los partidos hasta que se gana un match point, o se ilusionó por adelantado con llegar a la final. Un 6-4 justo para un partido de más de tres horas y media, el cual si bien no fue de esos maratónicos, si fue digno de una semifinal en la pista central parisina, justo para quien, desplegando su juego fue, sencillamente, mejor que el rival.

jueves, 4 de junio de 2009

El desquite del procurador.

Trabajar en tribunales puede ser una experiencia horrible. Puede ser incluso un castigo, un trabajo tedioso y monótono, en el que además se debe lidiar con un sinnúmero de sujetos detestables. Se suma la presión de tener como responsabilidad juicios que pueden ser millonarios y que se desarrollan en un ambiente absolutamente desconocido; el primer mes, hasta el segundo a veces, hay una permanente tensión en la cabeza del joven estudiante que asiste al abogado día a día en tribunales, el campo de batalla. Creo que a los dos meses ya se está curtido para sobrevivir ahí. El Poder Judicial es además el paradigma de la burocracia, el paroxismo de los papeleos, las esperas, la indiferencia, una lucha constante contra un montón de seres impersonales que hacen de mala gana su trabajo, al borde de las más absoluta ineficiencia, donde faltan cientos de recursos que son indispensables. Existen hermosos códigos señalando procesos y procedimientos que en el papel, que todo lo soporta, funcionan como un reloj, pero en la realidad la hora que dan está atrasada debido a sus engranajes, manecillas tornillos y resortes oxidados y corroídos. Sería injusto extender esta descripción a la totalidad del aparato jurisdiccional y las personas que trabajan en él, pues, como en todas partes, hay un lado bueno y uno malo; en este caso digamos se reparten ambos aspectos equitativamente. A ratos se pasa bien y se puede trabajar con gusto con personas valiosísimas, a ratos hay que soportar la fetidez de los cadáveres y su pedantería.

El mesón de cada tribunal tiene unos tres metros de largo, un espacio de menos de un metro que lo separa de cortos pasillos perpendiculares con casilleros a cada lado, que en conjunto serán más o menos cien, cada uno rebalsado de expedientes, clasificados por letra, por año, de acuerdo al banco que demande (por supuesto, no se cansan jamás de demandar y podrían seguir hasta el infinito) y algún otro criterio indescifrable para los que trabajan fuera de ese reducto, lo cual incluye a todo el resto del tribunal. Los dominios de el o los mesoneros o mesoneras (no son más de dos), se completan con archivadores desarmados, lápices Bic reventados, relojes paralizados en el espacio intertemporal, varios cuadernos para registrar diversos acontecimientos de escaza o mayor relevancia, una computadora de data aproximada 1980, operativa en algo más arcaico que DOS, con letras de color naranjo pero eficiente cuando no colapsa, un calendario (este si es del año) y, finalmente, un timbre, su tesoro más preciado, de tintas violáceas cuyo cargo otorga fecha cierta a las presentaciones que se hagan en cada juicio, y cuya administración da un mínimo grado de poder a quien lo manipule, objeto vedado para todos los que están al otro lado del mesón, generalemnte una pequeña y desordenada aglomeración de gente que espera su turno, no lo respeta o le tira el tufo maloliente por el abuso de café, el cigarro y quien sabe que otra cosa u actividad al pobre hombre o mujer que espera gustoso por atienderlos.

En esta espera me deleité con una escena inolvidable, acontecida en la hora de mayor concurrencia. Por fuera, un abogado cuarentón impecablemente vestido, de chaqueta cuadriculada sobre un fondo beige y pantalón oscuro, mocasines, corbata de seda tejida sobre camisa blanca con colleras, todo un caballero inglés; el pelo recién cortado y bien peinado, la tez blanca recién afeitada y espolvoreada levemente con polvo talco, cachetes rellenos y rosaditos, más unos ojos grandes, todo esto le daba la apariencia un muñeco de ventrílocuo, el regalón de las secretarias del sospechoso bufete donde trabajaba. Al otro lado, el mesonero, un hombre que redeaba los cincuenta años, cabeza gacha, quien por unos pocos genes no sufrió de enanismo hipofisiario, como Nelson de la Rosa, alguna vez detentador del record Guiness de hombre más pequeño del mundo gracias a sus cincuenta y cuatro centímetros de estatura, famoso por sus apariciones en películas, como El Hombre Rata y La Isla del Doctor Moreau, y el video de la canción Coolo. Toda la fisionomía en este sujeto es menuda: ojillos de topo agrandados por anteojos de altas dioptrías, cabeza angosta y alargada con una frente pequeña y arrugada, orejas apretadas, una diminuta boca fruncida; incluso los movimientos son un resumen, y no por obligación dentro de ese espacio reducido donde trabaja, las conversaciones breves, nada dura más de un minuto. Éste parece también un muñeco, pero es más bien una marioneta o un títere. Demostraba una habilidad impresionante para alcanzar los expedientes ubicados en los casilleros más altos, a unos dos metros, sin necesidad de cajón alguno, alargando sus pies y brazos cortos, llevando pesados lotes de rosados expedientes del casillero al mesón, del mesón al casillero. Y también un conocimiento casi absoluto respecto de donde están o no están esos expedientes (¿serán dos mil? ¿cinco mil?). Comienza la interacción entre ambos, el abogado oficinesco con nulos conocimientos sobre el real funcionamiento de tribunales (algo que nadie puede llegara dominar cabalmente) y el experto del mesón. El muñeco de ventrílocuo y el títere, con un largo, lustroso y luminoso tablón como escenario.
-Buenas tardes, ¿me pasa el expediente X por favor?- Sin levantar la cabeza, mesonero sigue acarreando expedientes, incansable. Está muy concentrado con el resto de la audiencia en el sector más lejano del escenario. Con el papelillo que señala el número de su turno en la mano, el delicado abogado insiste infructuosamente, se mantiene la ignorancia absoluta de su interlocutor por largos minutos. Cruzando sus dominios, repentinamente levanta la cabeza y establece, por primera y útima vez, contacto visual. -¿Cuál me pidió?- Jamás pierde palabra que le dirijan, por suave y lejana que sea. El muñeco de ventrílocuo se demora en cobrar vida, sorprendido, y repite el nombre del expediente. -Ese no está, entró por algo. -Aaaaaaahhh, y ¿qué será? ¿puede ser un oficio?. -Si, un oficio-. Stromboli vuelve a llevarse a su títere al otro lado del cortinaje negro. El numerador de los turnos sigue en un eterno 01. Las luces se apagan, manteniéndose tan sólo dos focos que iluminan el silencio lejano de los protagonistas y el 01 de ampolletitas rojas. Otro largo minuto. El títere vuelve hacia el otro lado, se enciende la luminaria del tribunal y vuelve el rumor permanente de tribunales. -¿Hay algún libro dónde anoten eso?- Uno de los primeros consejos que me dieron al empezar a trabajar en tribunales fue que para todo, casi absolutamente para todo, se mantiene registro en un libro, confeccionado a pulso por algún funcionario del juzgado. En este punto todos se convierten en iguales, el abogado en el último de los procuradores novatos, y el procurador en el más avezado. El anonimato de los tribunales, por un momento, se adueña de todo y todos quienes están ante el mesón, sin importar lo bien o mal vestidos, el porte y la estampa, el perfume, la voz, la educación ni los modales. Es un duro trabajo salir de ese anonimato, empatizar con funcionarios cuando son de madera. Sonreía para mis adentros, esperando con paciencia un espacio para adueñarme de mi lado del escenario.

lunes, 11 de mayo de 2009

Enfrentar lo inevitable.

Es difícil hablar de la muerte. La palabra por si sola es fuerte, pesada, oscura, algo trágica. Para algunos será preferible obviarla, como si no fuera, contradictoriamente, una parte central de la vida, pues inevitablemente tocará enfrentarla, como testigo, sufriéndola por otros o directamente. Dependerá seguramente de las vivencias personales, a veces la veremos más lejana, otras cercana, con naturalidad, con profundo pesar y en un sinnúmero de otras formas. Un niño no piensa en ella, una persona joven no piensa que puede morir con su vida en ascenso, un adulto tal vez comience a angustiarse por su acercamiento o seguir olvidándola, un anciano la verá más próxima, como un descanso, afrontándola con fortaleza o quizás como un enemigo, arrepintiéndose de sus errores, de aquello que ya no puede ser cambiado.
Es duro escuchar a una persona mayor asumiendo que es lo próximo, que la Parca está ahí, detrás de la puerta, esperando el momento exacto o apurándose, afilando la guadaña. Remece aquello a lo que uno está acostumbrado, ese olvido voluntario, gregario, esa especie de tabú que se quiebra cuando alguien es capaz de renunciar a actos que en otras circunstancia no dudaría en realizar, porque carecen de sentido si la vida no se prolonga. Es un acto valiente, dramático, honesto, heróico, más potente que la muerte misma, un verdadero triunfo sobre ella, sino el único posible. Como si pudiera librarse batalla alguna contra lo inexorable. Más que pelear una batalla se trata, justamente, de no hacerlo.

domingo, 19 de abril de 2009

Machu Picchu, parte III


Aguas Calientes debe su nombre al río temperado que lo divide en dos y unas aguas termales cercanas. El despertar revela su lado bueno y su lado malo. El pueblo es horrible, las casas se apoyan en la ladera sin ser terminadas, no están pintadas o dejan al aire los fierros estriados que componen la estructura de hormigón armado. O faltan ventanas, o baldosas. Unas calles están adoquinadas, otras o son de maicillo o están a medio pavimentar. Un par de puentes unen el pueblo con el lado turístico, del cual por supuesto depende el primero. Lo bueno es, como muchas veces en Perú, el entorno, la naturaleza virgen. Rodeado de cinco o seis montañas casi perfectamente cónicas, Aguas Calientes está perfectamente oculto; se emplaza además entre dos ríos caudalosos que hacen más salvaje el lugar. Pero lo más impactante es la vegetación: los montes que lo circundan, a pesar de sus laderas rocosas escarpadas y casi verticales, están cubiertos por un capa espesa de árboles y arbustos que parecen luchar por no caer al cauce del río, aferrando sus raíces a las más mínimas grietas, colgando al vacío, alimentándose de la lluvia y luchando también contra ella, que en esta época azota sin dar tregua la ceja de selva.
Durante el primer día descansamos, reponiendo las energías gastadas en la dura caminata, y compramos nuestras entradas a Machu Picchu; recibimos además un buen consejo: subir a pie desde Aguas Calientes a la ciudadela inca es una tortura de dos horas que empieza las 4:00 am con lluvia y frío, además de físicamente demoledora. Si queremos subir más tarde a Waynapicchu, es más recomendable pagar un bus. Tomamos el consejo y compramos también nuestros boletos de bus.
A las 5:00 de la mañana del día siguiente estamos en la fila para tomar el primer bus hacia Machu Picchu, que sale a las 5:30. Llevamos todo nuestro equipaje, agua y algo de comida. La lluvia no cesa. A eso de las 6:00 am, tras una pequeña cuesta, nos bajamos. Mostramos nuestras entradas y credenciales de estudiante, cruzamos el control (se veían en esta zona personas con hipotermia, temblando, acalambradas, mojadas que venían arribando por el Camino del Inca) y atravesamos rápidamente la ciudad inca para alcanzar boletos a Waynapicchu, limitados y de alta demanda. Entre las nubes que se colaban por ventanillas, puertas, pasajes y templos, coronando las montañas apenas se distinguía una explanada con llamas y unas paredes de piedra. Esperamos hasta encontrarnos con Jorge, el guía que habíamos contratado en el pueblo; cruzamos de vuelta la ciudadela para iniciar el tour, siguiéndolo. El cielo todavía nos mojaba, y se veía gris en toda su extensión, oscuro, como si no fuera a mostrarnos lo que era uno de los principales objetivos del viaje para todos.
Paramos en una terraza alta, un mirador desde donde no veíamos mucho aún. El tipo empezó a hablarnos del descubrimiento de la ciudad y todo lo que ya habíamos leído abajo, en Aguas Calientes, en el tríptico con información del monumentos. Alternaba además, cada tres minutos una broma fomísima sobre Chile o los chilenos. En síntesis, uno de los abundantes guías mediocres de Perú. Recordé a Chani, un inca moreno de cabeza cuadrada, profesor de quechua, su lengua madre y quien aún lucha contra el español, verdadero maestro que logró transmitir y encantarnos con los misterios de su riquísima cultura un atardecer en las ruinas de Saqsaywaman. A lo lejos en el cielo se veía una manchita celeste, pero de la ciudad, nada.

Lentamente la neblina comenzó a elevarse, dejando al descubierto, tras el guía, algunos lugares de la ciudad sagrada. En frente nuestro se disipaban las nubes que coronaban el Waynapicchu, la Montaña Joven. Atrás se elevaba la más grande, Machupicchu, la Montaña Vieja. El sol iluminaba la cumbre de la joven montaña, dorada entre las nubes.
Bajo el imperio de Pachacutec, Noveno Inca, forjador del imperio Tahuantinsuyo, en la profundidad de la jungla, en lo alto de una montaña escarpada entre montañas escarpadas, escondida para los extranjeros, los incas tallaron la roca eterna, esculpieron la montaña, aplanaron y aterrazaron sus paredes verticales, sus vértices y aristas, para crear un templo, un palacio, un sembradío, una ciudad, alineada con montañas sagradas y coordinada con el camino del mismísimo sol. Ahora, casi tan lejana, arcana y llena de misterios como antes, estaba ante nosotros.

domingo, 5 de abril de 2009

Hacia Machu Picchu, parte II

En las dos horas de ruta a Santa Teresa la vegetación se hace progresivamente más espesa. Rastros de casas devoradas por la selva son vestigios de romanticismos frustrados, de un pasado de chalets de dos pisos y pequeñas verjas blancas. Aparecen también pequeños cementerios, camposantos que la jungla comienza a cubrir; la muerte y la vida, el hombre y la naturaleza.

El taxi destartalado nos sube y baja por los cerros, rodea y rodea las laderas, tiritando indefenso por el ripio. Cruzamdno el río vamos a las montañas del lado contrario, bajando más y más. Atravesamos el pujante poblado de Santa Teresa, enfilando por las laderas de corte vertical en dirección a la hidroeléctrica. Una escena alucinante despide el camino en auto: junto al río, una montaña (pequeña entre miles), de sus entrañas de roca partida, en lo alto, deja salir un chorro de agua que escurre hasta el lecho con fuerza. El milagro del agua manado de la piedra yerma, de lo alto a lo profundo, retornando a los pies de la tierra. Cruzamos el puente, nos bajamos del cochecito, pagamos. A eso de las cinco de la tarde iniciámos la caminata, por la línea férrea entre el río, las montañas y la selva verde, que todo lo cubre.

La caminata es dura sobre las piedras filudas, los rieles y los durmientes. A veces aparece la huella de un sendero, pero es una porción mínima del camino. Cruzamos el puente oxidado sobre el río Vilcanota. Durmiente tras durmiente tras durmiente andamos, como hipnotizados por la repetición de maderos. Es imposible levantar la vista, a riesgo de pisar mal, tropezarse o caer. Un breve descanso y seguimos. Empieza a oscurecer, bulle el río a la derecha, calla la selva a la izquierda. La garúa nos moja más y más mientras penetramos la selva y las montañas; aparecen unas luciérnagas y el caminar se torna más lento, por la noche y pequeños puentes que hay a ratos. Cruzamos un par de túneles entre la roca y, a lo lejos, un resplandor tenue asoma entre los cerros. Son las luces de Aguas Calientes. En tres horas estamos entrando al pueblo, tras una visión mágica de luces en la selva y una caminata agotadora, mojados.



miércoles, 18 de marzo de 2009

Hacia Machu Picchu, parte I

Salimos de Cusco a las 10:05 de la mañana, después de ir a buscar a una de las chicas al hostal donde había pernoctado subrepticiamente y no alcanzar a tomar los buses más baratos que salían a las 8:00 con destino a Quilabamba. Por $25 soles tomamos una convi que supuestamente salía a las 8:30; eran cuatro horas hasta Santa María, nuestra primera escala.
Las afueras de Cusco, cercanas al pueblo y ruinas de Chinchero, son una zona agrícola. Aún son lomas suaves, completamente cultivadas, con un diseño cuadriculado casi ridículo en que se pueden apreciar infinitas tonalidades de verdes y amarillos, algunos teñidos de café, según estén cultivadas papas, cebollas, habas, oca, choclo, camote o lo que sea. Parece a la distancia como si los cerritos estuvieran tapados por una frazada de esas que se hacen uniendo cuadrados de lana. El contraste con el cielo brillante y lleno de nubes espumosas hace que el paisaje sea realmente encantador; me imagino a van Gogh plasmándolo en una pintura y trasmitiendo la fuerza de los colores. Comenzamos a bajar hasta Urubamba, junto al río.
En la entrada de las montañas llegamos a Ollantaytambo, una de las más grandiosas ruinas incas en el sector circundante a Cusco. Falta verlas en todo caso, pues sólo cruzamos el pueblo por sus calles empedradas. Desde aquí comienza el verdadero camino de cuestas infinitas. Las enormes montañas, que nos cubren por ambos lados comienzan a juntarse y, a medida que subimos, las cubren nubes y lluvia. La laderas y quebradas casi en ángulos de 90 grados, más el agua y curvas cerradísimas hacen que el camino sea de temer. La ruta desafía al naturaleza. La vegetación se hace cada vez más espesa, selvática, desapareciendo a medida que subimos. Se ven riachuelos en cada quebrada, que desde lo alto alimentan algún afluente del Urubamba. Allá, arriba, la montaña se desborda en miles de vertientes, como si hubiera un lago entre las cimas o en las entrañas de la tierra, inagotable.
Increíbles casas aparecen de cuando en cuando, pequeñas chozas de adobe, piedra y techos de paja, encaramadas. Una vieja observa desde el interior como cruzan los vehículos las nubes. Su vida entera ha transcurrido en torno a la lluvia y la montaña. Las paredes rocosas, húmedas y brillantes, la acompañan, al igual que sus cabras y llamas, atestiguando su abandono.
Tras sortear la primera cadena montañosa, dominada por los nevados Verónica y Halancona, avanzar se hace todavía más peligroso. Las laderas son más empinadas, la lluvia más fuerte, la carretera es atacada por la montaña, que se hace respetar con rodados y caídas de agua, todo bajando, al igual que nosotros. A los lados, la vegetación se hace más y más espesa. Poco a poco, mientras descendemos, amaina la lluvia y el paisaje se vuelve más tropical. Sube la temperatura y aparecen plátanos y mangos; la carretera termina para dar paso a un camino de tierra. La selva crece a los costados, espesa, verde, palpitante. Nos alejamos de los nubarrones rebalsados, oscuros, y penetramos en la ceja de selva. Los árboles se adaptan a la permanente tormenta; sus hojas gigantes lo demuestran, así como sus largos y competitivos troncos. El agua los castiga y deben luchar por unos rayos de sol. Al fondo, el río: agua, el líquido esencial, sagrado para los incas, fuente de vida, está presente de lo alto a lo profundo. En poco más de cuatro horas llegamos a Santa María.

viernes, 20 de febrero de 2009

Aquilina


Tiene sesenta años, camina todos los días desde las afueras de Uyuni, en el suroeste de Bolivia, acarreando un carro con ollas, teteras, un balón de gas, una cocinilla y otros utensilios de cocina, hasta su puesto en uno de los dos mercados del pueblo. Desde las siete de la mañana sirve desayunos, un café, un mate de coca, agua de manzanilla o "trimate", a base de coca, anís y manzanilla, por dos bolivianos, y si el cliente quiere agrega un pan por cincuenta centavos. Calienta además en un sartén chicharrón de llama, pequeños trozos grasientos del mamífero más abundante en el área altiplánica, con cortes cuadrados de papa. Por cinco bolivianos sirve una porción, en un bol pequeño, sobre granos de choclo, acompañado con un pan. Ofrece otras viandas, como galletas y bebidas. El gas está siempre dado al máximo, el agua hierve permanentemente, casi hasta evaporarse por completo, vaciando y llenando de agua unos termos coloridos que están en las repisas de madera.

La cara redonda, de pómulos marcados que achican por debajo sus ojos pequeños y oscuros, morena curtida por el sol del altiplano, nariz chata, pelo liso, negro azabache, largo y trenzado en dos partes que se unen por las puntas sobre su espalda, como la mayoría de las mujeres bolivianas, observa impasible la peatonal esperando a uno de los pocos comensales que caen a diario. Aquilina está casada con un profesor rural, se encuentran unos pocos días al mes durante los fines de semana. Tiene nueve hijos, cuatro de los cuales están muertos; los demás ya son profesionales, médico, ingeniero comercial, otro estudia derecho, todos a horas de distancia, en Sucre. Dice que los chilenos hablamos muy rápido. Quiere conocer el mar. Se queja contra "el Ivo", porque ayuda sólo a los pobres del campo, les regala computadores, les arregla caminos, les construye escuelas, pero a los pobres que no trabajan la tierra no los ayuda nadie y son más pobres cada día que las cosas básicas suben de precio. Como ella, que vive sola vendiendo unos pocos desayunos al día, que ha sufrido cuatro veces el dolor más grande, apenas imaginable, que resiste el frío y el sol del altiplano; con su cadencia pausada, imperturbable, ese aire cansado que algunos tienen por el rumbo de la vida y el transcurso del tiempo. A las once cierra porque desde esa hora ya no llega nadie.

Abre nuevamente a las seis de la tarde. Prende la cocinilla, calienta el agua y espera sentada mientras se evapora, salteando el chicharrón de llama, acompañada por las locatarias de los lados y un televisor en blanco y negro. Pido un trimate. Bondadosa, Aquilina me presta un tazón enlozado y permite preparar tallarines instantátenos "Ajinoman" en su cocinilla; le explico como se cocina este alimento novedoso. Sopa de gusanos, dice, le gusta, va a comprar para que su marido coma durante la semana, mientras están alejados. Tiene dos aguayos, el tipico manto usado por las mujeres de regiones andinas peruanas y bolivianas, uno hace treinta años, grueso, firme, hilado fino en telar, desteñido; imagino que cargó con el a sus nueve hijos, además de mercadería y cualquier cosa posible. El otro, de colores más vivos y más delgado, hace diez. Le muestro el que compré para regalo, industrialmente fabricado, y con dos dedos abre el entramado de hilos y atraviesa uno, para luego reposicionarlos en su lugar. Si lo usara como los de ella seguramente no duraría más que unos meses.

La lengua madre de la señora Aquilina es el quechua. Me pregunta si quiero aprender. Cuatro son las preguntas fundamentales. Mi cerebro de turista piensa cosas relacionadas con comida, baño y dormir. Pero las preguntas no tienen que ver con eso. ¿Ima sutiyki? para preguntar ¿cómo te llamas? ¿Maymanta canki? para saber ¿de dónde eres? ¿Maymanri chenqui? o ¿mayman di shanqui? para saber ¿a dónde vas?



miércoles, 24 de diciembre de 2008

La fila

No se si el Transantiago ha mejorado o si la gente se aburrió de reclamar. Personalmente no me quejo, hay que caminar un poco más que antes para combinar, aprenderse bien las rutas y transbordos, pero en general parece que está funcionando bien, o al menos mejor que tras la caótica inauguración. Ya no me tocan filas de dos cuadras, pero desde el auto las he visto. Lo que si está claro es que a "los usuarios", como dice la prensa, la paciencia les dura poco.
El otro día, esperando la D-08, bus alimentador de la zona D (amarillo), La Reina Peñalolen Macul Ñuñoa, Francisco Bilbao-Padre Hurtado-Carlos Sila-Valenzuela LLanos-Larraín-Andacollo-Mamilla-Quillagua-Talinay-Camino Internacional-Quebrada Camarones-El Alto-Grecia (lindo recorrido por personajes de la historia, el norte de Chile y Europa), flota de 14 buses Metalpar años 2006 y 2007 no enchulados, fallo la sincronización de la línea y el bus se demoró más de lo normal en llegar, siendo lo normal no más de 20 minutos. Estuve cociéndome a 33 grados Celcius unos 45 minutos en Bilbao con Tobalaba tipo cuatro de la tarde. La fila era de unas 40 personas, pero estaba lo suficientemente adelante para sentarme. En el minuto 35 tres jóvenes esforzadas de este país al parecer se saltaron la fila y se pararon al lado de la señora que estaba delante mío. Seguí escuchando música desde el celular. En el minuto 40, después de que llamaran a la Joselyn, cuarta joven esforzada, no aguanté preguntarle a la señora si esas mujeres estaban desde antes que ella en la fila y habían, por ejemplo, ido a comprar un Super Yiro, para pedirles, o no, que hicieran la fila cuando llegara la micro. -No, y no esperó a preguntarle a las cabras -¿Están esperando la "D cero osho"?-Si señora. -Saben que la fila está allá atrás, ¿por qué no se van a hacerla mejor? -Es que nosostras llegamos antes pero estabamos sentadas allá, respondieron apuntando a un lugar más lejano del mismo paradero. En eso saltó una señora muy elegante, habría apostado que por primera vez era un usuario en su vida, y empezó el griterío. Los treinta o más que estaban para atrás de la fila se tiran contra las pobres trabajadoras part time del Jumbo. -¡Hagan la fila!¡Paren la wea!¡Váyanse a la chucha!¡Ustedes se van a ir a hacer la fila!, decía como una madre enojada la señora. Me senté en esos asientos altos al lado de la ventana. Dentro de la micro seguían peleando, sólo la señora con las trabajadoras. -¡Borrachas, no respetan nada!, decía la señora- ¡No soy borracha, voy a trabajar vieja hueona! -¡Conshetumare! -¡Pendejas culiás!...
La batahola duró como seis cuadras con la micro andando, ahí se les acabaron los garabatos, la señora había pasado de elegante a ordinaria (su hija quinceañera estaba en estado de shock al lado), las jóvenes esforzadas ya eran chanas de las mejores y el resto de la micro discrétamente se reía, incluyéndome. Si en algo estaban de acuerdo, con excepción de las protagonistas, era en que bastaba con esperar a la locomoción colectiva un buen rato, bastaba con cagarse de calor haciendo la fila, hacer una combinación y todo lo que implica usar el servicio público de transporte. A veces hay que esperar y aguantarse. Para que hacer peor la espera.

martes, 9 de diciembre de 2008

Campeonas.

Volvíamos de la sala de espera previa al embarque en el aeropuerto internacional de Santiago.

Mi hermano viajaba a Estados Unidos, a un invierno frío trabajando como operador de andarivel en un pueblo de Utah, Park City. Pueblo y todo, es el lugar donde se celebra cada año el festival de cine independiente más importante en ese país. Tiene suerte, pues se realiza las dos últimas semanas de Enero. Ojalá logre una escapada de su cubículo de andarivelista para presenciar algo de aquello. En el camino, nos cruzamos con un par de futbolistas norteamericanas, recién campeonas del mundo en la categoría sub 20. Dos chicas de lindos ojos azules, bastante interesantes, dotadas de un par de gemelos que evidenciaban una dedicación profesional al deporte no tan rey en este caso. Me atrevo a decir que cualquiera de ellas le pega a la pelota más fuerte que un pichanguero corriente, y que en un duelo bailarían a más de uno que se crea deportista. Viéndolas es más fácil entender como las amateurs y rechonchitas chilenas se fueron rápido de vuelta a estudiar para los exámenes de fin de año.

Había apuro por volver luego al estacionamiento, así es que cruzamos rápido la zona mixta, varias tiendas y Duty Frees, hasta el control de policía internacional. La fila, atestada, era la hora en que se hacen la mayoría de los vuelos al país de la libertad. Y, por supuesto, más jugadoras. En la esquina había cuatro, bien presentadas con sus uniformes oficiales, sus mochilas bordadas con el logo de la USSoccer y sus pelos rubios tomados. Una llevaba colgando la medalla de campeona. No pude resistir la tentación de pedirles una foto a las cuatro. Fútbol femenino y todo lo que se pueda criticar respecto de su nivel, además sub 20, peor eran campeonas del mundo, y lindas. Por supuesto, no las había visto ni en TV, pero encontré por lo menos simpático retratarme con ellas y sus medallas.

-May I take a picture with you?, pregunté en mi inglés colegial. Medias descolocadas, accedieron. Le pedía a mi padre que nos sacara la foto, levanté la cinta que arma esas filas de cuncuna y en eso se corre un paño negro en que una de ellas llevaba algo envuelto. Ni más ni menos que la Copa. No podía ser mejor. Cuatro linda rubias, deportistas, campeonas del mundo, con sus medallas y una copa del mundo. Es interesante la atracción que genera ese objeto, reservado para las manos de pocas personas, las mejores, reluciente, reflejando la expresión dichosa de quienes llegan a lo más alto. Me quedé absorto mirándola un momento, tal vez no estaría otra vez con una Copa del Mundo en mis narices.

-No queda batería, dice mi padre.

Menos mal había dos de repuesto, así es que las cambió, todo tan rápido como era posible. Las cuatro gringas posaban sonriendo, esperando que me pusiera al medio para la foto y dejara de joderlas.

-Tampoco están cargadas.

A la mierda! No podía ser peor. Tomé la cámara para revisarla y no había nada que hacer. Me di vuelta y las cuatro seguían ahí, sin entender nada.

- The batteries...eh... no cargadas. Agaché la cabeza, me apreté entre los ojos donde empieza la naríz. -Oh shit. Sorry, thank you... and congratulations. El inglés era rústico.



En el auto de vuelta, revisé la máquina fotográfica. Leí el anuncio sobre fondo blanco, indicando "¡Atención! El dial de modo no está en la posición correcta". Eso empeoraba las cosas. No eran las pilas, era la maldita ruedilla.

La copa, ni se mira ni se toca. Eso está reservado para el campeón, y, en castigo, me quemé los ojos en su baño de plata.

En todo caso, eran campeonas de fútbol femenino, sub 20 nomás. Y ni tan lindas.

jueves, 6 de noviembre de 2008

R.E.M. en Chile

Me atrevo a empezar este artículo afirmando que la visita de R.E.M. es la más importante visita del año. Creo que el mezquino público chileno no reconoce a un conjunto de peso mundial que, quizas por ser más "independiente" no penetra facilmente en las masas. Unha banda de la categoría de R.E.M. merecía estadio lleno para ambos días de presentación y Movistar Arena estaba tan sólo a media capacidad. Parte de la culpa se la llevan también las productoras que, como se ha hecho habitual, ponen las netradas a precios exorbitantes, inaccesibles para el chileno medio. Lamentablemente, somos los más caros de Sudamérica. Las cerca de 20.000 personas que disfrutas en los dos días se llevan el recuerdo de ver a una de las más importantes bandas vigentes del momento. Cuando nos llenamos de visitas de piezas de museo (no por eso menos importantes), adquiere relevancia el que estén vigentes. Aunque toda comparación es odiosa, para que comprendan personas de gustos diversos, es comparable con la visita de U2 y la próxima de Madonna, la de Morrisey, la de Pearl Jam. Si omito alguna, pido disculpas, pero no se me ocurren más. R.E.M. es de esas bandas que de alguna forma trascienden su época, marcando hitos en la historia de la música que marcan a las generaciones futuras. El show que brindaron el segundo día del SUE no deja duda alguna respecto de la calidad de la banda y el equipo entero que está trabajando para el espectáculo.
Ahora, el show.
Abren con una formidable tripleta, "Living Well is the Best Revenge" del último disco, I took your Name y el hit "What's the Frecuency, Kenneth?", ambas de Monster. Michel Stipe se contorsiona en el centro del escenario, los saludos de rigor, el esperado saludo a Obama y la advertencia de que estará pendiente todo el show de los resultados. Luego la calma con la fantástica "Drive" de Automatic for the People, para volver a acelerar con"Driver 8", de "Fables of the Reconstruction". Stipe nos cuenta el origen de "Men Sized Wreath", de Accelerate y Mike Mills hace bromas con el público. Luego Ignoreland, para recordar la protesta en los tiempos de Bush padre y la maravillosa "Fall on Me", de Lifes Rich Pageant (1986). Luego más de Accelerate con "Hollow Man", para encender definitivamente al público con la mediática "Imitation of Life", de Reveal.
Continuará... debo las fotos desde la galería y más de la mitad del concierto.

viernes, 15 de agosto de 2008

Tenis Olímpico



No se si volveremos a salir con un oro en juegos olímpicos. Contra Nadal, González la tiene difícil. Muy dificil. Pero, la verdad, es que no me muero si pierde, porque si lo hace jugando como en semifinales, no es que haya perdido sino que merecían ganarle. Es que así es el tenis, por eso me gusta más que el cualquier otro deporte. El resultado no se lo lleva otro que el que juega mejor, el que logra ganar el último punto cuando tiene match point a favor después de dos, tres y hasta cinco sets de trabajo. ¿Cuántas veces se ha dicho que un partido de fútbol no lo ganó el equipo que merecía ganarlo? Y luego empieza la típica disputa, que da lo mismo como se gana, que el equipo hizo su negocio y se llevó un puntito de visita, y así. En tenis eso no existe, como González y Blake demostraron en una exhibición impecable, de esas que se ven sólo en las más grandes justas, Grand Slams, Copa Davis, Juegos Olímpicos.

Hice un esfuerzo para quedarme hasta las cuatro de la mañana aguantando para ver la transmisión en directo del partido. No pude aguantar con la sucesión de clavadistas que pasaban por la tele a eso de las tres y cuarto. Lindo espectáculo, pero eran las clasificaciones nomás. Hasta un guatazo terrible se pegó una de las participantes.
Como a las ocho y media desperté (o me despertaron), avisándome que Fernando González acababa de vencer a James Blake, séptimo del ranking ATP y quien en cuarto de final le había ganado nada menos que a Roger Federer en dos sets. Feliz con la noticia me puse a ver la retransmisión del partido (2-2 iban en el primer set) a remolones. Aquí apreto el botón de forward para adelantarme una hora y media en el lance, hasta el momento clave. González está sirviendo con la cuanto 0-40, 5/6 en el tercer set. Ya sabía quien ganaba, pero no podía creerlo. Los pormenores no me los había contado nadie. El Feña se sacó tres puntos de partido con un coraje impresionante que se ve en pocas ocasiones, justificando el valor de las olimpiadas, más allá de que en tenis, deporte millonario, lo único que se juega es el honor, las medallas y los puntos ATP. Si no me falla la memoria, dos winners tremendos lo sacan de esa terrible situación. Sabía el resultado y vme estaba comiendo las sábanas. Creo que cualquier persona habría estado igual, fuera chileno, estadounidense, chino, italiano o lo que sea. Cómo habrán estado los espectadores. 6/6 queda la cuenta en el útimo set, sin tie break. Siguen dándose duro, Blake nos deleita con una "gran Willie" y Gonzo con sus passings y derechos invertidos. Solabarrieta, a estas alturas un personaje de la TV que se caricaturiza a sí mismo con frases del tipo "González dibuja con tinta china en Beijing" (me lo imagino anotando en un block esas oraciones antes de dormise, buscando una lírica que ni se acerca a la emocionalidad de Carcuro), está extasiado con cada uno de los aces del Bombardero de la Reina. Y yo, ya no me asusto cuando veo a González jugando el revés con slice cruzado y profundo, a milímetros de la red, con una paciencia y exactitud que demuestran como a madurado y controlado su juego, esperando para reventar al rival de un derechazo o soprenderlo con un revés plano. Avanzo un poco más. Feña acaba de ganar su saque con un punto discutido por Blake, quién promete por su vida que Gónzález tocó la bola antes de que se fuera larga. La repetición indica que el chileno se avivó (no pude evitar acordarme de como nos robaban los norteamericanos cuando la tenían difícil en una serie de Copa Davis contra Chile, cuándo Blake también fue protagoinsta), pero el primer punto de un juego no decide el partido, tal como reconoció el moreno. A continuación le quiebra a Blake, queda 10/9 sirviendo y con la cuenta 40-0. La final está más cerca que nunca, pero Blake se la juega con tres reveses terribles, devolviendo buenos saques de Fernando y volvemos a sufrir. De nuevo, puede pasar cualquier cosa, porque Blake podría poner dos izquierdos más en la línea y empezamos todo de cero otra vez. Menos mal que me sé el resultado. Recién en el quinto punto de partido se termina definitivamente, James Blake manda a la red un servicio de Feña, ganándose los boletos por Chile a la final, asegurando una medalla de esas que rehúyen nuestra historia. Recién ahora, después de que termina la repetición del partido puedo relajarme (un poco, ante la expectación del último partido). Televisión Nacional no se aburre de mostrar a Fernando González llorando de la emoción y los comentaristas insisten en que jamás lo habían visto así. Porque por Chile, hasta Mano de Piedra llora. Es que son lo Juegos Olímpicos, una vez cada cuatro años, sin dinero de por medio, por el honor y el reconocimiento del mundo.
Gracias Blake. Gracias Fernando, nos vemos el domingo. Esta vez si que no me quedo dormido.