Junto
al camino que iba o venía hasta su casa, Carlos pasaba junto al Níspero. En
primavera veía sus frutos naranjo pálido arriba, más allá del alcance de la
mano, mientras pensaba cómo podía cosecharlos. Le encantaba pelarlos con
paciencia antes de sentir ese sabor levemente ácido y textura aterciopelada.
Encontraba además cierta dignidad, pese a su humilde aspecto de plumero
desarmado, en ese árbol de tronco flaco, perdido entre acacias y enormes
plátanos orientales, cargado de frutos que no abundaban en los supermercados y,
en cambio, alimentaban en silencio a dueños de casa, parientes y a veces
también a algún peatón, cartero o repartidor de diarios, como un recuerdo de
lugares en que las frutas se podían tomar solo con empinarse un poco y estirar el
brazo.
Llegado el verano, los frutos ya
estaban arrugados y llenos de manchas oscuras. Tendría que esperar al año
siguiente una vez más.
Durante el otoño, comenzaba a armar
su plan, hasta que pasaba el invierno y veía cómo aparecía el primer germen de los
frutos, aún verdes, anunciando que faltaba poco para comer nísperos otra vez.
Podría venir con una escalera y los
recojo, pensaba.
O tocar el timbre y preguntar si
pueden regalármelos. Son muy complicadas las personas que
viven ahí, le habían dicho, ni se te ocurra molestarlos, una vez hasta llamaron
a la policía porque los taxistas se estacionaban al frente, y otra porque unos
maestros aprovechaban el fresco para dormir una siesta en febrero. Pero si no voy a tapar la vereda ni usar el pasto ni
la sombra, solo quiero ir, tocar el
timbre y preguntar, ¿qué va a pasar?, pensaba Carlos.
No, voy a venir de noche con la
escalera.
Los frutos no esperaban y otra vez
se estaban coloreando. Eran de los más grandes que había visto.
O podría inventar una caña larga con
un gancho para bajar las ramas y tomarlos. ¿Y si quiebro el árbol? ¿Y si me
pillan y llaman a la policía?
Mejor, toco el timbre y pregunto.
Ya estaban otra vez maduros, los
nísperos, arracimados en un lugar que parecía inalcanzable. Este año sí
que voy a traer la escalera, se decía Carlos cada vez que pasaba nuevamente
junto al árbol.
Pero los nísperos se quedaban ahí,
en sus racimos de colores, arrugándose.
Qué desperdicio, pensaba Carlos. Cada año que pasaba, volvía a
fraguar su plan perfecto para cosechar esos nísperos que debían ser deliciosos.
Y así pasaban los veranos, los
otoños, los inviernos, las primaveras. Y Carlos seguía viendo los nísperos añejarse,
soñándolos mientras maduraban, soñándolos cuando colgaban maduros. Mientras, él
pasaba del colegio a la universidad y después de la universidad a su primer
trabajo, pero no por eso dejaba de pensar en cómo recogerlos.
Hasta que una tarde, caminando a
casa de sus padres, Carlos se dio cuenta que, donde antes estaba la casa, había
un gran edificio. Y donde estuvo el Níspero, había un pedazo de pasto duro,
reseco y amarillento, un montoncito de tierra y el asomo de un tronco cortado a
ras de piso.
