domingo, 24 de noviembre de 2019

Naranjas.

Hernán amaba las frutas. Comerlas era de los momentos placenteros que encontraba en sus días, se relajaba y el resto se volvía secundario. No las que vendían en el supermercado, esas eran, además de estéticamente tristes -sobras de calidad mediana, cosechadas en verde, la de primera se iba probablemente a Estados Unidos o Europa-, insípidas. Las compradas en el borde de algún camino o en la feria, eran superlativas, tal vez no siempre en aspecto, sí en sabor y precio, y mucha gente se perdía día tras día la posibilidad de deleitarse con fruta real, como les decía. En los matrimonios siempre comía en el postre, piña y frutillas. Pero ahora iba a comer naranjas.

Adoraba las naranjas, y las que tenía en el refrigerador eran perfectas, grandes, jugosas y dulces. Tomó una y, sirviéndose de un cuchillo dentado, cortó ambas tapas y trazó varios cortes longitudinales poco profundos, que penetraron solo hasta donde llegaba la cáscara, delgada, no como esas fraudulentas que engañaban sobre el contenido de la fruta, igual de decepcionantes que una palta de cuesco enorme. En sus pensamientos solo había lugar para ese instante, se dejaba llevar por la textura de la fruta en sus manos, algo de jugo que escurría y el aroma colándose por sus narices. Dejó el cuchillo y retiró los trozos de cáscara uno a uno, intentando quitar la mayor cantidad posible de albedo, la piel blanca y suave que quedaba pegaba sobre los gajos, hasta tener una esfera completa en tonos blanquecinos y anaranjados. Cuando niño, tomaba los gajos y los apretaba apuntando hacia un fósforo encendido, haciendo crepitar los microscópicos aceites que albergaba. Sacó algunos excesos y enterró desde abajo su dedo gordo derecho, penetrando en la cavidad que quedaba al interior de los gajos, hasta abrirla por la mitad. Un leve placer lo recorrió mientras retiraba el nervio y la cáscara que se metían por el ombligo en la parte superior, y despegaba los gajos uno por uno. Estaba absorto, era una cuestión primitiva, pero estaba en éxtasis ante la expectativa de comer esa fruta. Se dio tiempo incluso para retirar delicadamente trozos de la epidermis que cubría los gajos, dejando a la vista secciones únicamente con celdillas apenas unidas que quedaban la vista como en una autopsia. Tenía una decena de brillantes pedazos de naranja ante sí. ¿Era tan perfecta la naturaleza como para reproducir en cada fruta un ejemplar con la misma cantidad de gajos? ¿Contenía cada gajo la misma cantidad de celdas llenas de pulpa y jugo y sucralosa natural y moléculas ácidas? ¿O eran los avances de la experimentación y modificación genética? No tenía la menor idea de la variedad de fruta que tenía al frente, podía ser una Washington Navel, una Barnfield Late o una Navelina, no importaba. Dejó todos los pedazos sobre el plato salvo uno, que se metió a la boca y masticó despacio. No estaba fría, era fresca, perfectamente temperada en el refrigerador, turgente, dulce, se deshacía contra su lengua y su paladar, con los ojos cerrados sentía estallar cada celda, el jugo deslizándose por las encías, bajo la lengua y escurriendo por la garganta. Se metió dos pedazos más a la boca. Recordó que su refrigerador todavía estaba lleno de ellas, además de chirimoyas y plátanos. Por ahora, solo comería una naranja.


lunes, 6 de mayo de 2019

El lomo y el bife


         Sobre una parrilla, descansaban dos jugosos pedazos de carne.
        
         –Qué calor que hace acá, ¡ya no aguanto más! –le decía el más gordo al otro, más delgado, pero amplio, abierto por el medio y expuesto como una mariposa.
     –Me muero del calor también pibe, estoy transpirando como caballo de carreras, ¡que se acabe luego, por favor! Mirá cómo se me chorrean los jugos. Cashémonos, que vienen los humanos.
        
       Se acercaron dos hombres: camisa arremangada, anteojos de sol y blue jeans. Parecían uniformados.
        
         –Esto es lo mejor –decía uno apuntando al más flaco –bife de chorizo, traído directo desde Argentina. ¡Cómo sabemos de asado al otro lado de la Cordishera!
       –¿No que el bife de chorizo es lomo liso, pero cortado para el otro lado y abierto por el centro? La carne chilena es bastante buena, y de asados, hablamos menos pero acá se hacen igual de ricos... y abierto así, el bife, se te seca.
         –¡No nada que ver! Ashá tenemos unos cortes, fijáte, matambrito para empezar picando, butifarra y morcisha para aliñar otro poco, el chimichurri para el sabor, la malasha, el vacío, ojo de bife, el mismo bife de chorizo… de escucharlos me da hambre. Andá a pararte al lado de una parrisha, vas a ver cómo te corre la saliva de solo mirar. En cambio, acá, lomo, filete, sobrecostilla y choripán. Papas masho, ¡ponele ensalada rusa y te ganás una estrella Michelin! De nombre se salva solo el huachalomo, pero en sabor es el que se queda corto. ¡El condimento lo ponemos ashá desde la denominación, che, eso es lo que les falta a ustedes, el cachengue, el cuento! ¡Hay que ponerle condimento desde la presentación a la vida!
         –No sé, acá vivimos más callados y sin tanta fantasía. Vamos a lo concreto, carbón en vez de leña, empezamos a las 2 y a las 3 estamos sentados comiendo. Y el asado es rico igual, cortado así o asá, es carne y grasa. Porque no vayas a creer que la grasa nos falta eh, che. ¡Ahí está el sabor, en lo básico! Qué importa el nombre, si al final terminamos todos sentados a la mesa, o por donde se le pasa el cuchillo al corte, lo importante es saber servirse la vaca.
        
         Los pedazos de carne escuchaban atentos esta discusión, botando jugos que hacían tssss tssss mientras se evaporaban sobre las brasas al rojo vivo.
        
         –¿Y tú, Che Chorizo que dices, sales más rico que yo?
         –Y viste, que se sho, miráme acá, todo derretido, esperando que nos hinquen tenedor y diente. Vos estás igual, un poco más gordo pero en el patíbulo al fin y al cabo. Mejor no preocuparse de pequeñeces y disfrutar lo que tenés al alcance de la mano, bife de chorizo, lomo liso, ensalada mixta o chilena. Si al final igual nos meten el cuchillo y…
        
         En eso iba el bife, cuando el Hombre lo apuñaló con un tenedor enorme y alargado, sacó de la parrilla rápido y con un empujoncito de cuchillo lo dejó en una fuente de greda llena de otras carnes y embutidos, sangrando agonizante. Apenas, saludo a su efímero vecino.
        
         –Y, ¿qué tal Negro Prieta, cómo estuvo el sauna? Te ves bien así, bronceado y abierto. ¿Listo para el ataúd de miga y el mausoleo dentado?


* * *

jueves, 7 de marzo de 2019

R.

Un tomate, el río y tu recuerdo.

Un tomate
Flotando mancha roja a la deriva
Río abajo.
¡Qué productivas las mañanas junto al río!
Como tus labios carmines
Tu boca de fruncir corrido
Y lengua incesante, generosa
En las palabras, las ideas y los gestos,
Aguda y cultivada.
Debiste nacer argentina
Y no repartirte en este país mezquino,
En el habla y en el corazón,
Lleno de cabezas gachas
Y cejijuntos.
Prodigosa y entregada,
Como tu nombre
Levanta las mañanas en invierno,
A ratos mal hablada
La abstemia para ti tormento dominado
de placeres nunca retirada,
gozadora y pocas veces sosegada,
Ni por Nietzche ni Lacan,
dispersa intelectual.

El viento solo azuza el fuego
Como desperdiga besos tu boca
Besos caídos al olvido
Malpreciados, bienhabidos.
Nunca demasiado corto el vestido
Nunca demasiado bueno el partido
Ni ingenieros
Ni canutos
Ni filósofos
Ni artistas
Todos alguna parte suya a ti han vendido
Engañosos comerciantes
De amistades y amoríos,
Sin saber ser ellos los medidos
Por tu rigorosa lanza de Atenea,
rapaz lechuza albina,
de suave porcelana,
Y ojos asesinos.

Ni hombres ni dolores te hacen falta,
Ahí aparecen los amigos
Los cigarros y un buen vino
O algún libro, otro amigo.
Unos y otros,
Pasajeros,
Van igual marcando tu camino,
Como aparece
Tu recuerdo
Junto al río.

jueves, 24 de enero de 2019

El desierto no tan florido

Grises hablaban dos cactus
Asoleándose un poco torcidos
Firmes sobre la ladera
De un monte casi florido.

Lo demás eran puras piedras
Y restos de animalillos
Que partían en sus tallos
Y se extendían al infinito.

¡Hay que es injusta la vida!
-Dijo el más jovencito
¿Por qué todo el crédito llevan
Las flores y sus pistílos?

Bueno si son llamativas
-contestó el más resufrido
La Gente no busca paseo
Si no hay algo bien bonito.

Sí sé que somos bien hoscos
Pinchudos y descoloridos
¡Pero, Tata, llevamos
Acá parados más de un siglo!

Aguántate otros cien años
Y más de un desierto florido
Vas a ver que las fotos,
Se las llevan Añañucas y Suspiros.

No entiendo viejo, no entiendo
Pero es como si no existimos
¿O acaso será que pal hombre
No somos bastante bonitos?

No importa chiquillo, no importa
Mejor sigue atrapando, con tus brazos el rocío
Ya llegará un pajarito
A anidar bien agradecido.

Verás que tenemos espinas
No para hacernos los lindos
Y que en vez de eso aguantamos
En el desierto calores y fríos.

Así, cuando pasen las flores
Y quede todo baldío
Nosotros seguiremos firmes
Dando sombra y abrigo.





viernes, 28 de diciembre de 2018

Nísperos

  Junto al camino que iba o venía hasta su casa, Carlos pasaba junto al Níspero. En primavera veía sus frutos naranjo pálido arriba, más allá del alcance de la mano, mientras pensaba cómo podía cosecharlos. Le encantaba pelarlos con paciencia antes de sentir ese sabor levemente ácido y textura aterciopelada. Encontraba además cierta dignidad, pese a su humilde aspecto de plumero desarmado, en ese árbol de tronco flaco, perdido entre acacias y enormes plátanos orientales, cargado de frutos que no abundaban en los supermercados y, en cambio, alimentaban en silencio a dueños de casa, parientes y a veces también a algún peatón, cartero o repartidor de diarios, como un recuerdo de lugares en que las frutas se podían tomar solo con empinarse un poco y estirar el brazo.

  Llegado el verano, los frutos ya estaban arrugados y llenos de manchas oscuras. Tendría que esperar al año siguiente una vez más.

  Durante el otoño, comenzaba a armar su plan, hasta que pasaba el invierno y veía cómo aparecía el primer germen de los frutos, aún verdes, anunciando que faltaba poco para comer nísperos otra vez.

  Podría venir con una escalera y los recojo, pensaba.
  O tocar el timbre y preguntar si pueden regalármelos. Son muy complicadas las personas que viven ahí, le habían dicho, ni se te ocurra molestarlos, una vez hasta llamaron a la policía porque los taxistas se estacionaban al frente, y otra porque unos maestros aprovechaban el fresco para dormir una siesta en febrero. Pero si no voy a tapar la vereda ni usar el pasto ni la sombra, solo quiero ir, tocar el timbre y preguntar, ¿qué va a pasar?, pensaba Carlos.
  No, voy a venir de noche con la escalera.

  Los frutos no esperaban y otra vez se estaban coloreando. Eran de los más grandes que había visto.

  O podría inventar una caña larga con un gancho para bajar las ramas y tomarlos. ¿Y si quiebro el árbol? ¿Y si me pillan y llaman a la policía?
  Mejor, toco el timbre y pregunto.

 Ya estaban otra vez maduros, los nísperos, arracimados en un lugar que parecía inalcanzable. Este año sí que voy a traer la escalera, se decía Carlos cada vez que pasaba nuevamente junto al árbol.

  Pero los nísperos se quedaban ahí, en sus racimos de colores, arrugándose.

  Qué desperdicio, pensaba Carlos. Cada año que pasaba, volvía a fraguar su plan perfecto para cosechar esos nísperos que debían ser deliciosos.

  Y así pasaban los veranos, los otoños, los inviernos, las primaveras. Y Carlos seguía viendo los nísperos añejarse, soñándolos mientras maduraban, soñándolos cuando colgaban maduros. Mientras, él pasaba del colegio a la universidad y después de la universidad a su primer trabajo, pero no por eso dejaba de pensar en cómo recogerlos.

  Hasta que una tarde, caminando a casa de sus padres, Carlos se dio cuenta que, donde antes estaba la casa, había un gran edificio. Y donde estuvo el Níspero, había un pedazo de pasto duro, reseco y amarillento, un montoncito de tierra y el asomo de un tronco cortado a ras de piso.  
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lunes, 15 de enero de 2018

Adelina, viuda de Elvis Presley



Venía desde La Serena, viajando en un bus casi vacío hacia Santiago, que no era su destino, pero donde tuvo que hacer una escala de dos horas. Iba a Valdivia, a juntarse con su primer pololo, que hace diez años la había buscado hasta encontrarla. Adelina, así supe se llamaba cuando el asistente de la compañía de buses le preguntó sus datos, cargaba una bolsa aislante con una merienda para el viaje de más de veinte horas.
                
***

Iba con sandalias, le colgaba un signo Om del cuello, usaba anteojos y el pelo liso, de un tono entre café y colorín, le llegaba hasta los hombros. Los años la habían engordado y, junto al implacable sol nortino, llenado la piel delgada de finas arruguitas, aunque no le habían tocado el talante. Nuestro bus era más cómodo que el que le había tocado en la Serena, no teníamos a nadie delante y los asientos aún estaban mullidos. Pero ella no se queja del bus que la llevó hasta Santiago y, en cambio, recuerda que, después de un terremoto por ahí por el sesenta y cinco, vivió junto a otros profesores durante cinco meses en un bus. Se acuerda que su casa era el asiento treinta y dos y de lo bien que lo pasaban, todos adentro de una micro.

***

A él lo conoció a los trece años, en el internado de La Serena, donde llegó después del terremoto de Valdivia, enviado junto a un grupo de estudiantes cuyo colegio eran escombros sumergidos.
Hoy ni ella tiene muy claro qué nombre ponerle. Sugiero que le diga su pololo nomás, pero no parece convencida.

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De segundo de humanidades pasó a la escuela normal. Ya sabía lo que era portarse mal y sacarse notas dos en clases, así que, retrasada un año, estudiaba más que los demás y pudo sacar las materias, que para los normalistas comprimían dos años en uno. Le bastaba un tres para aprobar, me cuenta. Y que, tras terminar quinto y sexto de humanidades, lo que sería lo mismo que tercero y cuarto medio de hoy, por dos años más estudiaba preparándose para ser profesora.
No sabía mucho de los normalistas, pero me habían enseñado matemáticas y castellano algunos años en el colegio y había podido escuchar a otros, por la televisión o tal vez también en trenes o buses regionales, y siempre irradiaban algo especial por haber sido parte de ese extinto cuerpo docente. Hablaban de la Escuela Normal y de ser profesores normalistas con alegría y orgullo, igual que lo hacía Adelina.

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Hace poco había hablado por primera vez con un hijo de él, quien no podía creer lo que le pasaba a su padre, convertido en un cabro chico y que no se aguantaba a la llegada de ella. El mismo nervio que debe haber sentido cuando, reconstruida la escuela y de vuelta en Valdivia, le mandaba una carta cruzando Chile de sur a norte, y esperaba la respuesta de ella. En el internado, esas cartas eran famosas y pasaban de mano en mano para soñar con algún enamorado o ser plagiadas y convertidas en impostoras, pero eficaces, declaraciones de amor. Pese a la correspondencia, sin embargo, cada uno hizo su camino, me dice.

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Entre medio, pasaron más de cincuenta años.

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Recién salida de la escuela normal, llegó a enseñar a la escuelita pública de Zapallar. Era la única profesora además de la directora, una vieja al borde de la invalidez que había falseado el registro de alumnos indicando que eran treinta en vez de catorce, para que el Ministerio le mandara una profesora más. Y le mandaron a Adelina, a sus frescos veinte años, con la piel dorada por el sol de La Serena, trigueña de ojos claros. En dos meses había dejado descansar a la directora y tenía leyendo a los catorce hijos de pescadores que asistían a la escuela. Al año siguiente, sí eran treinta alumnos. Al tercer año, más de cincuenta. Por el litoral se había corrido la voz de que había una profesora nueva, joven, bonita y simpática, que hacía leer a los alumnos en dos meses, así que llegaban niños desde Papudo, La Laguna, Maitencillo y hasta de Puchuncaví para aprender con ella, y apoderados para verla y conversarle.

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Cada fin de semana, caminaba diez kilómetros por la carretera junto al mar hasta Papudo para tomar el bus de vuelta hacia Los Vilos, y los Echeñique, los Larraín, los Matte, pasaban a su lado en camioneta levantando polvo. En cinco años jamás se detuvieron para ofrecerle un aventón.
No le gusta la gente rica, o al menos los ricos de esos que había ahí, en lugares como Zapallar, por eso nunca se compró un sitio o una casita, aunque habría podido.

***

Amaba, en cambio, su natal Los Vilos. Me pregunta, como si fuera un pueblo fantasma, si conozco Los Vilos. Me parece casi obvio, pero luego, cuando me pregunta si conocía Zapallar, me doy cuenta de la suerte que tengo solo por saber muy bien donde estaba parado, mientras otros jóvenes apenas sabrían ubicarse en las calles principales de su comuna o su pasaje. Y evoco la imagen que tengo de la única vez que estuve ahí, un pueblo sencillo y plano, escala obligada en las rutas de camioneros, con una bonita costanera sobre las rocas del Pacífico. Lo único malo que tiene, me dice, es cuando sale el viento sur.

***

A veces se juntaban en La Serena. Ahí era Adelina la que le mostraba, paseando como si fueran otra vez adolescentes, el Estadio La Portada, el gimnasio del equipo de básquetbol y la sede social, el internado, el parque de la avenida Francisco de Aguirre, la Plaza de Armas y la iglesia que estaba en pie desde la colonia. La Serena fue una de las primeras ciudades fundadas por los españoles y el centro mantenía un aire colonial y antiguo, pese a las ópticas, los locales de todo a mil y las tiendas de accesorios para celulares. Imagino a dos viudos paseando de la mano por esas calles de piedra. Esta vez pasarían varios días juntos en el sur y él le mostraría a ella los lagos y los ríos en que se había extraviado durante cincuenta años.

***

Una vez, Adelina, había ido a la casa que conoció en Valdivia cuando pololeaban. Encontró solo arrendatarios y la noticia de que él trabajaba repartido por los pueblos más allá de la carretera Panamericana y su madre había muerto.
               
***

No se hablan por whatsapp, me dice, solo por teléfono. Y también, todavía, se escriben cartas. Desde que se reencontraron en el 2010, él empezó a mandárselas otra vez y seguían siendo tan buenas como cuando tenían quince años.

***

Antes todo salía más fácil en los colegios. Había que planificar una vez al año las clases. Después una vez al semestre, luego al trimestre y así. Ella llegó hasta cuando se hacía cada mes, pero ya vamos en que las clases deben planificarse a diario, y el tiempo se gasta completando formularios que hablan de objetivos generales, objetivos específicos y otras cosas que nadie lee. Solo tiempo perdido. Y las clases se convierten en una aburrida repetición de etapas en vez de dejar que la materia vaya aprendiéndose como venga, repetición que pagan los niños. Los profesores, al menos los de antes, tenían claro qué enseñar, a su manera, pero a fin de año todo se había pasado. La mitad del tiempo hacían clases, la otra mitad se organizaban y corregían. Hasta que llegaron la jornada completa, la carrera docente, la evaluación y las calificaciones, y los profesores empezaron a convertirse en evaluados, sin ser alumnos de nada. Con eso, cree, dejaron de disfrutar mientras hacían clases.

***

“También fue un gusto joven, Adelina Astorga Hernández, viuda de Elvis Presley, para servirle”, se despide, riéndose de buena gana. Entiendo por qué se llevaba bien con los alumnos más difíciles, los chacoteros como les dice ella, cuando en la escuela de La Serena tenía que lidiar con cuarenta y cinco adolescentes mientras les enseñaba el castellano. Antes de eso, le hago una pregunta, tal vez la más importante de todas. “¿Y usted, en estos cincuenta años, se acordó de él?” “Todos los días”, me responde, “tengo todavía guardadas más de trescientas cartas que me mandó desde Valdivia a La Serena. Y él también tiene las mías”.

domingo, 17 de diciembre de 2017

No te alcanzaste a merecer más que un poema de 21 versos

Tomar mate en la mañana
Decir juntos es redundante,
Por ser mate y ser contigo.
Un par de ojos distintos
Ante los cuadros de una exposición
Encontrar cachureos en el persa Bio-Bio
Ver una película en tu cama
Bailar reggaetón o Juan Luis Guerra
Y despertar junto a nuestras pieles coloridas.
Perfumarnos de libro viejo
Pasar las manos por sus ásperos roneos
Armar nuestra biblioteca
Donde junten sus lomos los tuyos y los míos.

Liarnos como un cigarro
Hasta me dieron ganas de fumar.

Pero no hubo tabaco ni volutas
De aire azul o piedra
Donde escondieras un rato
Esas tiernas patas de gallo
Y tus dientes como de niño.

Te disipaste,
hebra de humo.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Ahora entiendo lo que dijo Richard Ford


            
           Corría el 2009 y aún retomaba el hábito de leer. Había empezado unos años antes, gracias a un amigo del cual estaré por siempre agradecido, creo que me prestó Las Partículas Elementales. Entre todo lo que leí desde esa afortunada recomendación figuraba una parte del catálogo de Anagrama. Sus ediciones de colores son una genialidad del marketing literario. En la Facultad de Derecho se veía gente con Anagramas en las manos por el patio, personas que no tenían tan claro por qué estaban ahí, pero estaban, y serían distinguidos, o no tanto, abogadas y abogados, profesión de la cual intentarían huir de alguna forma al menos una vez en la vida o quizás de manera permanente. Hasta había uno a quien le decían "Anagrama" o simplemente Ana, siempre andaba con uno en la mano y para el mechoneo se condenó al gritar con desesperación “¡¡¡Nooooo, mis Anagramas!!!”, mientras lo tiraban con mochila puesta a la fuente de la facultad. Él no llegó a titularse.
           
Sin embargo, la que hacía cosas por la literatura era la Católica, el programa de extensión de la Facultad de Arquitectura. Los arquitectos usualmente son más taquilleros que los abogados. Y gracias a ese programa vino a Chile a Richard Ford. Trajo también a Piglia, a Houellebecq, a McEwan, Barnes, Vargas Llosa, Coetzee, Auster y varios más. Estrellas de la literatura contemporánea, casi todos… editados por Anagrama. Pero el que importa ahora es Ford.
           
            Lo vi por primera vez en el patio de la casa central de la Católica. Había leído los cuentos de Rock Springs y algo de las aventuras de Frank Bascombe, no sabía cómo era físicamente, pero lo intuí al ver un par de calcetines morados. Estaba sentado bajo uno de los árboles enormes que están en el patio tras cruzar el jardín interior de la casa central de la Católica y se asomaban bajo los pantalones algo cortos. En el Chile del 2009 la moda todavía era el beige, el azul marino y el gris marengo, más todavía si estabas en el epicentro del conservadurismo nacional y donde si no eras un estudiante semijipi o llevabas una bata blanca las probabilidades indicaban casi en un cien por ciento el uso de pantalones beige y chaqueta azul marino o un traje medio plomizo. Para calcetines, gris, azul, negro, quizás rombos, blanco si estabas haciendo deporte. Con suerte en las tiendas encontrabas calcetines a rayas y saltaba a la vista que no era chileno, con sus zapatos de gamusa color chocolate, chaqueta de tweed liviana, la estatura, tez blanca, pelo cano y esos calcetines morados. Todavía hoy no es fácil encontrar calcetines de un solo color, aunque puedes comprar en casi cualquier lado unos con plátanos, hamburguesas, dinosaurios o naves espaciales. Intuí bien, porque de la sombra bajo los árboles del patio pasaría al escenario del Aula Magna de la Pontificia.

            Era, o soy, habría que ver, lo suficientemente tímido como para no atreverme a preguntar nada en público, menos si eran trescientas o cuatrocientos personas. La entrevista discurrió por algo más de una hora como siempre, hicieron llegar papelitos con preguntas, o las hicieron a mano alzada, y no recuerdo absolutamente nada de sobre qué trató la conversación ni las preguntas. Lo que es raro porque tengo una memoria bastante precisa, aunque normalmente sea para cosas inútiles. Sí recuerdo, aunque en realidad no tiene gracia alguna, que terminado ello se iniciaba la firma de libros y yo iba con mi ejemplar de El Periodista Deportivo, por lo que esperé un poco he hice la fila.

Quedaba poca gente cuando llegó mi turno y Ford tenía un trato muy ameno, acorde con lo que uno se imagina al ver algunas de las fotos que hay en Google. Tanto que conversamos sobre qué haría en Chile, me dijo que le gustaría ir al sur y que era un lástima que no hubiera un tren. Hasta bromeamos algo sobre el tercer mundo y el hecho de que si bien había líneas férreas, tren ya no. Le pregunté también lo que se me viene a la cabeza cada vez que hay algún escritor de esta talla cerca y no quise hacer en público:

“¿Hay algo que usted lee y vuelve a leer? ¿Qué libro o autor relee?”, en un inglés que debe haber sonado más o menos como “Is there something that you re-read or read once and again?”.

            “The stories of Alice Munro”.

            Esperaba un clásico, pero jamás había escuchado de Alice Munro. Y me atrevería a decir que en el Chile del 2009 muy poca gente lo había hecho, probablemente solo personas relacionadas directamente con ambientes literarios. Y, claro, Munro no estaba publicada en Anagrama.

            En mi libro quedó una firmilla de Richard Ford, pequeña y temblorosa. Pero me llevaba algo mucho más valioso.

* * *

            Empecé a buscar algo de Munro en las librerías de Providencia y no había nada, o muy poco y muy caro. Así es que aproveché el viaje de una amiga a Buenos Aires para hacerle un encargo. Me trajo un conjunto de cuentos titulado “El Progreso del Amor”, por lo que me gané unas cuantas bromas sobre esa lectura tan femenina. Lo leí un verano o un invierno, qué importa, y solo recuerdo que me gustaron. Una vaguedad, pero en esa época no leía subrayando ni pensando en recordar cosas. Leía nada más. Las historias eran buenas, sencillas en apariencia, pero profundas y recreaban en gran manera ambientes y escenarios íntimos y domésticos, interiores o exteriores.

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            Alice Munro se ganó el Nóbel en 2013. Fue la primera vez que se lo otorgaron a alguien que escribía solo cuentos. Y la décimo tercera mujer.

* * *

            Algunos años después me regalaron un libro gordo con una selección realizada por ella misma. Y son tremendos, de esos que te dejan pensando en lo que acabas de leer, en cómo está armada la historia hasta que te pega un sablazo, o llegas a la parte blanca de la página con ganas de volver atrás, o dándola vuelta esperando más para encontrar solo que hay otro título en negrita. Como para seguir haciéndole caso a Richard Ford (y considerar que en vez de cuentos o tales uso la palabra stories), darle la razón a la Academia Sueca, tenerlo encima del velador y ser una de esas cosas que uno lee y relee a través de los años. Y agradecer a la persona que, sin saber nada de lo que acabo de contar, me hizo ese regalo incluyendo una dedicatoria acorde con todo esto que quedará pegada junto al libro y mi memoria hasta el fin de mis días.