martes, 19 de agosto de 2014

Promesa

Llevas años buscando ese objeto. Ha sido mucho más que una búsqueda. Has rastreado ese libro, investigado sus ediciones, su extinción y los motivos de su desaparición. Los resultados no han sido concluyentes. Has buscado en cada librería, en cada puesto de libros usados de la calle San Diego, has preguntado en los locales de Torres de Tajamar, metido las manos entre las rumas polvorientas en los galpones del Persa Biobío, las cajas de libros mordisqueados por las ratas en las ferias de pulgas en avenida Argentina y El Belloto, y el que buscas aún se niega a aparecer. Igual de infructuosa fue la búsqueda fuera de tu país, en Parque Rivadavia, Parque Ferial Amazonas, San Alejo, Calle de Donceles, el Mercat de Sant Antoni. Has consultado los catálogos de las bibliotecas públicas y escudriñado una inmensidad de bibliotecas privadas, intentando incluso retirarlo a hurtadillas de alguna estantería lejana, esas que están en las esquinas y solo quienes se pasean y disfrutan leyendo los títulos de los lomos coloridos visitan, pero la edición que buscas parece tan difícil de obtener como un incunable. Es un libro pequeño, según te han dicho, pero existe. Existe porque tienes la certeza de que al menos una persona lo ha leído, una persona que se fascinó con sus líneas y lo ha perdido. O se lo han robado, o se ha esfumado simplemente. A veces crees que te contaron una mentira y ese libro jamás ha sido escrito. Que imaginaron su existencia solo para abusar de tus pasiones y obsesiones, y así atarte para siempre a una promesa, perversamente, a sabiendas que jamás podrías cumplirla. A pesar de eso has seguido preguntando, pertinaz, contumaz más bien, en cada uno de los lugares donde puede descansar un libro. Sabes que jamás exigirán esa acreencia, que la ligazón ha sido voluntaria, unilateral. Pero, con tal de cumplirla, seguirás investigando con obcecación hasta que aparezca.

Estás a miles de kilómetros de distancia de tu país. Ya preguntaste en otras docenas de tiendas y revisaste cientos de estanterías. La respuesta sigue siendo la misma, por parte de todos los libreros y bibliotecarios. “No lo tengo”. “Tengo este otro”. “No, no me sirve”, respondiste siempre. Hasta que llegas a un lugar llamado cuesta Claudio Moyano. Acabas de almorzar, refugiado bajo los árboles del Parque Retiro, un par de modestos sánguches, la base de tu dieta hace unos meses. Llevas horas caminando bajo el sol punzante y respirando el aire seco de Madrid. Una vez más te invade una gota de esperanza, al ver la hilera de quioscos con toldos y mesas, ahí, en cuesta Moyano. Te detienes en la parte alta y contemplas ese ancho paseo adoquinado, con sus puestos grises a la mano derecha, dándole la espalda al Real Jardín Botánico de Su Majestad. Recuerdas a quien te mandó a ese lugar y la noche que compartiste con ella. Te desilusionas al notar que en la extensa cuadra de locales hay apenas unos cinco sin las persianas abajo. Recuerdas que la hora de la siesta, más aun en verano, es sagrada.

Ajustas tú itinerario para estar por segundo día en cuesta Moyano. El viaje llega a su final y no puedes dejar pasar esta nueva posibilidad. Te paras otra vez en lo alto del boulevard. Caminas lentamente hacia abajo, entre los quioscos y mesas atiborradas de libros y revistas. Pasas frente al primer puesto, mirando nuevamente las tiras cómicas francesas apoyadas en el anverso de su puerta abierta. Pasas frente al segundo puesto, que exhibe cerradas sus persianas. Te detienes en el tercer negocio. Una mujer sentada dentro, con un ventilador sobre la cabeza, lee. Las paredes están llenas de libros viejos, unos con el lomo partido, otros encuadernados en cuero, de letras doradas, otros más nuevos, pero todos parecen haber sido abiertos en el pasado. Antes de preguntar, te volteas y revisas la mesa que está en frente, con unos pocos libros destiñéndose y discos de vinilo desfigurándose bajo el sol. Nada. Te devuelves hacia la mujer. Observas tras ella varias torres de libros acostados sobre la contratapa. Uno de esos podría ser el tuyo. Le preguntas. La mujer levanta su cabeza y te observa por encima de sus anteojos de lectura. Cadenitas cuelgan a cada lado de su cara. Manteniendo la vista fija en ti, gira el libro que toma con la mano izquierda, mostrándote la portada. Ves los nombres escritos con letras grandes en la parte superior, y la foto de una lámpara de aceite antigua sobre un fondo plano y oscuro. Es un libro pequeño, tal como te habían dicho, aunque no imaginabas que tanto. Apenas del tamaño de la palma de tu mano, delgado. Te interpela para saber si le estás tomando el pelo. Intentas disimular tu conmoción, como si cualquier gesto tuyo fuera capaz de revelar tu necesidad, dejándote a merced de los caprichos de la vendedora. Nadie te va a quitar el libro, eres el único ahí, pero la ansiedad siempre te puede hacer una zancadilla.  Balbuceas una frase incomprensible, reprimes una muesca de sonrisa. Te preguntan de nuevo. Respiras lentamente, esforzándote para articular una respuesta. Hay que fingir, recuerdas, un poco al menos. Con tu seriedad habitual, pero cordial, le contestas que no, que no habías visto lo que leía. Como si no bastara con decirlo una vez, lo repites.
-Es que, hombre, justo lo tenía aquí -dice mientras se quita los anteojos y los deja colgando en su escote reseco-, sobre este montón de libros, y me dije que no había leído nada de él, entonces lo tomo, comienzo a leerlo, y luego llegas tú y me preguntas por él.
-No, no le estoy tomando el pelo, no había visto que lo leía. Es solo una coincidencia, una enorme coincidencia. Son increíbles las cosas que pasan, estas que no se pueden explicar. Vine ayer y estaba cerrado. No sé qué me hizo volver, ahora le pregunto a usted, la primera persona con que hablo hoy, y lo está leyendo. No se imagina hace cuantos años estoy buscando este libro, es como si me pinchara el dedo con la aguja del pajar.
-Parece que alcanza a ser de esas cosas que no se pueden explicar. Tanto, que no sé si creerte. Pero bueno -te dice echándose el pelo para atrás con la mano derecha, una cabellera larga y oscura, con algunas hebras ya descoloridas-, tal vez tenía que estar aquí, esperándote. Es bastante potente el librito este.
-¿Y cuánto vale? -Inquieres aunque en realidad el precio no tiene la más mínima importancia, podría decirte que esas hojitas valen miles de pesos y lo pagarías sin siquiera intentar regatear. En Santiago habrías actuado, usando cómo o qué en vez de cuánto al preguntar el precio. Acá eso no te sirve para nada. -Está bien, se lo voy a comprar. –¿Y me dejas terminarlo? Vamos hombre, que me quedan unas pocas páginas, dame unos quince minutos, por favor, que está tremendo. –insiste. –Vale, le voy a dar tiempo para terminarlo, no la voy a dejar con la lectura inconclusa, no sería capaz, menos si está tan bueno como dice. Pero, se lo ruego, no se lo venda a nadie. Voy a mirar un par de puestos más abajo y regreso en unos minutos.
-Anda, gracias, vuelve en un rato y lo habré acabado.
Sabes que estás quebrando la primera regla de las ferias. Terminas preguntando, así como por cumplir, si tiene algo de Benito Pérez Galdós, consultas por Fortunata y Jacinta, por Luis de Góngora, por Manrique, por un libro de Passolini que también llevas años rastreando, desde aquella vez que lo dejaste ir en Mendoza y quizás cuantos años pasen hasta que encuentres. Recuerdas todos los objetos que has dejado escapar, esos que has tomado, preguntado el precio, hecho una oferta, pero que te has ido recordando mientras volvías a casa y todavía te persiguen.

Caminas descendiendo cuesta Moyano, en un estado de semiconsciencia, todavía adormecido por el hallazgo y su forma. Sigues con lentitud, con el cuerpo lánguido, mirando, tomando y preguntando por los libros que se te ofrecen y los que buscas, sin oír realmente lo que contestan. No te percatas del paso del tiempo. Hasta que llegas al fondo de la cuesta y te das cuenta que has dejado ir el libro. Tu garganta comienza a estrecharse y sientes las venas bombeando adentro de tus brazos. Tienes la certeza de que cuando vuelvas a buscarlo no va a estar. Das la vuelta con el corazón apurado y remontas la pendiente. Llegas a los puestos del final, o los del comienzo. El primero sigue exhibiendo las historietas. El segundo sigue cerrado. El tercero está cerrado. El cuarto está abierto. El quinto está cerrado. Te preguntas si era el primero o el cuarto. Buscas a la mujer, aun sabiendo que no está en el primero, ni en el cuarto puesto, y sigues buscándola más abajo con la misma certidumbre angustiosa. Te devuelves al cuarto quiosco y le preguntas a la mujer que atiende, una que no es la que buscas, si conoce a una señora que está en uno de los primeros puestos. Te contesta que ella es la única mujer en esa parte de cuesta Moyano.
-¿Está segura?- Afirmas que hace un rato nada más estuviste hablando con otra.
-Claro, llevo años trabajando en este lugar y soy la única mujer en los puestos de este lado.
Insistes en que estás seguro de haber hablado con otra persona. Y comienzas a dudar. Tal vez estás en esos breves segundos después de despertar, durante los cuales recuerdas un sueño con la sensación de que ha sido real. Buscas con ansia alguna pista que te permita creer la historia que viviste, confirmada con la recuperación del libro que acabas de dejar escapar. Mientras examinas las paredes de los quioscos, postes y cualquier superficie cercana, te culpas por la condescendencia hacia una desconocida ahora imaginaria, por no haber cazado ese objeto como si de ello dependiera tú subsistencia, por tu falta de astucia, por tu estado permanente de sopor mental. Hasta que encuentras un teléfono bajo el nombre Libros Hernández. Lees ese patronímico y se te viene a la cabeza otra mujer. Mirando al cielo diáfano de Madrid te sonríes pensando en quién te hace esa broma, esa de hacerte recordar y mezclar las historias que has vivido o has conjeturado. Encuentras también una dirección de correo electrónico. No estás seguro de que sea el mismo lugar donde leía la señora, pero no tienes mucha más alternativa.
Apurado bajas una vez más hasta la intersección enorme cerca de la estación Atocha, y subes hacia una calle pequeña en busca de un cibercafé para hacer ese llamado telefónico. Entras al primer lugar que encuentras, ignorando a la persona que está tras el mostrador. Ingresas a la primera cabina, descuelgas y marcas el número que anotaste en el dorso de tu mano izquierda. Escuchas el sonido universal y monocorde del tono de llamada e imaginas un teléfono sonando al otro lado, en una casa vacía, tras una puerta de vidrio y sobre una mesita. Un pasillo iluminado por la luz cenital e implacable de las tardes de verano, una luz sofocante de la que todos quieren escapar. No contestan ni el primer ni el segundo llamado. Sales de la caseta y le dices a un muchacho vestido de negro que te habilite uno de los computadores, que necesitas internet. El dos, te contesta. Te sientas frente a una pantalla anticuada e ingresas a tu correo. Las teclas no responden a la velocidad de tus dedos temblorosos. Aunque sabías que esto también ocurriría, te impacientas ante la lentitud del servidor. Redactas un enorme mensaje explicando con lujo de detalles tu día desde que llegaste a calle Claudio Moyano, que vienes desde Chile, que la señora con pelo largo y canas leía el que era tu libro a pesar de que aun no pagabas, que no puedes irte de Madrid sin él, que dónde lo puedes ir a buscar, que cuándo van a abrir, cuándo van a cerrar, si tienen otra tienda, palabras que, no te das cuenta, sobran. Tratas de despedirte en forma educada y terminas el escrito suplicando. Envías el mensaje, cierras tu correo y entras de nuevo en la cabina telefónica. Marcas otra vez el número anotado en tu mano izquierda, ya a punto de borrarse por el sudor. El tono suena tres veces allá lejos, hasta que descuelgan. El ¿sí? que escuchas te deja sentarte en el piso de metal que hay ahí dentro y, por primera vez desde que empezaste a subir Cuesta Moyano, crees que, tal vez, no perdiste el libro. Una mujer al otro lado insiste, ahora con un hola en tono de pregunta. Te despabilas y emites un saludo atarantado.
-Emm, hola, buenas tardes, ¿hablo con la librería? ¿La librería Hernández?
-Sí, dígame, ¿qué necesita?
Relatas una vez más toda la historia. La voz al otro lado te interrumpe, exclamando.
-¡Claro que sí! ¡Pero si te estuve esperando y no volviste nunca a buscarlo! –Ahora respiras tranquilo. -Luego ya me tuve que ir, nosotros cerramos entre la una y las cuatro.
Le pides disculpas explicando y excusándote. Preguntas si vendió el libro a otra persona.
-Pues no hombre, si lo reservé para ti.
-¿Y cuándo podría ir a buscarlo? ¿Abre usted de nuevo hoy en la tarde?- En tu cabeza solo está el avión que parte al día siguiente, tu mente apremiada no alcanza a entregarle ese detalle.
- No, ya tiene que ser mañana.
- ¿Y desde qué hora? ¿Podría pasar a buscarlo a algún otro lugar? Usted dígame dónde y a qué hora nada más y yo voy.
-No vamos a poder hoy, no he alcanzado a terminar el libro, así es que me lo traje y hoy ya no vuelvo al local. Hombre, tranquilo, pasa mañana y lo tendrán.
Sales de la cabina telefónica, pensando en la conversación que acabas de tener. Desconcentrado, entregas unas monedas al inmigrante de la caja. Empujas la mampara de la tienda y caminas desorientado, hacia arriba por una nueva calle desconocida, aunque esta vez no te preocupas de los mapas. Encuentras una intersección con librerías en todas las esquinas. Entras a todas las que están abiertas y vuelves a preguntar por el libro, maquinalmente, sin escuchar las respuestas, pensando solo en el día siguiente. Deambulas errático por Madrid, por sus calles asoleadas y vacías en la hora de la siesta. Intentas serenarte sentado en una cuneta. Recuerdas que todavía está mañana y exhalas un poco más tranquilo cuando piensas en el horario. Cierras los ojos y lentamente te llenas de aire los pulmones, hasta el tope. Por hoy, ya no tienes nada más que hacer. Te conformas con creer que alcanzarás a volver a Cuesta Moyano y luego salir hacia el aeropuerto.

Intentas armar tu mochila al día siguiente, apurado contra el horario de salida. Olvidas un par de prendas al fondo del casillero y las pierdes para siempre. Bajas tres pisos de escaleras cargando diecinueve kilos a tus espaldas. Cuentas las monedas para que en forma exacta alcancen a pagar dos boletos de metro y una botella de agua. Llevas, también cargada de recuerdos, una segunda mochila soportada por delante.          

Bajas a la estación, corriendo otra vez enormes escaleras, entras en vagones llenos de gente, gente durmiendo, con la vista perdida, escuchando música, leyendo, tal como en los trenes de Chile. Intentas frenar el tiempo mirando tu reloj a cada minuto. Te pierdes en las combinaciones, hasta llegar otra vez a Atocha. Emerges al mediodía ardiente de España. Con esfuerzo abandonas la perspectiva del turista, la que llevas siempre, incluso en tu propia ciudad, esa con que miras hacia los costados y hacia arriba mientras caminas, atento a las cornisas y relieves de los edificios, a los detalles revelados por la luz, la textura de las nubes, los olores que se te meten en las narices y los movimientos de las personas que trabajan. Te concentras en alcanzar ese pequeño libro, esa lámpara de aceite, como si al tomarlo y frotar su portada fuera a ocurrir algún milagro. Frenas para tomar aire en la parte baja de calle Claudio Moyano. Te despegas la camisa mojada del cuerpo. Los rayos del sol se te entierran en la frente y el cráneo desnudo.

Llegas al puesto de Librería Hernández. Dos hombres en mangas de camisa conversan dentro, tras el mostrador, repartiéndose el aire despedido por el ventilador que cuelga en diagonal del techo y solo remueve el aire tibio.  Saludas y cuentas una vez más toda la historia.
-Aquí está el chileno, Carlos, ¿te acuerdas lo que te conté, ese correo? –De pie, rodeado de libros desordenados y amasando otro, le habla a su compañero que está sentado. Ambos llevan la camisa abierta hasta la mitad del pecho y muestran sus vellos. Atrás te fijas que cuelga un banderín del Atlético, el Aleti como dicen ellos, uno de esos antiguos que estampaban con pintura. –Así es que tú eres. Enhorabuena apareciste, ya estábamos por cerrar de nuevo. Bastante te importa el librito eh. Acá te lo tenemos. Me lo entregó especialmente mi mujer, por poco y lo olvido en casa.
-Menos mal, no sabe cómo lo he buscado. En Chile, acá en España y en otros lugares también.
-No es que quiera entrometerme, pero después de tamaño email tengo que preguntarte. ¿Por qué tanto empeño en tener este librillo? No es que haya cambiado la historia de la literatura, ni sea una primera edición ni nada.
-Alguna vez prometí que lo buscaría, lo encontraría, y luego lo regalaría a una persona. Ahora solo me falta la última parte. Aunque claro, todavía me lo tiene que entregar, después de lo de ayer, hasta que no lo tenga en las manos no me confío.
-Pues bueno, aquí lo tienes hombre, son dos euritos. Seguro que la promesa esa se la hiciste a una mujer ¿no?
- Un amigo me dijo una vez que detrás de estas cosas, de todas estas cosas, siempre hay una mujer. Él se refería a escribir, o los intentos por escribir, cualquier cosa que fuera. Creo que se quedaba corto, da para mucho más, pero algo de razón tenía. Quizás usted también la tiene –todavía no querrás reconocer que sí se trata de una mujer.
-Ni me digas, claro que la tengo, figúrate que me casé con una librera, no sabré yo de libros y mujeres. Y a nuestro hijo le pusimos Julián por el tío ese Sorel y lleva un puesto más abajo, así es que imagínate.

Con el objetivo cumplido, te permitirás olvidar momentáneamente el avión que debes alcanzar. Conversarás con los hombres de libros, de escritores españoles y chilenos, te mostrarán algunas de sus bonitas ediciones, te condenarán con el recuerdo de Juan Cáceres y la generación del cincuenta. Olvidarán la conversación sobre mujeres. Evadirás por un momento, ahí con el libro aprisionado entre tus manos, que ya habiéndolo encontrado más difícil será cumplir la promesa autoimpuesta. Te despedirás y volverás al ritmo apurado de antes. Meterás el libro en el bolsillo junto a tú corazón. Otra vez te hundirás y saldrás a la luz, aunque algo más tranquilo. Cumplirás los trámites en el aeropuerto de Barajas.
Ya en tu asiento estrecho, tomarás consciencia, recapitularás el viaje y tus andanzas. Revisarás también la odisea que necesitaste para consumar la búsqueda, visitando nuevamente cada lugar donde preguntaste. A la espera del despegue, cogerás el libro y lo detendrás ante tus ojos. Con tu mano derecha acariciarás su portada. Leerás su contratapa y lo abrirás. Mirarás nuevamente tu reloj. Imaginarás otra vez que se te escapa, olvidándolo en el bolsillo del asiento delantero. Ya en el cielo, a miles de metros de la superficie, te atreverás a leerlo. Recordarás las palabras de tu acreedora. Te preguntarás si el viaje lo iniciaste para dejarla atrás a ella, como tantos otros que parten para desprenderse. Desprenderse de recuerdos, de la nostalgia y la tristeza, como si la distancia fuera remedio para la soledad. Tardarás exactamente un minuto en leer cada una de sus páginas y llegarás a la última sin interrupción. Ahora sí podrás liberarte de ese objeto y, tal vez, también de esa mujer y su recuerdo. Te invadirá la nostalgia por ella y por el viaje. También por otras mujeres. Por toda la gente que has dejado partir, mujeres y hombres, gente con que has compartido, a veces apenas una horas, pero que no volverás a ver jamás. Meditarás sobre cómo ese abandono se repetirá en los años próximos, quedando más y más personas en el pasado, cada vez más lejos, como si fueran cayendo a un pozo mientras las ves alejándose, asomado desde el borde. Personas que se alejarán, pero no olvidarás. Ella es una de esas personas, pero cae lento, demasiado lento, más despacio que todas las demás.

Llegarás a tu ciudad. A casa. Dejarás el libro muy cerca, en el velador, para verlo todos los días y no olvidarlo ni a él ni a tu promesa. En algún momento incierto alcanzarás suficiente valor para entregarlo. Para liberar tú voluntad, rompiendo al fin la atadura y cortando el último vínculo. Supones, confías, como por arte de magia, que así será.


domingo, 25 de mayo de 2014

Obertura (diecisiete)

Antes de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales:
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.

El hombre tierra fue, vasija, párpado
del barro trémulo, forma de la arcilla,
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecido,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.
             Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdió la vida, hermanos pastorales.
Pero como una rosa salvaje
cayó una gota roja en la espesura
y se apagó una lámpara de tierra.

Yo estoy aquí para contar la historia.
Desde la paz del búfalo
hasta las azotadas arenas
de la tierra final, en las espumas
acumuladas de la luz antártica,
y por las madrigueras despeñadas
de la sombría paz venezolana,
te busqué, padre mío,
joven guerrero de tiniebla y cobre
oh tú, planta nupcial, cabellera indomable,
madre caimán, metálica paloma.

Yo, incásico del légamo,
toqué la piedra y dije:
Quién
me espera? Y apreté la mano
sobre un puñado de cristal vacío.
Pero anduve entre flores zapotecas
y dulce era la luz como un venado,
y era la sombra como un párpado verde.

Tierra mía sin nombre, sin América,
estambre equinoccial, lanza de púrpura,
tu aroma me trepó por las raíces
hasta la copa que bebía, hasta la más delgada
palabra aún no nacida de mi boca.

Amor América 
(1400)
I La Lámpara en la Tierra
Canto General


jueves, 1 de mayo de 2014

Niños (dieciséis).

   Altero, aparentemente, el moribundo vaivén y cierta ambigüedad característicos de este lugar para compartir una bella cita que me trajo el recuerdo de mí último diálogo mantenido con un niño. 

     Ocurrió hace unas semanas. El pequeño, que aun no sabe leer ni escribir, asomó primero su cabeza rubia al pequeño cuarto que me habían asignado. Después de observarme un momento mientras ordenaba mis ropas, se paró en la entrada, con cuidado, pero sin pedir permiso. Resueltamente, me inquirió por qué no dormía junto a mi novia. Todo el resto podrán imaginarlo. Si son padres, tal vez tendrán mejor material para la imaginación. O para el recuerdo. 

     Pues bien, la cita reproduce unos momentos maravillosos, por la forma en que revelan el desparpajo, la simpleza y la inocencia de los niños, cualidades olvidadas por nosotros, los adultos. Y el principio de la triste pérdida de ellas. 

     Nastia, tiene ocho años. Kostia, siete. Interrumpen sus juegos para enfrascarse en una discusión. 

"-Nunca, nunca creeré -sostenía Nastia- que las parteras encuentran a los niños en las coles. Estamos en invierno, no hay coles, y la buena mujer no habría podido traerle una hijita a Catalina.
-¡Vaya! -murmuró Kolia.
-Si los traen de alguna de alguna parte es solamente a las que se casan.  
Kostia miraba a su hermana, escuchaba gravemente y reflexionaba.
-Nastia, ¡qué tonta eres! -dijo por último con voz tranquila-. ¿Cómo podría Catalina tener un hijo, puesto que no está casada?
Nastia se irritó:
-Tú no comprendes nada; tal vez tenía un marido, pero lo han puesto preso.
-¿Tiene al marido preso de veras? -preguntó el positivo Kostia.
-Quizá no -replicó impetuosamente Natia, abandonando su primera hipótesis-. Quizás no tenga marido, como tú dices, pero a lo mejor quería casarse y se puso a pensar en la forma de conseguirlo. Pensó en eso, pensó y pensó, y terminó por tener en lugar de un marido, un hijito. 
-Es posible -consintió Kostia convencido -, pero ¿cómo podía saberlo yo si no me hablaste nunca de eso?"



Los Hermanos Karamazov.
Libro Décimo "Los muchachos"
Capítulo II "Los pequeños".

Homenaje (quince).

Cabros:
Hay que creerse el cuento.




Uno que se creía antipoeta.
(Dice que aplica también para cabras y otros mamíferos.)





domingo, 21 de julio de 2013

Catorce.

La quietud de la tarde, la intensidad que confiere a los ambientes la pobreza, tan justa ordenadora y coleccionista de objetos adecuados, eran un deleite para el artista, que, a pesar de su corta edad, presentía que en lugares asépticos como el interior de la droguería era imposible encontrar sombras sugerentes, colores profundos y composiciones caprichosas, como allí, junto a las papas y las frutas, que se destacaban nítidas del hollín y la pátina de los muros.

La lección de pintura.

viernes, 5 de abril de 2013

Caminata.

Avisas que vas a salir a caminar. A recorrer un rato los alrededores del campamento. Sales con un poco de comida, de agua, una cámara fotográfica y un teléfono. Vas vestido apenas, con la misma chaqueta que llevas usando hace semanas, fresca, pero resistente al frío y al agua, con unos pantalones también ligeros y un par de bototos de cuero. Mientras te alejas de las carpas y tus amigos que preparan recién el desayuno, sientes en tu estómago el mismo vértigo que los niños, cuando conscientes de realizar alguna actividad prohibida o indebida, la ejecutan igualmente, sin medir sus efectos. Realizas una llamada telefónica a tu madre y le cuentas lo bien que lo has pasado, lo maravilloso que es el sur de Chile. Desapareces en el sendero y en el bosque, y te despides de tu madre, cuando anticipas la pérdida de la frágil señal. A esa hora de la mañana el sol se filtra diagonalmente entre las ramas y evapora minúsculas moléculas de agua. El aire es diáfano y alcanzas a admirar incluso esas moléculas y la forma en que descomponen la luz blanca. Avanzas sintiendo el suelo blando, el olor a tierra húmeda, a hojas descompuestas, a pastos, a arbustos, a troncos. Avanzas siguiendo en línea recta el sendero sin detenerte más que ante algunos insectos, pájaros y árboles antiguos. Los examinas por unos segundos o minutos, a veces tomas una fotografía, y sigues avanzando. No das una sola mirada al camino que vas dejando atrás. Sigues adelante hasta notar que te has salido del sendero, o que éste sencillamente ha desaparecido. Estás ahora en la profundidad del bosque. Has logrado lo que ocultamente ansiabas. Por primera vez estás solo, no eres más que una ausencia abandonada, una bestia más de las que habitan la naturaleza. Estás lejos del ser humano y te sientes libre, entre los árboles añosos, escuchando en algún lugar cercano un riachuelo escurriéndose entre piedras. Sigues caminando entre las ramas que te arañan, vadeando laderas rocosas y afiladas. Crees que será fácil desandar y encontrar el campamento. Sientes helar el aire de un bosque tupido, donde el sol ya no logra colarse. Ingeriste casi toda tu comida y te das cuenta que tu chaqueta no es tan resistente el frío. Te refugias bajo enormes piedras que alcanzan a formar una guarida, que sabes ha usado alguna vez otro animal. Escuchas por última vez los aullidos de la noche.

Amanece y estás húmedo. No encuentras un rayo de luz que pueda calentarte. Miras hacia arriba y sólo vez por dentro copas y más copas de árboles, apenas distingues manchas de cielo. Intentas encontrar el horizonte y las montañas, pero el panorama se agota en la espesura. Una vez más, encuentras solo tallos enormes y ramas. Sigues, contumaz, internándote en la selva. Encuentras un curso de agua, te arrodillas rendido y bebes. Los mismos insectos que antes contemplabas se convierten ahora en tu alimento. Todavía los examinas, cuando los tomas y acercas a tu cara, justo antes de echártelos a la boca. Improvisas un cuchillo con los restos de tu cámara, cortas y pelas jugosos tallos que también comes. No encuentras ahora ni siquiera tu madriguera entre las rocas, alguna bestia ya te la habrá arrebatado. Imaginas a tus amigos y comienzas a añorar la comodidad de tu carpa y tu saco de dormir. Los olvidas. La nalca te ofrece alimento y sus hojas enormes son ahora tu único refugio, te protegen de la noche, del frío y de la lluvia. Pierdes la noción de los días y las noches que llevas adentrándote en la selva. Tus pies se llenan de ampollas y tus labios se resquebrajan. Sientes como la piel se adhiere lentamente a tus huesos.

Levántate. Anda, camina. Toma el agua de pequeños estanques. Camina. Entierra tus manos en el fango en busca de gusanos. Mastica el caparazón de los coleópteros. Guarécete. Arrástrate. Agárrate de las ramas, de las hojas secas, de las raíces. Respira.

Siguen pasando las horas y los días y las noches. De manera interminable, las estaciones se suceden. El viento sacude los árboles, las hojas secas caen y se depositan sobre otras más antiguas. Algunas ramas se quiebran. La lluvia percute sobre el suelo y sobre esas mismas hojas, se filtra, llena cauces secos y se evapora. Células invisibles se multiplican, adentrándose las raíces en la tierra y reverdeciendo la fronda. Otras se descomponen. Un cuerpo, ahora sí, es uno solo con la selva.

martes, 26 de marzo de 2013

Trece.

Marta.- ¿En nombre de qué me interroga usted?
María (en un grito).- ¡En nombre de mi amor!
Marta.- ¿Qué quiere decir esa palabra?
María.- Quiere decir todo lo que en este momento me desgarra y me muerde, este delirio que abre mis manos para el crimen. Quiere decir mi alegría pasada, el dolor fresco que usted me trae. Si no fuera por la obstinada incredulidad que me queda en el corazón, aprendería usted, loca, lo que quiere decir esa palabra al sentir su rostro desgarrado por mis uñas.


El  malentendido.



sábado, 16 de marzo de 2013

¿Por qué?

Mientras está en su pieza, sentado en su pequeño escritorio, encorvado bajo una lamparita de luz amarillenta, contemplando el jardín oscuro de la casa de enfrente y los ratones equilibrarse sobre el cableado, retoma una vez más la pregunta. En algún momento se la iban a hacer, alguna vez ya se la había formulado, pero, a pesar de las anticipaciones, seguirá siendo una pregunta sin respuesta concluyente. Escucha por un momento el sonido periódico de una escoba arrastrándose sobre la vereda. Se seguirá llenando de intuiciones y cada vez podrá ser contestada en forma diferente. ¿Dejará alguna vez de formularse esta pregunta?

Porque piensa el mundo como si estuviera relatado. Recuerda a su padre pintando cuadros en el aire, con una espátula formada por la yema del dedo gordo de la mano derecha. Él escribe con un lápiz imaginario esas mismas pinturas transparentes, narrando paisajes increíblemente reales. Lleva dentro esta inquietud en forma constante. Por rescatar lugares y personas olvidadas. Para recordar esos lugares y esas personas. Para no olvidar lugares imaginarios, personas imaginarias y situaciones imaginarias. Lo hace también porque ha leído y cada texto ofrece una fuente nueva y un ejercicio nuevo. Y porque, como pocas, tal vez ninguna, esta actividad, a pesar de todo, le ofrece una seguridad que raras veces ha sentido.

Al llegar al final de la página que le han puesto como límite, cuando la mano se escapa, se representa varias alternativas. Recurrir al resquicio es una. Ajustar márgenes, tipografía, interlineado. Usar una hoja tamaño oficio. Otra es simplemente interrumpir la escritura. Otra es seguir irracionalmente y entregar un documento cercenado. Volver a revisar el texto y editarlo, mediante diversas supresiones. Concluye que tal vez no haga falta recurrir a ninguno de estos artificios. 


lunes, 23 de julio de 2012

Cita doce.



Valientemente me atreví a insinuarle la idea de "descansar" en sus propios encantos, y aun cuando ha mucho tiempo que no ejercitara la profesión, le agradó mi manera disipada de resolver mis preferencias; me echó los robustos brazos al cuello y me llamó "picho".


En el viejo Almendral.

jueves, 19 de abril de 2012

Palomas.



Segundo, desempleado. Plaza Benjamín Vicuña Mackenna.
Es muy fácil cazar estos bichos. Mire, lo que hago es primero darles comida, o sea tirar pedazos de pan viejo molido, para que se junten hartas, ahí vienen todas, a veces hasta no les queda espacio y se empiezan a dar picotones. Uno no lo cree, pero son violentos estos animales, incluso a mí me han atacado. Pero bueno, cuando están ahí, todas juntas, todas apelotonadas a los picotazos tratando de comer unos restos, voy y les tiro una malla encima. Como la malla trae unos pesos, las que no alcanzan a arrancar quedan atrapadas ahí adentro, caben unas veinte. De a poquito voy achicando la trampa, con cuidado para que no me peguen mordiscos, hay que ponerse guantes porque son bien asquerosas, de a poco se achica hasta que quedan todas las palomas bien apretadas, tanto que casi no puedan moverse, quedan las veinte por decirle en un espacio del porte como de un televisor, más menos así, bien apretadas cosa que se queden quietas. Mire le voy a mostrar ahora mismo como se hace, ando trayendo una trampa.
Ya, ve que es fácil, se tira este hilito nomás y listo, ahora como la gente mira raro yo prefiero meterlas en una bolsa de basura altiro, cosa que no se vea lo que llevo dentro. Y ahí después las echo en la misma bolsa, así tal como están, en una caja cualquiera y me las llevo a una empresa que está fuera de la ciudad. Cada vez que llego con una caja de palomas me pagan tres mil pesos y me pasan una trampa nueva. Con eso alcanzo a salvar las semanas que no me va tan bien trabajando la calle, me alcanza para comer algo en la tarde que sea. Yo creo que le hago un bien a la gente, si hay tanta paloma que anda suelta cagando por ahí donde se le ocurre. Además eso me dicen donde las entrego, que la comunidad agradece mi labor por la limpieza de la ciudad. Me pasan las tres lucas y la persona que me recibe las palomas dice la misma frase, siempre la misma frase.

Marcelo, empleado fiscal. Alrededores de la Plaza de la Constitución.
¿Qué si se puede circular libremente por las calles y plazas de la ciudad cazando palomas? ¿Usted está loca? ¿Se imagina que la gente transite con un rifle en las manos? Con una red tampoco, cómo se le puede ocurrir. El Servicio sólo autoriza dentro del marco legal a determinadas personas jurídicas, a realizar funciones para lograr la desinfección y sanitización de la ciudad, labor a la cual por lo demás cada ciudadano debería cooperar cotidianamente, por ejemplo preocupándose por los desechos domiciliarios. Que la ley las califique como animales dañinos, o sea aquellos que por sus características o hábitos, naturales o adquiridos, están ocasionando perjuicios graves a alguna actividad humana realizada en conformidad a la ley, o está causando desequilibrios de consideración en los ecosistemas en que desarrolla su existencia, no autoriza a quien quiera a convertirse en cazador. Esa, además, es una cuestión que no decido yo ni otro funcionario arbitrariamente. ¡No!, es la misma ley la que dice cómo determinar cuando un animal es dañino, lo hace la autoridad competente, con referencia a marcos especiales y temporales determinados. Y esos marcos, claro está, van cambiando cada cierto tiempo. Yo, la verdad, no sé cuál es el marco vigente en este momento, pero sí le puedo decir que no señala en ninguna parte que la gente puede andar cazando animales en el espacio público, no importa si es con un rifle, con una malla, con una honda, con una caja, con un palo, con las manos. No se puede, por muy dañinos que sean. Como le dije, sólo pueden hacerlo las entidades autorizadas por el Servicio. Así es que si usted quiere dedicarse a la caza de palomas, saque su número, diríjase a la ventanilla de atención de público, solicite el formulario que corresponda, complételo, saque otro número y entréguelo en la oficina de partes del Servicio. Ahora, discúlpeme, pero tengo que seguir trabajando.

Efraín, predicador. Paseo Ahumada.
¡Amiga, amigo! ¡Quisiera pedirle cinco minutos de su atención! ¡Quisiera contarle lo que dice el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo! La Palabra de Dios dice: ‹‹Llegaron a Jerusalén, y Jesús fue al Templo. Ahí comenzó a echar fuera a los que se dedicaban a vender y a comprar en el Templo. Hizo un látigo con cuerdas y los echó fuera a todos. Tiró al suelo las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los vendedores de palomas, y no dejó que transportaran cosas por el Templo. A los que vendían palomas les dijo: “Saquen eso de aquí y no hagan de la Casa de mi Padre un lugar de negocios”. Y les hizo esta advertencia: “¿No dice Dios en la Escritura: mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? ¡Pero ustedes la han convertido en refugio de ladrones!”››.
¿Qué nos quiere decir el Señor con este texto? ¿Quiénes son los vendedores de palomas, los cambistas? ¿Quiénes son los profanadores del Santo Templo? ¿Eres tú, amigo? ¿Eres tú, amiga? A ti, que me escuchas con atención, te digo: ¡arrepiéntete! ¡Arrepiéntete, porque serás perdonada! ¡Y a ti, que no me escuchas, que pasas a mi lado ignorándome, que me miras con esa cara extraña, te digo: serás castigado y arderás en las llamas del demonio! ¡Porqué de los arrepentidos es el Reino de los Cielos! ¡Algún día volverá a caer sobre los hombres la ira de Nuestro Señor, cómo aquella vez en Jerusalén, mi hermano, contra los vendedores de palomas y contra los falsos maestros de la ley! ¿No te das cuenta? Todos ellos prostituían el Templo, lo ensuciaban, lo manchaban con su comercio ¡hasta que el Señor vino y levantó contra ellos su mano! ¡Así es que, hermana, hermano, arrepiéntete! ¡Arrepiéntete ahora, antes de que sea demasiado tarde, porque para la segunda venida de Nuestro Señor El Salvador tal vez ya no te quede tiempo!

Alamiro, montepiado. Plaza de Armas.
Yo no tengo mucho que hacer en todo el día. Me la pasó aquí, leyendo el diario, a la sombra de estas palmeras, tratando de no acalorarme tanto; claro que cuando hace buen clima nomás para no enfermarme, no ve que el año pasado me dio pulmonía y casi paso para el patio de los callados, así que mis hijos ya me prohibieron salir de la casa en invierno. O jugando a las damas en estas mesas bien bonitas que el municipio nos instaló con el tablero dibujado, o a la brisca o al dominó con los otros caballeros que vienen para acá, apostamos unas monedas o nos tomamos unas cervezas o un vino. Al menos por eso no nos molestan, la policía sabe que no le hacemos mal a nadie con tomar unas cervezas. Y, aparte de eso, a veces salgo con una bolsa de pan duro y les tiro de a poco a los pájaros. ¿Por eso me van a echar la culpa de que esté lleno de palomas? ¿Por eso, como si nosotros fuéramos los únicos que alimentamos a estos animales? No sé si acá lo hacen, pero en otros lados del mundo he sabido que hasta venden comida para las palomas en las plazas, son casi una atracción turística más, la gente les tira un puñado y se les posan hasta en la cabeza. ¿Por qué no fomentamos el turismo y llenamos más de palomas la plaza? Así los niños se sacan fotos con animales vivos, no con esos caballos de palo que nunca he entendido muy bien qué gracias tienen. La llama que se para, sí, es grande, blanca, bonita, está viva, pero, ¿ponys de palo? ¿Quién quiere una foto arriba de un caballo de mentira, chico y de palo? Por último un burro. Cada uno hace lo que quiere la verdad, qué saco con meterme. A mí me basta con darles un puñado de pan molido a las palomas, con eso mato un poco más el tiempo, que a estas alturas ya me sobra, así es que tengo que ir buscando cosas que hacer. Imagínese que en invierno hasta llego a echar de menos a las palomas, cuando las veo volando desde la ventana de mi pieza. Y qué decir como echo de menos a los compañeros del dominó, algunos no alcanzan a pasar agosto como se dice. Me la paso esperando a que mejore el clima para que me dejen salir, ver a mis palomas y a los otros viejos que van quedando. Una de las cosas que hago en invierno es leer poesía. Va mejor con el invierno, ¿no cree? El verano se lo dejo a las novelas. Hay un poema que habla de nosotros, los jubilados, y las palomas. No me lo sé entero, pero termina con estos versos: “Los jubilados son a las palomas / Lo que los cocodrilos a los ángeles”. ¿Lo conoce? ¿Qué querrá decir con eso el poeta? Ya no me acuerdo de quién es, pero desde que lo leí, cada vez que vengo acá me hago la misma pregunta. Quizás cuando la conteste me vaya tranquilo a esperar que se me acabe el invierno.

Alex, estudiante retirado. Riberas del Río Mapocho.
No tenemos qué comer a veces. Y a veces estamos hambreados, no hemos comido nada de nada en días, pura chicota nomás para matar el hambre. Pero no alcanza con eso, si hay que comer algo de verdad de repente. Así que si no tenemos nada y no nos aguantamos subimos y tratamos de pescar alguna paloma nomás. A ninguno de nosotros nos gusta matar perros o gatos, por eso preferimos comerlas. La pasamos por el fuego para quemar las plumas, después por agua hirviendo, esa la sacamos del grifo o alguna manguera por ahí que nos conviden, la pelamos bien y de vuelta al agua caliente hasta que quede blandita. Cada una la compartimos entre dos, con eso estamos bien para un día. A veces nos enfermamos, pero de tan volados no nos damos ni cuenta, y si alguien está muy mal hacemos que se vuele harto, lo llevamos a la posta y ahí lo dejamos tirado en la entrada; después vuelven solos. También a veces comemos otro pájaro, ese es mejor, más grande y más rico, vive aquí abajo en la orilla, se llama galoma, no se ve en otros lados que por acá cerca del río. Le pusimos galoma porque es una mezcla entre las gaviotas y las palomas. No sé a cual se le habrá ocurrido montarse al otro, a la gaviota yo creo, no ve donde es más grande. Pero son muy difíciles de agarrar, son más despiertas, así que cuando cazamos una hacemos la media fiesta. Mire, mire, ahí hay una. Igual a una gaviota, pero fea como una paloma.

Kim, inmigrante. Calle Purísima.
Con un kilo de este hacer cinco chapsui. Señor venir a ofrecer hace meses, pasar toda semana. Carne barata y buena, igual a pollo. Carne cocida, carne muy cocida. Yo comer esto desde China, y nunca pasar nada. En China yo comer ratones, palomas, gatos, ¡bichos! y nunca pasar nada, todo cocido bien.

Jaime, portero y guardia. Parque Industrial San Marcos, carretera Panamericana Norte, kilómetro diecisiete y medio.
No tengo la menor idea de lo que pasa adentro del galpón. Mi trabajo consiste en recibir las palomas que se recolectan por los distintos lugares de la ciudad, meterlas en este carro y entregarles tres mil pesos a las personas que vienen a dejarlas. Esta empresa se dedica al control de la plaga de palomas, y me imagino que tienen que matarlas una vez que las capturan, cosa que supongo no pueden hacer en la calle misma, es de sentido común, ¿no cree? La comunidad debería estar agradecida de lo que hacemos por la limpieza de la ciudad. Yo mismo he tenido problemas con las palomas en mi casa, no hay nadie que se salve, si vives en casa hacen nidos en las canaletas como me pasó a mi, estaba tan tapado que con la lluvia en invierno se me vino abajo un lado. Y, si vives en departamento, se meten en el hoyo que puedan para anidar, o al menos se paran en los bordes a cagar hacia abajo. Aunque esa vez, ahora que lo pienso, le pedí ayuda a los demás que trabajan aquí y nadie sabía mucho, lo que encontré raro. Al final me las arreglé solo. No se conversa mucho con los otros empleados, generalmente salen todos solos y callados. Como le decía, no sé qué se hace adentro, mi trabajo consiste en recibir nada más las aves y meterlas en el carro. Además tengo que cuidar la entrada, anotar quién entra y sale, las típicas cosas que hace un portero. También tengo que ocuparme de la gente que viene a hacer muchas preguntas, como usted. Así es que le recomiendo que se retire, a menos que tenga algo más que hacer en este lugar, en este momento estamos todos trabajando. Como le dije, sólo somos una empresa dedicada al control de plagas.

Alejandro, empresario. Parque Industrial San Marcos, carretera Panamericana Norte, kilómetro diecisiete y medio.
Así es que usted es la persona que está haciendo preguntas sobre el funcionamiento de mi empresa. Me han hablado bastante de usted, aunque no lo crea. En los negocios hay que tener todo controlado, debe saberlo. Siéntase cómoda, vamos a hacer un recorrido por todo el recinto y le iré explicando como funcionamos. Considérelo un premio a su tenacidad. Se va a dar cuenta de que todo es perfectamente legal, esta empresa no tiene nada de extraordinario, funcionamos en un predio de un sector industrial, tenemos un portero que hace también de guardia y controla quiénes entran y salen, y otro montón de empleados cada uno con funciones específicas asignadas de manera tal que se profesionalicen y automaticen en esas funciones, facilitando las etapas del proceso de producción. Hace más de un siglo que las cosas funcionan así en la industria. ¿Vio la película de Chaplin? ¡Es lo mismo! Además de una producción eficiente, fomentamos la privacidad. En esta empresa la discreción es importantísima, tanto así que las comunicaciones entre empleados casi no existen, cada uno debe abocarse exclusivamente a su función. Se preguntará qué logro con eso. Sencillamente que ningún empleado sepa con certeza de qué forma parte, cuál es el producto que ofrece esta empresa. Sólo protejo mi negocio. Por lo demás, ¿para que les sirve saber en qué están trabajando? A fin de mes reciben todos su pago, en efectivo, en el más absoluto silencio, sin quejas ni explicaciones y con una puntualidad impresionante. Saben sólo seis cosas, y así he logrado mantener en pie este asunto: su horario de llegada, la función específica que deben cumplir, que no pueden establecer contacto con los trabajadores ubicados en otras máquinas o módulos, su horario de salida, que un día al mes van a recibir en dinero efectivo una buena cantidad, mucho más de lo que ganarían en otro lugar y, la más importante, que trabajan en una empresa dedicada al control de plagas de palomas, de la cual la comunidad debería estar agradecida por su aporte para el higiene de la ciudad. Eso es todo lo que necesitan saber. ¿Sabía que una paloma puede llegar a consumir medio kilo de basura al día? ¿Sabia que para poder digerirlo engullen gravilla y hasta vidrios? No me venga a decir que son fantásticas porque nos ahorran kilos de basura diariamente. ¡Cada paloma es como medio kilo de basura! ¿Sabe que son portadoras de enfermedades peligrosas para el ser humano? ¿Sabe que sus nidos los construyen con sus propios excrementos, con basura, con alambres, hasta con esqueletos de otras aves o animales muertos? Entonces el aporte que hago a la comunidad es enorme, sin contar los beneficios indirectos que genera esta empresa entregando trabajos y productos a bajos costos. ¿Ha escuchado eso de que las palomas son ratones con alas? Bueno, acá nos dedicamos al exterminio de ratones con alas, y además aprovechamos lo que dejan. ¿Le parece que empecemos el recorrido?
Al portero ya lo conoce, ya le explicó además la etapa de recepción. A los recolectores o cazadores se les entrega una credencial que los habilita para traer los animales que cacen para acá, aunque solo para darles un poco de importancia a lo que hacen, se les dice que son colaboradores de esta empresa y si llegan a tener algún problema en la calle, tienen algo para exhibir y dar una explicación con convicción. Con actitud convincente se pueden lograr muchas cosas. A nosotros con eso, hasta ahora, nos ha bastado.
En estos carros llevamos las palomas a la sala de selección, donde se separan las más blancas de las oscuras. Las blancas pasan a las pajareras, y las oscuras directamente al matadero. La separación se hace porque hay una necesidad importante de plumas blancas, y en las calles son más difíciles de encontrar, así es que fomentamos la reproducción de palomas de tonos claros. Todavía nos falta un poco, pero la expansión de nuestro criadero ha sido bastante exitosa. Como puede ver, nos preocupamos por la seguridad de los trabajadores, dentro de esta sala no se permite a nadie sin el traje de polietileno. Luego va a ver a los empleados sólo con mascarillas y guantes, que es el estándar mínimo.
Este es el matadero, ya supondrá lo que hacemos aquí. Disculpe la penumbra, pero tenemos un problema eléctrico hace días. También el olor, tenemos otro problema, igualmente pequeño, de ventilación. Vienen en estas jaulas, siempre separadas según su color, se sumergen en estas piscinas y se envía una descarga de corriente para aturdirlas. Se retira la jaula, se sacan las aves y se las pasa por el proceso de degüelle. Una vez desangradas, proceso que toma unos cinco minutos, se llevan al área de limpieza y desplume. Para el desplume se sumergen primero en agua caliente, luego se sacan las plumas y finalmente se separan las partes inútiles, cabeza, patas y vísceras. Todo este proceso es, por el momento, manual. Es un área peligrosa porque los empleados, casi todos convictos con beneficios o resocializados, manipulan instrumentos cortantes. En ocasiones ha habido riñas entre ellos, algunas con resultados fatales, pero nada que no se pueda ocultar. Todos los desechos que genera este proceso se disuelven en cubos de ácido fluorhídrico, que luego se dejan escurrir por el desagüe. Al finalizar esta estación lo único que nos queda son plumas y carne de palomas. Cada una sigue un proceso distinto.
En esta pieza se efectúa de inmediato el embalado de la carne. Dentro del mismo día se deben distribuir, para asegurar un producto fresco. Ya se imaginará quienes son nuestros principales clientes, quien no ha escuchado ese mito sobre la procedencia de la carne de pollo en los restaurantes de comida china. Bueno, se lo digo, alcanza a ser más que un mito, y no sólo en los barrios más pobres, en todos. ¿Cuál es el problema, si ellos usan un producto que hace años los alimenta? Hasta donde sé, son las mismas recetas que aprendieron en su país. La única diferencia es que al momento de ofrecer el plato se hace un ajuste para satisfacer la idiosincrasia local. Y así tienen locales llenos, que ofrecen comida sabrosa a un precio económico. No es problema mío en todo caso, yo sólo les entrego lo que necesitan ¿Nunca ha sospechado cuándo en la carta dice chapsui de ave? A pesar de eso, lo pide, y, después de que llega humeante a su mesa, usted y su familia lo comen felices. Vamos a la sala de plumas.
Como ya le dije, las plumas viene separadas según el color. Primero iniciamos un proceso de secado, con estos grandes ventiladores, y una vez que están secas las calificamos según su peso y tamaño. Las más pequeñas y ligeras por supuesto son las mejores, pero las más escasas. La gracia de la pluma de paloma es que, como el ave es pequeña casi toda alcanza a utilizarse, es muy fina y equivale a la pluma de ganso, que es la usada tradicionalmente y que reemplazamos con nuestro producto. Entonces la selección es ante todo para distribuirla bien en los productos que fabricamos, y no haya una mayoría de plumas gruesas o al revés. Otra cosa importante es que la proporción de plumas claras y oscuras sea a lo menos equivalente, lo ideal es que tengamos más plumas blancas, pero es difícil. Eso mejorará en la medida en que la población de nuestras pajareras crezca. Por ahora nos conformamos con un cincuenta por ciento de plumas claras. Eso se concreta en un recinto ubicado en otro lugar, donde enviamos la pluma seleccionada para la confección y relleno de productos. Por ahora fabricamos únicamente plumones, almohadas y cojines, su elaboración es más sencilla ya que las formas son todas cuadradas. Tenemos un equipo de costureras que trabaja a un ritmo excelente, rellenando y cosiendo, rellenando y cosiendo. El proceso completo, como puede ver, es artesanal. Ellas mismas efectúan el rotulado, cumpliendo con las proporciones que le mencioné antes. ¿Se ha fijado como se salen las plumas de su plumón? Tratamos de que esas plumas sean en la mayor cantidad posible blancas, así evitamos problemas con los destinatarios finales. A nadie le gustaría ver que salen y salen plumas grises de su almohada. En todo caso nunca vendemos esto como si fuera pluma de ganso, solo indicamos que es pluma, de pecho, o de cuerpo, pero pluma al fin y al cabo. Que la gente suponga cosas que resultan no ser ciertas, no es asunto nuestro, y el distribuidor tampoco nos exige claridad, conformándose con nuestros bajos precios. Yo al menos sospecharía, tal como sospecharía si en el restaurante de comida china me ofrecieran chapsui de “ave”, al ir a comprar un plumón de pluma, sin saber pluma de que animal. No es problema mío que la gente sea confiada. ¿Ha preguntado cuánto cuesta un plumón de pluma de ganso, de pecho? Es cosa de sumar dos más dos para al menos representarse la posibilidad de que la pluma no sea de ganso, pero nadie jamás ha preguntado nada. Nuestros productos dan al usuario la misma satisfacción, pagando un ochenta por ciento menos y, ¿alguien se queja? A fin de cuentas, todos salen ganado, de una u otra manera. Hasta los ecologistas, deberían estar conformes, no se imagina el sufrimiento que les ahorramos a los gansos. Para mí, lo importante es que la empresa siga expandiéndose, hasta llegar a la confección de prendas de vestir de alta montaña y sacos de dormir, donde se puede marginar bastante. Por ahora vendemos la pluma clasificada a quienes están en condiciones de hacer esas cosas, pero para allá vamos.
Con esto terminamos el tour. No crea que esto pasa solamente aquí. No, ¿ha escuchado el refrán de pasar gatos por liebres? Bueno, en ese caso es peor porque el engaño es explícito, se ofrece una cosa y se entrega otra. Así como nosotros, que vendemos plumas, los inmigrantes asiáticos venden chapsui de ave y de carne. La próxima vez que compre una mesa, pregunte de dónde salió la madera. Pregunte de qué animal es la lana. No crea mucho cuando el vendedor de la multitienda le diga que es de oveja, porque él no ha visto cuando la esquilan, quizás alguien le ha dicho que es de oveja o quizás se imagina que es de oveja. O el cuero de los zapatos que está usando. Se ven blandos y suaves, ¿así son o no? ¿Cuánto le costaron? Capaz que no sean de antílope como cree. Podría seguir dándole ejemplos. En el refrán podría cambiarse el gato por trucha y la liebre por salmón, pregúnteselo la próxima vez que vaya a comprar salmón. ¿Anda en taxi? ¿Usted realmente cree que el taxímetro cambia cada doscientos metros? Dejémoslo en la mitad para no ser injustos con todos los taxistas. La otra mitad hace lo posible para parar en cada luz roja, ¿se ha fijado cómo van de lento, los ha visto apurarse para cruzar alguna luz en amarillo? Ni hablar de los políticos. No, voy a ser generoso, tres cuartos de los políticos, dejemos a salvo a unos cuantos, que en todo caso no pueden ser más que en el gremio de los taxistas. No crea nada de lo que dicen esos tres cuartos. Si le preocupan los animales, le preocupará lo de los ríos en el sur. Abra los ojos, la central hidroeléctrica la están construyendo hace rato. Qué más, ¿las torres gemelas? Para qué voy a seguir.
La voy a dejar con Jaime. Por precaución, antes de salir la va revisar en una pieza que tenemos especialmente para eso. No vaya a ser que nos esté grabando. Como ya le dije, este es mi negocio y para que funcione debo tener todo controlado.

martes, 17 de abril de 2012

Cita 11.

-¿Y por qué se te pone la carne de gallina? -dijo Mascarita-. ¿Qué es lo que tanto te llama la atención? ¿Qué tienen de particular los habladores?
En efecto, ¿por qué no podía quitármelos de la cabeza, desde esa noche?
-Son una prueba palpable de que contar historias puede ser algo más que una mera diversión -se me ocurrió decirle-. Algo primordial, algo de lo que depende la existencia misma de un pueblo. Quizá sea eso lo que me ha emocionado tanto. Uno no siempre sabe por qué lo conmueven las cosas, Mascarita. Te tocan una fibra secreta y ya está.

El hablador.


domingo, 8 de abril de 2012

Maino.

En el antebrazo derecho lo acompaña la patrona de Chile. Cuando niños nos contaba que era un homenaje a su madre, que la virgen se la había tatuado por ella, muerta en los años sesenta. Él estaba embarcado, a miles de millas marinas de distancia, trapeando la cubierta del buque escuela. Allá mismo, en la lejana superficie del océano Pacífico, uno de sus compañeros de litera le teñía la epidermis al ritmo bamboleante de las olas, ayudado apenas con un poco de tinta y una aguja. Más de cuarenta años después, los trazos azulados de la virgen se derriten por su piel blanca y se confunden con sus venas. A pesar de lo gastado de sus huesos, mantiene una energía semejante a la que tenía cuando le dibujaron el brazo. Viaja kilómetros en bicicleta a las cinco y media de la madrugada para llegar al lugar donde es por primera vez capitán, sentado detrás de un escritorio, donde los mástiles se convierten en escobas y el timón en un citófono. No pierde detalle de lo que ocurre en cada uno de los dieciséis departamentos que custodia, desde las furcias que aparecen y desaparecen en el doscientos uno, hasta la forma en que se diseca lentamente el anciano del seiscientos dos, agudizando el olfato para ser el primero en sentir la podredumbre. A los setenta años es el corazón desvencijado de un edificio lleno de inquilinos de clase media. A las seis aparece en su bicicleta, protegido tan solo con un peto reflectante; en invierno se vuelve a calzar su viejo gorro de lana azul marino. A las siete ya vació los contenedores de basura. A las ocho trapeó, igual que cuando estaba en el buque, todos los suelos del edificio. A las nueve intenta ocultar sus hedores rociando la recepción con aromatizador. A las diez conversa con los taxistas del sector. A las once revisa la correspondencia a contraluz. A las doce calienta la olla en que trae el almuerzo preparado por su mujer. A la una está durmiendo siesta. Sus dientes también descansan, al fondo de un vaso con agua. Si no hay interrupciones retoma las labores a las tres. Se instala los dientes, toma su vaso de agua, y manos a la obra. Dirige con estilo marcial la barcaza. Aunque no conozca todas las respuestas tiene una para todo. Es diestro con el destornillador y con el trapero. Ayuda a la jubilada del cuatrocientos uno, cargando las bolsas de supermercado con sus recios brazos de marino, adornado también el izquierdo, con un ancla. En verano se pasea semidesnudo, luciendo, debajo de la cotona azul, el pecho duro y frío. Ese mismo pecho aplastaba cabezas en las cavernas del buque escuela. Con la camisa arremangada, con los mismos ojos azules y con los mismos brazos que ahora ayudan a ancianas indefensas, centelleantes en la penumbra de las claraboyas, como si tuvieran encerrados el océano, ahogaba almas por segundos infinitos en las oscuridades de la Esmeralda, sin importar las ofensas a los héroes de la patria. Apretaba los cráneos con sus dedos de acero primero, amordazaba jóvenes rebeldes, y luego los sumergía lentamente en barriles de agua, orina y mierda. Al fondo seguía estrujándoles las sienes. Una sola persona le ha enrostrado su pasado en este presente de siestas y asuntos domésticos. Es la Verito, aliñada, criada en el campo a las afueras de Santiago, endurecida por la crianza de sus nueve hermanos y la custodia de un marido borracho. Apatronada, no aguanta jamás los atrevimientos del viejo marino, repetidos cada vez que se asoma por el recibidor del edificio. Al lado de sus ojos, los de Maino son apenas de un celeste desteñido.
A mediados de diciembre, al retirarse la Vero del edificio, como siempre la esperaba con la puerta de acceso abierta, erguido y apoyado con el codo en alto, el marino. Le gustaba hacerse el caballero, tanto como le gustaba parecer diligente.
-Estoy de luto-, atacó el conserje entusiasmado, intentando amarrar a la doña con algo de conversación antes que terminara su turno.
-¿Y por qué no lo veo de negro oiga? ¿Qué le pasó, se va a morir mañana y se está preparando?
-¿No sabe lo que pasó?
-Hasta donde me he enterado, no ha pasado nada que me preocupe fíjese.
-¿Cómo, no sabe que se murió el general? ¿No está triste acaso?
-Eso era. Cuándo se muera mi papá voy a estar triste, qué me importa a mí ese caballero. Un par de cosas buenas habrá hecho, pero de ahí a estar triste… ¿Y por usted, qué hizo que le da tanta pena? No me diga que va a ir a esperar la carroza con una bandera en la mano, como esas viejas que mostraron en la tele.
-Pero claro, si yo soy uniformado igual que él. Ahí me voy a parar a esperarlo, lo voy a despedir en posición firme, cuando pase le voy a dar el saludo que se merece.
-Está mal usted, ¿no sabe cuánta gente se murió por culpa de ese viejo? ¿Y lo que se robó? Si así y todo le va a rendir honores, está loco, que más le digo, se nota que está viejo.
-¡Respeto por mi general! ¡No sea malagradecida, si nos salvó de los comunistas! ¡A usted incluida!
-¡Cómo que malagradecida! ¿Qué se ha imaginado? ¿Y usted, a cuántos mató?
-Para eso no tengo memoria- respondió, altivo, Maino.
-¿Y está orgulloso de haber matado a esa gente indefensa?
-No puedo estar orgulloso del cumplimiento de un deber. Estoy orgulloso de mi lealtad a la Armada de Chile.
Es la última conversación entre Maino y la Vero. Dio media vuelta, airada, y tras ella se cerró para siempre la mampara. Después de cruzar la calle seguía escuchando el eco de la voz del viejo.
-¡Pero no se me enoje Verito!
La Verito ya no trabaja en el edificio. No se despidió de Maino. Él tampoco trabaja en el edificio. No volvió de una operación al hígado. Un temblor lo levantó a mitad de la noche, mientras se recuperaba acostado en su camastro. Lo venía a buscar y se lo llevó sin avisar, cuando parecía que iba a resistir hasta al cáncer. Fue la primera vez que sintió miedo y no aguantó. ¿Seguirás sintiendo miedo, ahora que te estás pulverizando? ¿Es tú calavera la que comprimen ahora? ¿O estás esperando, una vez más, con la puerta abierta, a la Verito?

C10.


Alonso: ¡Buen contramaestre, cuidado! ¿Dónde está el capitán? ¡Condúzcase como un hombre!
Contramaestre: Se lo suplico, quédese ahora abajo.
Antonio: ¿Dónde está el capitán, maese?
Contramaestre: ¿No lo has oído? Estorbas nuestra labor. Quédense en los camarotes, ayudan a la obra de la tempestad.
Gonzalo: Ten paciencia, bravo.
Contramaestre: Cuando la tenga el mar. ¡Fuera de aquí! ¿Qué importa a estas olas rugientes el nombre de un rey? ¡A los camarotes! ¡Silencio! No nos perturben.
Gonzalo: Bien, pero recuerda a quién tienes abordo.
Contramaestre: Nadie a quien ame más que a mí mismo. Tú eres consejero; si puedes imponer silencio a estos elementos y restablecer en el acto la calma, no tendremos que tocar ni un cable. Usa tú autoridad. Si no, agradece haber vivido tanto tiempo, marcha inmediatamente a tú camarote y prepárate para afrontar el infortunio de la hora, si llega. ¡Ánimo, hijos míos! ¡Fuera de nuestro camino, digo!

La Tempestad.

domingo, 1 de abril de 2012

Don Fermín.

Don Fermín lleva cuarenta años detrás del mostrador, atendiendo al barrio completo con incansable amabilidad. Instaló el almacén en el primer piso de su casa, adquirida con los ahorros granjeados tras quince años de trabajo comerciando al menudeo en ferias libres de Santiago. La entrada da a calle Santa Isabel y es amplia, como si invitara a pasar a los transeúntes. Don Fermín vio nacer el barrio, nos vio jugando a la pelota, crecer, vio morir a los abuelos y a algunos otros no tan viejos. Ha visto también como se han destruido las casas y en su lugar han levantado enormes torres de edificios. Él les dice panales, aunque siempre precisa que de avispas, no de abejas, que les falta la perfección de esos panales, el propóleo, la miel. Ya quisieran ser una estructura tan perfecta y segura como un panal. Dice también que son conventillos en altura.

No me acuerdo hace cuanto conozco a Don Fermín, aparece en mis primeros recuerdos, cuando acompañaba a mi madre a comprar algunos vegetales o azúcar. Antes de irnos, metía la mano, afirmando un cucharón metálico, dentro de un enorme pastillero de vidrio, sacándolo lleno de dulces de colores. Me encantaba ir y esperaba ansioso ese momento, hipnotizado por el arco iris dentro del frasco. Todavía está, pero no me parece tan grande. Cuando aparecen niños Don Fermín sigue regalándoles dulces, aunque ahora su mano tiembla mientras la acerca al recipiente y a veces tienen sabor rancio. Tal como el frasco, todo el local se mantiene petrificado en el tiempo. La misma vitrina refrigeradora celeste al lado de la caja, llena de cecinas y quesos, la misma balanza blanca, el mismo refrigerador enorme con bebidas, las más frías que jamás he tomado, y al fondo los mismos anaqueles atiborrados con bolsas de arroz, porotos, sobres de sopa y jugo en polvo, tarros de café, bolsas de sal, como una enorme e infinita despensa. El suelo está lleno de botellones con vinagre de campo, garrafas de vino, de aguardiente, todas con una gruesa capa de polvo. Del techo cuelgan propagandas que se mueven con las corrientes de aire, atados de ajos, y herramientas de aseo, escobas, baldes y paños. Parece un milagro que el local sin nombre de Don Fermín –nosotros solo íbamos donde Don Fermín- haya sobrevivido todos estos años, sin haber vendido jamás una de esas escobas y baldes o esas garrafas de vino avinagrado. Aunque no tenga nada que comprar, cada vez que ando por el barrio entro a saludar al viejo Don Fermín. Las veces que acompaño a mi madre, ya anciana, parece que el tiempo retrocediera en su cabeza y antes de irme me ofrece también el cucharón con caramelos.

A pesar de su edad, de la cabeza casi completamente calva, los anteojos de cristales gruesos y la barba cana, Don Fermín mantiene un espíritu vigoroso, el vigor que pueden entregar solamente años ininterrumpidos de trabajo dedicado y una vida esforzada, pero tranquila. En todas las conversaciones que mantenemos muestra una memoria formidable, recordando detalles de sus aventuras de juventud, cuando recorría solo las ferias comprando y vendiendo por los arrabales de la capital, o anécdotas vividas con otros vecinos que ahora esperan a Don Fermín en otra parte. Repasando el anecdotario estábamos, cuando apareció uno de los nuevos clientes, uno que había bajado de los panales. Era joven y estaba levemente borracho, venía con una botella de pepsicola a medio vaciar.

- Hola, sabe, le compré esta bebida en la tarde y me salió desvanecida, me la cambia. Tenía bonitos modales de joven insolente.

- Claro hijo, déjame sacar una del refrigerador. Don Fermín, ahí sentado en el mismo piso de hace décadas, detrás de las vitrinas llenas de confites que achicaban el mesón, no estaba para problemas con niños ebrios. Sabes, no me quedan de esas bebidas, ¿puede ser de otra marca?.

- No, tiene que ser Coca-Cola, es la única que me sirve. No ve que estamos tomando piscola.

- ¿Y cuántas se tomaron con la mitad de la bebida desvanecida?

- Ninguna, no ve que no alcanzamos a tomarlas, nos servimos cuatro y ahí vimos que estaba mala. Usted me tiene que cambiar la bebida, quiero esta y no otra. Usted me vendió un producto malo y tiene que cambiármelo. La ley del consumidor lo dice.

- Ah, un abogado, que interesante. ¿En que año vas? Mi hijo estudió leyes también. Estudió derecho en realidad, tú debes estudiar leyes.

- En quinto.

- A ver, tinterillo, préstame tú botella. Veamos si está desvanecida como dices. Con inusitada presteza, don Fermín le arrebató al joven su media botella de bebida. Sacó, de abajo del mesón, un vaso grande, de esos potrillos en que sirven mote con huesillo, con un concho de agua turbia. Del refrigerador tomó tres cubos de hielo y los metió en el vaso. Abrió la gaseosa y lo llenó. Mientras el líquido caía y se escurría entre los hielos, el carbonato de sodio se liberó explosivamente. Una hermosa capa de espuma acaramelada subió hasta desbordarse por uno de los lados del vaso. El muchacho presenciaba esto con la cara llena de vergüenza. Me paré a sus espaldas, encerrándolo contra el mesón. Don Fermín tomó tres tragos largos del vaso y exhaló ruidosamente.

- Aaaaaaaaah! No veo que esté desvanecida. Mira, pruébala. Mientras atrincaba al chiquillo, estiró apenas la mano y afirmó el vaso. Con un ademán lento, tomó un traguito.

- No seas tímido, tómatela toda, si es tuya. Tras la exhortación, se tomó lo que quedaba al seco. Hizo un intento por retirarse, pero Don Fermín afirmó su antebrazo, apretándolo contra el tablón con su enorme y gruesa mano de descendiente vasco. Espérame un poco, te voy a dar algo. No pongas cara de asustado, si no te voy a hacer nada. Se agachó tras el mesón y salió con un jarrito de agua en la mano derecha. Llenó el potrillo hasta la mitad y se sacó la placa. Recordé que en ese vaso guardaba la plancha de dientes postizos a la hora de la siesta, que cuando chicos jugábamos a robar. Terminaba siempre persiguiéndonos por la plaza, con la cotona celeste al viento y gritando entre los hoyos de sus encías, a las que les faltaban un par de incisivos, un canino, y la mitad de los molares, que reemplazaba con ese montón de dientes de porcelana e incrustaciones metálicas. La soltó sobre el vaso y se sumergió lentamente, ampliada por efecto del cristal. En la otra mano llevaba la vieja cuchara de lata que usaba para sacar caramelos. La metió hasta el fondo del pastillero y salió llena de dulces, tronquitos de color rojo, verde, amarillo y azul por fuera, y con un dibujo minúsculo al centro de su parte blanca, una bandera chilena, una flor o una pelota. Vació los caramelos en una bolsita de papel, que puso en la mano abierta del niño.

- Toma, llévale esto a tus amigos. Para que acompañen el trago.

Cita 9


Tiene piedad, la gente, de los inválidos y los ciegos y se puede decir que tienen amor en reserva. Yo lo había sentido, muchas veces, el amor en reserva. Hay en cantidad. No se puede negar. Sólo, que es una pena que siga siendo tan cabrona, la gente, con tanto amor en reserva. No sale y se acabó. Se les queda ahí dentro, no les sirve de nada. Revientan, de amor, dentro.


Viaje al fin de la noche.