lunes, 15 de enero de 2018

Adelina, viuda de Elvis Presley



                Venía desde La Serena, viajando en un bus casi vacío hacia Santiago, que no era su destino, pero donde tuvo que hacer una escala de dos horas. Iba a Valdivia, a juntarse con su primer pololo, que hace diez años la había buscado hasta encontrarla. Adelina, así supe se llamaba cuando el asistente de la compañía de buses le preguntó sus datos, cargaba una bolsa aislante con una merienda para el viaje de más de veinte horas.
                Yo solo estaba ahí para escuchar su historia y de mi nombre no se tomó registro más que, tal vez, en su memoria.

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                Iba con sandalias, le colgaba un signo Om del cuello, usaba anteojos y el pelo liso, de un tono entre café y colorín, le llegaba hasta los hombros. Los años la habían engordado y, junto al implacable sol nortino, llenado la piel delgada de finas arruguitas, aunque no le habían tocado el talante. Nuestro bus era más cómodo que el que le había tocado en la Serena, no teníamos a nadie delante y los asientos aún estaban mullidos. Pero ella no se queja del bus que la llevó hasta Santiago y, en cambio, recuerda que, después de un terremoto por ahí por el sesenta y cinco, vivió junto a otros profesores durante cinco meses en un bus. Se acuerda que su casa era el asiento treinta y dos y de lo bien que lo pasaban, todos adentro de una micro.

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                A él lo conoció a los trece años, en el internado de La Serena, donde llegó después del terremoto de Valdivia, enviado junto a un grupo de estudiantes cuyo colegio eran escombros sumergidos.
                Hoy ni ella tiene muy claro qué nombre ponerle. Sugiero que le diga su pololo nomás, pero no parece convencida.

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                De segundo de humanidades pasó a la escuela normal. Ya sabía lo que era portarse mal y sacarse notas dos en clases, así que, retrasada un año, estudiaba más que los demás y pudo sacar las materias, que para los normalistas comprimían dos años en uno. Le bastaba un tres para aprobar, me cuenta. Y que, tras terminar quinto y sexto de humanidades, lo que sería lo mismo que tercero y cuarto medio de hoy, por dos años más estudiaba preparándose para ser profesora.
                No sabía mucho de los normalistas, pero me habían enseñado matemáticas y castellano algunos años en el colegio y había podido escuchar a otros, por la televisión o tal vez también en trenes o buses regionales, y siempre irradiaban algo especial por haber sido parte de ese extinto cuerpo docente. Hablaban de la Escuela Normal y de ser profesores normalistas con alegría y orgullo, igual que lo hacía Adelina.

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                Hace poco había hablado por primera vez con un hijo de él, quien no podía creer lo que le pasaba a su padre, convertido en un cabro chico y que no se aguantaba a la llegada de ella. El mismo nervio que debe haber sentido cuando, reconstruida la escuela y de vuelta en Valdivia, le mandaba una carta cruzando Chile de sur a norte, y esperaba la respuesta de ella. En el internado, esas cartas eran famosas y pasaban de mano en mano para soñar con algún enamorado o ser plagiadas y convertidas en impostoras, pero eficaces, declaraciones de amor. Pese a la correspondencia, sin embargo, cada uno hizo su camino, me dice.

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                Entre medio, pasaron más de cincuenta años.

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                Recién salida de la escuela normal, llegó a enseñar a la escuelita pública de Zapallar. Era la única profesora además de la directora, una vieja al borde de la invalidez que había falseado el registro de alumnos indicando que eran treinta en vez de catorce, para que el Ministerio le mandara una profesora más. Y le mandaron a Adelina, a sus frescos veinte años, con la piel dorada por el sol de La Serena, trigueña de ojos claros. En dos meses había dejado descansar a la directora y tenía leyendo a los catorce hijos de pescadores que asistían a la escuela. Al año siguiente, sí eran treinta alumnos. Al tercer año, más de cincuenta. Por el litoral se había corrido la voz de que había una profesora nueva, joven, bonita y simpática, que hacía leer a los alumnos en dos meses, así que llegaban niños desde Papudo, La Laguna, Maitencillo y hasta de Puchuncaví para aprender con ella, y apoderados para verla y conversarle.

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                Cada fin de semana, caminaba diez kilómetros por la carretera junto al mar hasta Papudo para tomar el bus de vuelta hacia Los Vilos, y los Echeñique, los Larraín, los Matte, pasaban a su lado en camioneta levantando polvo. En cinco años jamás se detuvieron para ofrecerle un aventón.
                No le gusta la gente rica, o al menos los ricos de esos que había ahí, en lugares como Zapallar, por eso nunca se compró un sitio o una casita, aunque habría podido.

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                Amaba, en cambio, su natal Los Vilos. Me pregunta, como si fuera un pueblo fantasma, si conozco Los Vilos. Me parece casi obvio, pero luego, cuando me pregunta si conocía Zapallar, me doy cuenta de la suerte que tengo solo por saber muy bien donde estaba parado, mientras otros jóvenes apenas sabrían ubicarse en las calles principales de su comuna o su pasaje. Y evoco la imagen que tengo de la única vez que estuve ahí, un pueblo sencillo y plano, escala obligada en las rutas de camioneros, con una bonita costanera sobre las rocas del Pacífico. Lo único malo que tiene, me dice, es cuando sale el viento sur.

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                A veces se juntaban en La Serena. Ahí era Adelina la que le mostraba, paseando como si fueran otra vez adolescentes, el Estadio La Portada, el gimnasio del equipo de básquetbol y la sede social, el internado, el parque de la avenida Francisco de Aguirre, la Plaza de Armas y la iglesia que estaba en pie desde la colonia. La Serena fue una de las primeras ciudades fundadas por los españoles y el centro mantenía un aire colonial y antiguo, pese a las ópticas, los locales de todo a mil y las tiendas de accesorios para celulares. Imagino a dos viudos paseando de la mano por esas calles de piedra. Esta vez pasarían varios días juntos en el sur y él le mostraría a ella los lagos y los ríos en que se había extraviado durante cincuenta años.

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                Una vez, Adelina, había ido a la casa que conoció en Valdivia cuando pololeaban. Encontró solo arrendatarios y la noticia de que él trabajaba repartido por los pueblos más allá de la carretera Panamericana y su madre había muerto.
               
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                No se hablan por whatsapp, me dice, solo por teléfono. Y también, todavía, se escriben cartas. Desde que se reencontraron en el 2010, él empezó a mandárselas otra vez y seguían siendo tan buenas como cuando tenían quince años.

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                Antes todo salía más fácil en los colegios. Había que planificar una vez al año las clases. Después una vez al semestre, luego al trimestre y así. Ella llegó hasta cuando se hacía cada mes, pero ya vamos en que las clases deben planificarse a diario, y el tiempo se gasta completando formularios que hablan de objetivos generales, objetivos específicos y otras cosas que nadie lee. Solo tiempo perdido. Y las clases se convierten en una aburrida repetición de etapas en vez de dejar que la materia vaya aprendiéndose como venga, repetición que pagan los niños. Los profesores, al menos los de antes, tenían claro qué enseñar, a su manera, pero a fin de año todo se había pasado. La mitad del tiempo hacían clases, la otra mitad se organizaban y corregían. Hasta que llegaron la jornada completa, la carrera docente, la evaluación y las calificaciones, y los profesores empezaron a convertirse en evaluados, sin ser alumnos de nada. Con eso, cree, dejaron de disfrutar mientras hacían clases.

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                “También fue un gusto joven, Adelina Astorga Hernández, viuda de Elvis Presley, para servirle”, se despide, riéndose de buena gana. Entiendo por qué se llevaba bien con los alumnos más difíciles, los chacoteros como les dice ella, cuando en la escuela de La Serena tenía que lidiar con cuarenta y cinco adolescentes mientras les enseñaba el castellano. Antes de eso, le hago una pregunta , tal vez la más importante de todas las posibles. “¿Y usted, en estos cincuenta años, se acordó de él?” “Todos los días”, me responde, “tengo todavía guardadas más de trescientas cartas que me mandó desde Valdivia a La Serena. Y él también tiene las mías”.

domingo, 17 de diciembre de 2017

No te alcanzaste a merecer más que un poema de 21 versos

Tomar mate en la mañana
Decir juntos es redundante,
Por ser mate y ser contigo.
Un par de ojos distintos
Ante los cuadros de una exposición
Encontrar cachureos en el persa Bio-Bio
Ver una película en tu cama
Bailar reggaetón o Juan Luis Guerra
Y despertar junto a nuestras pieles coloridas.
Perfumarnos de libro viejo
Pasar las manos por sus ásperos roneos
Armar nuestra biblioteca
Donde junten sus lomos los tuyos y los míos.

Liarnos como un cigarro
Hasta me dieron ganas de fumar.

Pero no hubo tabaco ni volutas
De aire azul o piedra
Donde escondieras un rato
Esas tiernas patas de gallo
Y tus dientes como de niño.

Te disipaste,
hebra de humo.

miércoles, 27 de septiembre de 2017