
miércoles, 19 de enero de 2011
Bob Dylan

lunes, 17 de enero de 2011
A la deriva
Cita 1

lunes, 20 de diciembre de 2010
Acción
Venía de una aburridísima fiesta, al menos para mí, al nivel de que la terminé antes de tiempo y mi estado anímico era peor que al empezar la noche. Me fui solo de la disco, caminando por el barrio Bellavista sin miedo alguno por los abundantes borrachos, vagabundos, drogadictos, hippies vagabundos borrachos y drogadictos, microtraficantes y otros delincuentes. La seguridad provenía no de una sana valentía, sino de un peligroso desinterés que alcanzaba mi propia existencia, efecto entre otras cosas de una mala noche, al menos de carácter temporal. Caminé pensando en ser un antihéroe moderno, estaba listo para defender a alguna mujer de cualquier peligro o detener un asalto, enfrentando armas sólo con las manos o una botella, usándolas hasta desfigurar al agresor y terminar con algo peliculesco como un escupo en su cara informe. Por supuesto, no pasó nada extraordinario más que caminar solo, con frío y de noche, llegué a
Prendí las luces, la radio, me puse el cinturón de seguridad (no iba a ser un conductor irresponsable) y partí dejando un lugar vacante más en las calles que circundaban la plaza. No tenía la menor idea sobre hacia donde dirigirme, así es que di un montón de vueltas sin sentido por el barrio, sintiendo por primera vez que iba en mi auto, a donde quisiera, sin pedirle permiso ni deberle explicaciones a nadie. Un extraño sentimiento de libertad, a sabiendas de su finitud. Seguí al volante deambulando, sin dirección, sin sentido, sin destino.
lunes, 28 de junio de 2010
Niños.
En la mañana nos pasan a buscar. Vamos hacinados en un bus antimotines de Carabineros. Lo más entretenido es sacar unas redondelas de fierro de las paredes por donde metemos los mangos de nuestros martillos, en vez de revólveres o escopetas para bombas de gas. Será lo primero que la mayoría contará al volver a la casa. Nos bajamos en la entrada de un campamento. En una plaza de barro, o sea, un rectángulo de tierra, rodeada de casas de madera, nos dan las instrucciones de rigor, indicando la casa en que a cada cuadrilla nos toca trabajar. Cada una tiene a un “grande” a cargo, un niño de cuarto medio que ha ido antes a campamentos y ha usado más veces que nosotros el martillo, el metro y el serrucho, al menos fuera de las clases de artes manuales. Ya han dejado los materiales en cada casa, así es que podemos partir a conocer a la familia que vive en las casa donde trabajaremos. O las familias.
sábado, 22 de mayo de 2010
Viveza.
No tiene mucha importancia. Es breve, indoloro. El anciano al frente, una figura femenina que no aparece, pero se sabe, en esa realidad, su presencia. Al otro lado, una nebulosa masculina. Algo de nervios, la respiración intranquila. Un fondo negro, iluminado desde arriba por cuatro focos teatralmente dirigidos. Un largo mesón, unas botellas y vasos borrosos. No hay palabras. Todo ocurre rápido. Despertar anticipado. Está bien. Es la primera vez. Volverá a pasar. Siete veinticuatro.
2
Señor, dígame en que consiste… Bruscamente despierta del sopor. La oración que balbucee en este momento es crucial. Silencio como en los cementerios. Articula una respuesta en el sentido exactamente requerido, efectuando las distinciones exactas, señalando los conceptos exactos, con las palabras exactas, la entonación exacta, las comas exactas, los acentos exactos. Cómo no lo hacía desde hace, se imagina, unos treinta minutos, demuestra el máximo nivel de conocimiento. El ideal. Está bien. El mismo anciano con ojos achicados por los lentes, suficiente señor, una figura femenina corpóreamente ausente, pero presente, una boca pronunciando esas palabras que todavía repercuten en su cavidad craneal, igual que las maquinalmente emitidas, las luces, el mesón, las botellas. El ser inerte desciende, aún confuso, absolutamente ido. ¿Que te pasó? Estabas como dormido, parecías un muerto. ¿Cuánto tiempo estuve ahí? Una hora. Estaba muerto. Desperté al menos, a tiempo. Las palabras entraban en mis oídos, pero no sonaban. Era como tener dos grandes conchas tapándomelos, que me llevaban a ese profundo mundo submarino. No me acuerdo de nada, absolutamente nada. Una hora. Una hora y no existen más que uno o dos minutos. Lo único que sé es que salí del agua de golpe, justo antes de que se me llenaran de agua los pulmones, una milésima de segundo antes de ahogarme. Y hablé. ¿Terminó? Cuatro veintiocho.
3
Los brazos, amarrados, como en los hospitales para retener a los locos, a los que desvarían con violencia, que quieren huir de esas camillas, de esa cárcel de blancas cortinas, de blancas carceleras y sábanas. Pero no está desnudo, ni con esa media toga que deja semicubierto todo el dorso, desde la espalda hacia abajo. Tampoco está acostado. Sentado, como en la silla eléctrica, aunque no viste el traje a rayas. Un traje si, arrugado entre esas correas. Los brazos atados a los brazos de esa silla, tomándose con las manos por la punta de ellos, fuerte, como si se le fuera a arrancar. Cuantos antes se habrán posado en ese trono, sobre ese cadalso. Por los pies, torcido, enredándose a las patas de la silla, para no caerse. Rígido, inmóvil. Ahogado por su corbata. Seis doce.
4
La voz vacilante, los vocablos proyectados, maquinalmente, el cerebro adormecido y fundiéndose, cayendo en un sopor y despertando. Los pies pesados, los brazos amarrados, la boca cosida, el anciano, la mujer, la otra boca, las palabras proferidas y su eco mudo, el eterno mesón, la botella, los vasos, las palabras repican en mi cabeza, como campanas, rebotan en las paredes, en el techo, me aíslan, no existe nada más que esas palabras, nada más que esas presencias borrosas, severas auscultándome. Me hundo, profundo, con mis zapatos de concreto. Mis brazos no son suficientemente fuertes. Es como estar sentenciado a pena de muerte, está a punto de cumplirse, la soga de seda está en el cuello, apretada, no tensa, todavía. Detienen la apertura de esa pequeña compuerta bajo mis pies. Al fondo, está oscuro. Tome, hace bien. Bebo un diminuto vaso de agua, al cual me aferro con ambas manos. Cristalino, el líquido refulge. Otro. Un dedal inagotable, con las dos manos. A mis espaldas todo es cálido, mi cerebro se entibia, hierve, mis manos liberadas, cavo mi trinchera, levanto mi atalaya, espero, blandiendo palabras me defiendo.
lunes, 19 de abril de 2010
Licantén.
¿Y pa que querí un feo si podí andar con uno más encachado?
Es que así no me lo andan mirando po.
Ah pero igual no más, si te lo quieren correr te lo van a buscar hasta que les resulte, si así son algunas.
Bueno, pero es que si es feo lo van a buscar menos, además son siempre más tranquilitos.
No, no, da lo mismo, te lo van a mirar las feas pero te lo van a mirar igual. Lo que tenís que buscarte es un hombre bueno, y así todo capaz que te gorree igual. Pensar que yo, así como me veí nomás, anduve con uno alto, de ojitos claros... al final no resultó, si la pinta sirve pal comienzo pero al final una se fija en otras cosas.
¿Y eso cuándo fue, que no se lo conocí nunca?
Tiempo después que me separara la segunda vez de mi marido, unos diez meses duramos.
¿Y ese oiga, que anda haciendo a esta hora, sacando partes?
Mostrándose nomás anda, no veí que se creen los pacos, les gusta lucirse. A mí no me gustan na, ninguno que ande de uniforme, no se porqué, pero no me gustan por ningún lado, ¿tú anduviste con uno o no?
Si, pero no aguanté, son medios raros.
¿Y cómo así?
Es que es verdad lo que dicen, aparte del trabajo que hacen, son así siempre, les cambian la cabeza me da la idea. Cuadrados pa todo. Así mismo, todo tiene que ser ordenadito, como un mando.
Viste, si por eso no me metería ni cagando con uno. Aunque igual tiran pinta así enteritos de un color, pelito corto, ordenaditos. Y buen físico que tienen.
¡Hola pue! ¿Cómo ha estado mi compadre? Bien pue ahí, fumigando ando ahora, después de comer eso sí que no anda la cosa, ¿y usted comadre?
Aquí estamos, en la de siempre, esperando un hombre, ahora acompañando a mi amiga acá, pa que no se aburra sola, si total no hay mucho que hacer en esta época, si no es en la planta, hay que ingeniárselas pa que aguanten los ahorros.
Estoy aburrida ya de tanto esperar, casi dos horas llevamos. Antes se podía pedir a la gente que la llevara a una, pero ahora está peligroso, no se puede confiar. Y conocido no pasa ninguno.
Claro, hay que tener más cuidado ahora, no es llegar y pedirle a cualquiera.
¿Y ese chico que mira quien es oye?
Un compañero, ¿no lo conoce, el Lucho?
Ahh, uno chico simpático, que anda con un aparato en la oreja.
El mismo, en una de esas por esos lados anda su hombre comadre, es buen chato ese.
Quizás pue oiga, uno nunca sabe.
¿Y los hijos como andan?
Ya se cuidan solos esos dos.
Ya, más ratito nos vemos oiga, tengo que ir a buscar la máquina.
Y tú chica, ¿no pensai tener hijos?
Es que mis papás no me dejan po. O sea, lo que más me han dicho es que no vaya a ser madre soltera, que por ningún motivo vaya a tener un hijo y todo eso. Le ponen mucho, además son injustos porque lo más bien que mis hermanas tienen hijos, al final se los terminan cuidando ellos, y yo, aunque pucha que los quiero a los cabros chicos.
¿Y qué es de ese par?
Cinco años tiene uno ya, entra al colegio el año que viene y once meses la chica.
Perdona que te pregunte, pero ¿cuántos años teni tú oye?
Más de los que usted cree, treinta y cuatro van.
¿Y cómo tus viejos hasta esta edad te ponen trabas, ya estai grande pa hacer lo que querai? Es verdad, pero no me importa mucho en realidad, con mi enfermedad no me dan muchas ganas de ser mamá, aparte tu sabi que yo soy bien mañosa, así que estoy bien cuidando a mis sobrinos. Es como si fueran mis hijos ellos.
Y la enfermedad, se me había olvidado, donde se te ve tan bien, ¿cómo ha estado?
Mucho mejor, ahora que me puse a hacer cosas, ya ni me acuerdo, tengo tanto que hacer que no ando pensando en nada más, y cuando tengo tiempo estoy tan cansada cuando llego a la casa que ya no me importa.
¿Estai vendiendo plásticos pue o no?
Claro, viajo a comprar a Santiago o a Curicó a veces, y después ando vendiendo por acá. Son tan rebuenas esas fuentes, duran tanto y sirven pa todo además, ¿teni de esas con tapa, iguales pero de distintos portes?
Si traigo de esas, cuando tenga le voy a ir a ofrecer. Estoy vendiendo pescado congelado también.
Más difícil eso, vai a vender a Curicó supongo.
Si po, al comienzo, con esta enfermedad de la depresión, me costaba harto, empezar pidiéndole a los pescadores que me llevaran, me enseñaran. Eso pa empezar nomás, porque después ir tocando timbres y preguntando, pucha que se sufría a veces, aparte como la gente anda tan desconfiada ahora, una quería un vaso de agua que fuera pero no dejaban ni entrar a las casas. Ahora al menos ya tengo mis clientes fijos, sale más rápido, así que se aliviana la pega.
¿Y usted, cómo le va con las tortillas?
En esta época nada, gastando los ahorros, que ya se van acabando, pero preparándome para el verano. Ando buscando chiquillas que me amasen, aunque está difícil, cuesta cada vez más, adonde es todo el verano, son flojas ahora y no les gusta el sacrificio, quieren todo fácil. Y eso que nosotras lo pasábamos bien en nuestra época amasando, después salíamos, tranquilas si, pero igual, mal no lo pasábamos y terminábamos con plata. Aparte que no amasan mucho, no tienen fuerza, son más lentas. Prefiero a las que tienen poco más experiencia, las conocidas, ahí no hay ni que dar instrucciones y salen las tortillas solas. A veces si, hago unas cuantas y las salgo a vender al camino, las menos voy hasta Curicó o al peaje, se aguanta con eso.
¿Me afirma la bici comadre?
Claro pue, yo se la afirmo.¡Que parece con esa cuestión atrás oiga! ¡Un astronauta me imagino!
Ya está, gracias comadre, nos vemos más tardecito, ¿va a estar en su casa pa pasarla a ver? Si claro, pase nomás.
Está corriendo el fresco ya, y eso que no es ni tan tarde.
Y la abuelita, ¿tendrá frío? ¡Tiene frío abuelita!
Si casi no oye.
¡Tiene frío abuelita!
No creo, se vino bien abrigada, siempre sale con su charlón. Estoy aburrida ya de tanto esperar, casi dos horas llevamos. Antes se podía pedir a la gente que la llevara a una, pero ahora está peligroso, no se puede confiar. Y conocido no pasa ninguno.
¡Pero si a ese que está echando bencina lo conozco! ¡El Hugo, seguro va al Duao! ¡Entre tanta conversa quizás ha pasado algún otro!
¡Hay vaya a preguntarle por favor si nos lleva con la abuelita!
Anda tomando las cosas que seguro te lleva que este es buena persona, yo le voy a preguntar.
Y usted joven, ¿a dónde va?
A Iloca.
¡Véngase con nosotras pues, apúrese! Vamos a La Pesca, pero Iloca está antes del Duao, así es que súbase nomás.
Ya, gracias, la ayudo con las bolsas.
¡Vénganse que aquí las llevan! ¡Cuidado con la abuelita nomás!
¡Vamos abuelita, con cuidado!
domingo, 21 de febrero de 2010
Analepsis sonora

Siguió sonando en el presente, a un ritmo parejo, calmo, apasionado. La cadencia del acordeón se funde y pierde con los cuerpos, se desliza resbalando por la piel, uniéndose a la luz por un momento. Los abandona por la punta de los pies y se devuelve, se repite, los guía en su frecuencia, se guían por esa pasión lejana y ajena, incorporándola. Llega a perderse entre los cuerpos, uno a otro completos se acarician, acallan esa música preciosa en la belleza de su conjunto. Los envuelve y se convierten en uno solo. El cuerpo la envuelve y la silencia, alejándola, olvidándola, haciéndola parte de ese organismo y de ese momento, de ese espectro. Sofoca también la luz, la absorbe, ahora es él el que ilumina la sala, con rayos cortos que apenas invaden el velador, el cristal de la ampolleta, apenas se depositan en las paredes y en la lluvia, escapando. Son todo y a la vez están en todo, nada más importa. Jadea el acordeón, bufando entre sus fuelles se comprime y descomprime, se aprieta, relaja, las manos se buscan y atan con fuerza, se están escapando por las yemas de los dedos y se contienen, una a la otra. Percuten firmes las cuerdas del piano, acaricia en blanco y negro el instrumento, lo toma firme en toda su tersa blancura, sigue al cuerpo el piano, o el piano al cuerpo, ambos intensos, desvaneciéndose, el pulso se acelera arrebatado, intenso y se devuelve, desciende otra vez apaciguándose.
La lluvia, luminosa fuera por un momento, descansa nuevamente retomando su murmullo, la luz, por un momento liberada, regresa también a su empañado aposento cristalino. Los cuerpos protegidos se mantienen reunidos, entrelazados. Un fulgor tenue, apenas perceptible, se escapa todavía. El disco sigue, inagotable, dando vueltas.
Extranjero
domingo, 13 de septiembre de 2009
Carrera Corta
Tomó a una mujer en exactamente a una cuadra de una de las salidas de la estación de metro Tobalaba, de gran afluencia, pequeña concentración de oficinistas, restaurantes, empleados de todo tipo, una estación de combinación. Contra todo pronóstico, estaba trasladando pasajeros a la hora habitualmente destinada a reposar. Ella, de estatura media y un tanto gruesa, vestía completamente de negro, pantalones y una blusa ligera, alhajada con algún collar, pendientes y anillos de fantasía, maquillada levemente, un tono azulado en los párpados superiores, delineada y de labios rosa metálico. Las manos endurecidas, de uñas largas, gruesas y duras, pintadas en un tono rosado en combinación con los labios, igual que las asomadas tras la franja de cuero sintético que afirmaba a los pies sus zapatos. El pelo lo llevaba suelto, un poco desordenado, hasta la altura del cuello y teñido rubio, dejando ver cerca de las raíces su oscuro color original. Él iba en mangas de camisa, arremangadas hasta el antebrazo, camisa a rayas celeste y pantalón azul, gastado. No era una mujer cualquiera: se ubicó en el asiento delantero, junto al chofer como copiloto, a diferencia de lo que habría hecho un pasajero ordinario, sentarse atrás. Al entrar al taxi se lleno los pulmones con el familiar olor a vainilla, proveniente de un pino amarillo -¿hay alguna relación entre el amarillo y la vainilla?- colgante de la guantera. El espejo retrovisor estaba reservado para un rosario y un escapulario, protectores en días de lluvia, noches de duro trabajo por barrios peligrosos y de conductores imprudentes. Sobre la guantera había un paño burdeo, igual que el que protegía los asientos traseros, con flequillos dorados, y sobre éste unos anteojos de sol y monedas de quinientos pesos.
El taxi paró en una calle con nombre de flor, junto a un sitio baldío, sobre el cual otrora estaban edificadas cuatro casas, todas de dos pisos y con piscina. Con la destrucción de las casas y su reemplazo por torres de departamentos parte de la vida de barrio había sido también demolida. El chofer se acomodó en su asiento, era la última carrera hasta que comenzara a caer la tarde y abundaran otra vez los oficinistas emergiendo de las profundidades. Encendió la radio, se puso los anteojos, cruzó los brazos detrás de la cabeza. Con el asiento deslizado lo más lejos posible del manubrio, las piernas estiradas en su máxima extensión y el respaldo en ángulo de ciento cuarenta grados, disfrutó los tres minutos con catorce segundos de relajo que demoró el inicio de la hora de descanso, los cuales le parecieron aun más breves. Se limpió con una servilleta arrugada y botó el papel hacia el pasto inerte que rodeaba el sitio de demolición. La mujer escupió hacia la calle a través de la ventana. No importaba quien los hubiera visto, nadie los conocía en el sector y estaban ocultos, él bajo la película que polarizaba los anteojos y ella bajo el volante. El chofer le pidió a la mujer que sacara unos sánguches que había en la guantera y se lo pasara. Le comentó que todos los días se los dejaba preparados su mujer antes de salir a trabajar, desde hace veintitrés años. Mortadela y queso, durante veintitrés años, a veces jurel y lechuga. Siempre con mayonesa, también preparada por su mujer. Pocas veces se veían en la mañana. Le ofreció el otro, uno le bastaba. Compartieron el almuerzo y siguieron conversando un rato más. Ella tenía que seguir trabajando. Tomó seis de las monedas que estaban sobre el paño rojizo y se despidió. Ya se volverían a encontrar, empezaba recién la primavera, que para ella significaba más trabajo y más ingresos. Afuera un zorzal intentaba detectar, ladeando su cabecilla hacia la tierra, algún gusano. Corrió y voló con el portazo. El taxista se incorporó para cambiar el dial mientras sonaba Roxanne, ajeno al mundo exterior, recluido en ese automóvil que era un pequeño hogar paralelo. Sobre la vereda se perdía el taconeo de la mujer.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Todo lo demás
En un primer momento el Emisor, también denominado responsable y a quien en adelante llamaremos tan sólo E, interpreta esta respuesta como una reacción positiva, cuyo significado se acerca a mantener una relación de cordial amistad, una interacción en que no abunda la tensión ni el desagrado, motivada por el respeto y profundo cariño que siente por el receptor, de ahora en adelante tan solo R. Sin embargo, se intriga por aquello de “todo lo demás”. ¿A qué se refiere R cuando agradece por todo lo demás? E imagina diversas opciones de interpretación, pues esa indeterminada y abierta idea no puede no admitir interpretaciones variadas, al llegar de vuelta a casa, en un momento de mayor lucidez a la habitual, momentos que en él se dan con frecuencia de manera un tanto tardía.
“Todo lo demás” es aquello que se entregó en forma conjunta a Z, un detalle que llamaremos D.
“Todo lo demás” se refiere a aquello que, si bien es secundario dentro de todo el contenido de Z, revela aspectos de gran importancia, esclarecedores tanto de la personalidad de E como de eso que resultaba incontrolable, que terminan por dar sentido a lo que Z significa. Son piezas secundarias, pero imposibles de obviar para comprender el conjunto.
“Todo lo demás” se refiere a todo lo que se relaciona y estuvo relacionado a la historia compartida por E y R. Momentos en común, difíciles y felices, palabras, caricias, todo aquello que se puede imaginar, y también lo inimaginable, en cierto tipo de relación entre las posibles para seres humanos. Esta posibilidad tiene, como una moneda, dos caras, la primera es trágica y explica lo anterior como un montón de cosas insignificantes y que pierden todo valor y sentido una vez que la historia concluye, lo cual ocurre justamente con la cordial, fría y formal frase de despedida que precede a la frase bajo escrutinio; cuando E piensa en ella su pecho se oprime y respira con inhalaciones y exhalaciones breves y contenidas. La segunda opción para este “todo lo demás” tiene un sentido más suave, denota las vivencias como algo positivo, experiencias que se atesorarán, algunas, como sucesos importantes, tal vez hasta trascendentes, con ternura y algo de nostalgia por lo que existió en común.
Es relevante también estudiar brevemente la despedida, esbozada a propósito de la interpretación trágica de la tercera opción. Puede ser como ahí se indicó, una despedida fría y formal, o bien puede ser cariñosa, afectuosa, comprensiva. Podría también ser irónica, alusiva al tono que a su vez E utilizó al momento de su despedida al entregar Z, o bien asemejársele, pero sin mordacidad alguna.
¿Cuál es la utilidad de este ejercicio, este análisis interpretativo? Obsérvese la variedad de significados que puede llegar a tener una palabra, o una frase, ¿cómo alcanzar su verdadero sentido? ¿Cómo llegar a la interpretación correcta, qué pasos se deben seguir, cómo analizar el contexto, el significado evidente, el subyacente? ¿Es siquiera posible?
A propósito de esto son relevantes las consecuencias que implica cada uno de los sentidos posibles, ya señalados algunos, los cuales sin duda no agotan las alternativas.
Para comenzar, debe eliminarse, dada su irrelevancia y nimiedad, el primero, que requiere mucho análisis. El segundo y el tercero son entonces los que presentan mayor importancia. En cuanto a la segunda interpretación de “todo lo demás”, si fuera la real, E estima que sería el reflejo de la valoración que R da al contenido de Z, reconociendo el esfuerzo que implicó tal actividad para E, incluyendo el hecho de haberlo puesto en su conocimiento. Se puede observar que no hay aquí implicancias negativas.
Luego vienen los efectos de la mala versión del tercer sentido de “todo lo demás”. Contrariamente a la anterior, esta implica un cierto grado de desprecio por E, rebajando cualquier apreciación que por éste se tuvo hasta lo más mínimo. En vez de amor o cariño el sentimiento de R hacia E es de rotundo desinterés, interpretando Z como una especie artificio. En cuanto a la segunda versión de la tercera lectura, la reacción de R sería más moderada tras recibir Z, actuando R como una persona más comprensiva y paciente, aceptando aquello que revela su contenido como parte natural y cierta de E. En este sentido se asemeja un tanto a las consecuencias que se asignaron a la segunda interpretación.
Se señaló más arriba que las posibilidades no se agotan en los tres sentidos señalados. Sí, pueden agregarse un cuarto y un quinto, sin que por ello se extingan. El cuarto, que más bien es un no sentido, importa que la respuesta sean sólo esas palabras, sin más vueltas, un agradecimiento y una despedida. “Todo lo demás” se convierte aquí en un misterio intrascendente, no admitiendo lecturas que busquen develar algo oculto tras la superficie de palabras. Sin embargo, tal como sucedió a propósito de la primera interpretación, y a partir del conocimiento que E tiene de R, esta posibilidad debe ser abandonada, ya que normalmente sus actos tienen una intencionalidad cognoscible, sea cual sea su origen y motivación, incluso si fuera un acto arrebatado. El quinto alcance para la expresión relaciona su significado con el mensaje completo como dos elementos separables. En este, “todo lo demás” es una frase camaleónica, que tendrá uno u otro de los significados indicados (preferentemente los de mayores consecuencias), de acuerdo al estado de ánimo o las circunstancias que rodeen la lectura de la misma, al estado de la relación entre E y R, y muchos otros factores que no hay porque mencionar; gracias a su indeterminación o vaguedad permite diversas lecturas sin que ninguna de ellas prefiera a las restantes.
Más arriba se indicaron varias preguntas. No serán respondidas. Pero, sería fácil si pudieran responderse. Sería fácil tener respuesta ciertas para todo, vivir rodeado de certezas. Sería fácil y cómodo, no sería prudente incluir aburrido, pues podría alguien llegar a deducir de esto que sin certezas la vida sería como un entretenido parque de diversiones. Tal vez sea, en vez de eso, emocionante y riesgosa. Así como en este ejercicio se confunden X con Y con E con R con Z, hasta con D, y los términos empleados no indican demasiado algo concreto, abundando los algo cosa aquello eso lo enumeraciones sentido opción o este o lo otro tiempos condicionales pensamientos condicionales, en general conceptos imposiblemente más inciertos, vagos e indeterminados, a los cuales cada lector podrá otorgar el contenido que prefiera o surja espontáneamente, es frecuente que las acciones, susceptibles de diversas apreciaciones, sean capaces de asumir distintos sentidos, o ser dotadas de sentidos distintos según quien lo haga (incluso en los parques de diversiones no son pocas las personas que sufren, sintiendo miedo, padeciendo vómitos y otras sensaciones que se reservan, a veces incluso con vergüenza). Sólo quien la ejecuta puede tener algún grado de conocimiento sobre ella, y certeza tal vez no encuentre sino hasta un momento de claridad, para el resto, el crédito es de lo desconocido. ¿Es esta incertidumbre emocionante? ¿Esa tensión, es placentera o lacerante? Y, cuando se revela verdaderamente el sentido, petrificándose por algún otro hecho o acto, pasando de la indeterminación a ser uno solo y absoluto, ¿qué sigue? ¿Más placer, más dolor, más desconsuelo, más satisfacción?
miércoles, 8 de julio de 2009
Recordar.
Tal vez este lugar tiene significado como un intento por paralizar un momento antes de que desaparezca, por plasmar imágenes, percepciones y sensaciones antes de que el cerebro las deseche por innecesarias o las aparte hacia algún lugar perdido de la inconsciencia, espacio oscuro y de difícil acceso incluso para quien ha vivido esa experiencia. Tal vez los expertos en alguna compleja ciencia, que penetra en lo complejo del ser humano, manejan misteriosas fórmulas capaces de rescatar esos pasajes, despegar de lo más hondo de la materia blanca esos lejanos acontecimientos desterrados.
No sé si esto es realmente algo real, pues no proviene de ciencia alguna. No puedo asegurar que lo aquí narrado tenga coincidencia alguna con lugares, personas o acontecimientos que se hayan verificado alguna vez. Tal vez nada, tal vez una parte o quizás todo ha ocurrido en forma exacta como aquí se describe. Pero tampoco se si el propósito es describir. La palabra misma describir encierra ahora algo ligeramente sospechoso. Describir parece ser descomponer algo que está escrito. Des-cribir. Des-escribir. Y aquí nada está escrito de antemano como para ser desintegrado, y si lo está, ese proceso, cuyas etapas desconozco pero me atrevo, temerosamente, a señalar, algo así como existencia u ocurrencia (supuesta), narración, descomposición, probablemente termina con una renarración que se aleja de aquel acontecimiento que pudo, en su momento, observarse, experimentarse, sufrirse, gozarse o lo que sea. Esto, creo, se parece más a un cuadro impresionista. Se parece a la realidad, pero está desformada, como los cuadros pintados gracias a la ceguera de Monet o la miseria de Toulose-Lautrec. Está pasada por un cedaso indescifrable, que retiene lo nimio por no caber a traves de sus mínimas fibras entramadas, dejando pasar partículas aún más irrelevantes, pero que sumadas dan forma a lo informe, una forma completamente diferente, una amalgama nueva. Confiaría más en ella que en una realidad perfecta. Confío en ella aunque me es ajena su génesis, sus orígenes, su desarrollo. Apenas tengo certeza en cuanto a la fidelidad de sus resultados, pero soy ingenuo, creo en la verdad de lo que describen o al menos en que con el paso del tiempo serán la única verdad, el único registro. Por ahora no puedo más que confiar.
viernes, 5 de junio de 2009
Justo vencedor
jueves, 4 de junio de 2009
El desquite del procurador.

El mesón de cada tribunal tiene unos tres metros de largo, un espacio de menos de un metro que lo separa de cortos pasillos perpendiculares con casilleros a cada lado, que en conjunto serán más o menos cien, cada uno rebalsado de expedientes, clasificados por letra, por año, de acuerdo al banco que demande (por supuesto, no se cansan jamás de demandar y podrían seguir hasta el infinito) y algún otro criterio indescifrable para los que trabajan fuera de ese reducto, lo cual incluye a todo el resto del tribunal. Los dominios de el o los mesoneros o mesoneras (no son más de dos), se completan con archivadores desarmados, lápices Bic reventados, relojes paralizados en el espacio intertemporal, varios cuadernos para registrar diversos acontecimientos de escaza o mayor relevancia, una computadora de data aproximada 1980, operativa en algo más arcaico que DOS, con letras de color naranjo pero eficiente cuando no colapsa, un calendario (este si es del año) y, finalmente, un timbre, su tesoro más preciado, de tintas violáceas cuyo cargo otorga fecha cierta a las presentaciones que se hagan en cada juicio, y cuya administración da un mínimo grado de poder a quien lo manipule, objeto vedado para todos los que están al otro lado del mesón, generalemnte una pequeña y desordenada aglomeración de gente que espera su turno, no lo respeta o le tira el tufo maloliente por el abuso de café, el cigarro y quien sabe que otra cosa u actividad al pobre hombre o mujer que espera gustoso por atienderlos.
En esta espera me deleité con una escena inolvidable, acontecida en la hora de mayor concurrencia. Por fuera, un abogado cuarentón impecablemente vestido, de chaqueta cuadriculada sobre un fondo beige y pantalón oscuro, mocasines, corbata de seda tejida sobre camisa blanca con colleras, todo un caballero inglés; el pelo recién cortado y bien peinado, la tez blanca recién afeitada y espolvoreada levemente con polvo talco, cachetes rellenos y rosaditos, más unos ojos grandes, todo esto le daba la apariencia un muñeco de ventrílocuo, el regalón de las secretarias del sospechoso bufete donde trabajaba. Al otro lado, el mesonero, un hombre que redeaba los cincuenta años, cabeza gacha, quien por unos pocos genes no sufrió de enanismo hipofisiario, como Nelson de la Rosa, alguna vez detentador del record Guiness de hombre más pequeño del mundo gracias a sus cincuenta y cuatro centímetros de estatura, famoso por sus apariciones en películas, como El Hombre Rata y La Isla del Doctor Moreau, y el video de la canción Coolo. Toda la fisionomía en este sujeto es menuda: ojillos de topo agrandados por anteojos de altas dioptrías, cabeza angosta y alargada con una frente pequeña y arrugada, orejas apretadas, una diminuta boca fruncida; incluso los movimientos son un resumen, y no por obligación dentro de ese espacio reducido donde trabaja, las conversaciones breves, nada dura más de un minuto. Éste parece también un muñeco, pero es más bien una marioneta o un títere. Demostraba una habilidad impresionante para alcanzar los expedientes ubicados en los casilleros más altos, a unos dos metros, sin necesidad de cajón alguno, alargando sus pies y brazos cortos, llevando pesados lotes de rosados expedientes del casillero al mesón, del mesón al casillero. Y también un conocimiento casi absoluto respecto de donde están o no están esos expedientes (¿serán dos mil? ¿cinco mil?). Comienza la interacción entre ambos, el abogado oficinesco con nulos conocimientos sobre el real funcionamiento de tribunales (algo que nadie puede llegara dominar cabalmente) y el experto del mesón. El muñeco de ventrílocuo y el títere, con un largo, lustroso y luminoso tablón como escenario.
-Buenas tardes, ¿me pasa el expediente X por favor?- Sin levantar la cabeza, mesonero sigue acarreando expedientes, incansable. Está muy concentrado con el resto de la audiencia en el sector más lejano del escenario. Con el papelillo que señala el número de su turno en la mano, el delicado abogado insiste infructuosamente, se mantiene la ignorancia absoluta de su interlocutor por largos minutos. Cruzando sus dominios, repentinamente levanta la cabeza y establece, por primera y útima vez, contacto visual. -¿Cuál me pidió?- Jamás pierde palabra que le dirijan, por suave y lejana que sea. El muñeco de ventrílocuo se demora en cobrar vida, sorprendido, y repite el nombre del expediente. -Ese no está, entró por algo. -Aaaaaaahhh, y ¿qué será? ¿puede ser un oficio?. -Si, un oficio-. Stromboli vuelve a llevarse a su títere al otro lado del cortinaje negro. El numerador de los turnos sigue en un eterno 01. Las luces se apagan, manteniéndose tan sólo dos focos que iluminan el silencio lejano de los protagonistas y el 01 de ampolletitas rojas. Otro largo minuto. El títere vuelve hacia el otro lado, se enciende la luminaria del tribunal y vuelve el rumor permanente de tribunales. -¿Hay algún libro dónde anoten eso?- Uno de los primeros consejos que me dieron al empezar a trabajar en tribunales fue que para todo, casi absolutamente para todo, se mantiene registro en un libro, confeccionado a pulso por algún funcionario del juzgado. En este punto todos se convierten en iguales, el abogado en el último de los procuradores novatos, y el procurador en el más avezado. El anonimato de los tribunales, por un momento, se adueña de todo y todos quienes están ante el mesón, sin importar lo bien o mal vestidos, el porte y la estampa, el perfume, la voz, la educación ni los modales. Es un duro trabajo salir de ese anonimato, empatizar con funcionarios cuando son de madera. Sonreía para mis adentros, esperando con paciencia un espacio para adueñarme de mi lado del escenario.
lunes, 11 de mayo de 2009
Enfrentar lo inevitable.
Es duro escuchar a una persona mayor asumiendo que es lo próximo, que la Parca está ahí, detrás de la puerta, esperando el momento exacto o apurándose, afilando la guadaña. Remece aquello a lo que uno está acostumbrado, ese olvido voluntario, gregario, esa especie de tabú que se quiebra cuando alguien es capaz de renunciar a actos que en otras circunstancia no dudaría en realizar, porque carecen de sentido si la vida no se prolonga. Es un acto valiente, dramático, honesto, heróico, más potente que la muerte misma, un verdadero triunfo sobre ella, sino el único posible. Como si pudiera librarse batalla alguna contra lo inexorable. Más que pelear una batalla se trata, justamente, de no hacerlo.